Miércoles 24 DE Abril DE 2019
El Acordeón

Humberto

Fecha de publicación: 10-02-19
Por: Arturo Monterroso

Hermosa poesía la de Humberto Ak’abal; un viento de palabras atravesado por la música de los liquidámbares, esos árboles frondosos que pierden sus hojas, convertidas en fuego en el otoño boreal y que, por estos días de primavera anticipada, se quedan casi desnudos. Dejan caer las últimas hojas moribundas, rojizas, amarillas y oscuras, mientras en sus ramas empiezan a brotar las nuevas que les devuelven el verdor y la vida. “Libro verde / árbol poeta / ¡Cuánta poesía en tus hojas! —escribió Humberto—. Quienquiera / que se pose en tus ramas / se vuelve cantor”. Poeta de la eufonía, de los sonidos que caen con la lluvia, que arrastran el agua, que levantan el aroma de la tierra, el escritor de Momostenango hilaba sus poemas prestándole las voces al frijol, al maíz, al trigo; esos frutos aún no prohibidos, esas alas de pájaro, ese aire que extiende sus alas. Tomo prestadas algunas de sus palabras para impregnar a las mías de la sonoridad de su canto.

Conocí a Humberto hace muchos años. Fue siempre un hombre silencioso, que acumulaba palabras sencillas bajo la piel, donde escondía un corazón antiguo y un pensamiento en el que germinaban los caminos de barro y las voces del monte. Conversamos varias veces acerca de su trabajo, de las circunstancias adversas de su vida y de cómo sus versos, que nunca dejaron de ser K’iche’s, encontraron su lugar, no solo entre nosotros, los mestizos —todavía extranjeros en una tierra que no terminamos de conocer—, sino en países lejanos, donde escucharon con atención su voz. Alguna vez me dijo que le hubiera gustado ser aceptado entre los escritores ladinos, esos que publicaban libros en grandes editoriales, hablaban con propiedad de la literatura y recibían el reconocimiento de los lectores. Le dije que estaba completamente equivocado, que no le hacía falta esa condescendencia; que se olvidara de los pedantes que lo ninguneaban por ser K’iche’, que se burlaban de él por arrastrar una pierna, que les molestaba el reconocimiento que había tenido en Japón, Austria e Israel, como nos recuerda Erich Hackl en un artículo de El País. Venía de cantar en Europa, donde había tenido un éxito sin precedentes y eso a la “élite intelectual” le parecía insoportable. ¡Ay, la envidia! ¡Ay la mezquindad! ¡Ay, el racismo y la discriminación agazapados! Y sí, venía de montar el espectáculo de su canto. Era el poeta, el actor, el musicante. Tenía un gesto, una actitud escénica, una incipiente habilidad para recrear tiempo y espacio, que lo acercaba a grandes artistas como James Thierrée, el nieto de Chaplin, que en sus espectáculos incorpora la poesía, el juego, la danza, el canto, la magia…

“Si hay aquí un conocedor de lenguas, tráiganlo —escribió el gran poeta mogol Mirza Ghalib—; hay un forastero en la ciudad y tiene muchas cosas que decir”. Humberto construía sus poemas en K’iche’, como Ghalib escribía sus cartas en urdu: como una sencilla conversación con el lector. Pienso en el poeta de Agra, que también escribía en persa, porque su poesía, al igual que la de Humberto, no es occidental. La última vez que conversé con él, me regaló un ejemplar de su libro Pájaro encadenado, en cuya primera página escribió: “Con la alegría de saludarte”. También anotó su dirección de correo electrónico. Debía enviarle un mensaje para reunirnos en Momostenango, pero su muerte me salió al paso. Eduardo Galeano escribió un poema como un homenaje a Ak’abal. Dice que el poeta les trajo unas hojas secas a siete mujeres; que cada una de ellas la quebró suavemente junto a su oído; que una sintió el viento, otra la lluvia, otra el eco de la risa, otra un batir de alas de pájaros… Y que él pensó: “¿No será que las hojas muertas susurraron, al oído de las mujeres, la memoria del árbol?”.

 

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