Sábado 16 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

Con Humberto Ak’abal caminado al revés

Tejedor de palabras y de ponchos, heredero del oído de una larga tradición de marimberos, guardián de la caída de agua, de ovejas, pájaros, chuchos, tecolotes y murciélagos. Prendedor de ocotes para ahuyentar el tizne de la noche. Obrero metalúrgico. Lector infatigable. Poeta. Humberto Ak’abal (1952-2019), una de las voces que definen la literatura nacional de este nuevo milenio, falleció la semana pasada. En este número celebramos su tránsito por el mundo, su presencia entre nosotros. Recuperamos una rica entrevista que Marta Sandoval le realizó para elAcordeón en 2004, presentamos las pinturas que Roberto González Goyri hizo inspirado en algunos de sus poemas y publicamos un soberbio texto que Dante Liano escribió acerca de su importancia en las letras contemporáneas.

Fecha de publicación: 02-02-19
Por: Marta Sandoval
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Llegar a la ciudad no es algo muy agradable para Humberto Ak’abal. El viaje desde Momostenango es largo y cansado. Cuando viene a la capital siente que todo va de prisa y añora la tranquilidad del terruño, el aire puro, el cielo abierto, la energía de la naturaleza. Los días del poeta en Totonicapán pasan como flotando: cuida de su tierra, lee, escribe, se baña en las cataratas y transmite los valores de su cultura K’iche’ a Nakil, su hijo. Nakil significa “corazón de maíz”, y el maíz es precisamente algo sagrado para él.

El cabello largo, canado, le recorría la espalda, llegó vestido con una camisa típica y un pantalón vaquero. De su cuello pendían piedras de distintas formas… Siempre ha sentido algo especial por las piedras, las colecciona, trae una consigo cuando vuelve de viaje. Una libreta de apuntes, un pañuelo y algunos collares, como amuletos, lo acompañaron en el trayecto.

Humberto Ak’abal es, por encima de todo, un hombre sencillo, una persona que pasa por la vida sin complicarse mucho, que ríe de todo y contagia esa alegría. Nos sentamos a platicar y me comenta que de joven trabajó como barrendero en una fábrica cercana a donde nos encontramos (zona 13), hablamos de su infancia, de su juventud y de su obra.

Si “recordar es caminar al revés”, entonces caminemos al revés y cuénteme cómo fueron sus inicios en las letras.

-Siempre he dicho que el recuerdo es lo más hermoso que tiene el ser humano, el día que olvidemos empezamos a morir, y esto que usted pregunta comenzó realmente desde niño. Yo recuerdo que fue como a los 8 años cuando me atrajo la lectura, sobre todo de los poemas a los que tenía acceso en los poquísimos libritos de lectura que había en la única escuela en mi pueblo en aquel entonces. Me aficioné de niño a la declamación y entonces eso hacía que yo estuviera buscando textos de un lado para otro y ese contacto con el verso fue prácticamente el imán que me arrastró a la lectura, hasta finalmente descubrir que yo podría escribir algunas cosas, y bueno… ahí me tiene ahora insistiendo.

¿Fueron decisivas la influencia de su madre y de su abuela en su vocación para escribir?

-Sí, porque mi mamá practica la tradición oral. Mi abuela y la hermana de mi madre contaban cuentos y mi madre heredó eso de ellas, entonces nos contaba cuentos desde que éramos pequeñitos, esto vino de alguna manera a enriquecer mis oídos en ese sentido. Ahora, por el lado de mi padre, tengo familiares músicos, compositores marimbistas. Yo diría que el oído por la palabra bella lo heredé de mi madre y el oído por la palabra musical, de mis abuelos paternos.

Cuénteme un poco de su vida de patojo…

– ¡Upa! Vamos a decirlo en dos líneas, porque todos los pobres tenemos una biografía que se dice en tres líneas. Fui muy poco tiempo a la escuela, solo hice la primaria. Tuve que comenzar a trabajar desde muy niño para ayudar a mis padres. Desde los 13 años trabajé como trabajaría un joven de 20 en adelante, haciendo labores de día completo. Mis padres eran tejedores, vendíamos nuestros productos y los traíamos aquí a la ciudad, los ponchos de Momostenango y las alfombras. Yo trabajé en eso, hasta que la guerra interna se agudizó y se volvió difícil el viajar constantemente. Mi padre falleció cuando yo tenía 19 años, así que tuve que venir a la ciudad a buscar trabajo. Imagínese, usted, un muchacho de pueblo que solo sabía tejer, en la ciudad no conseguía trabajo. Empecé como barrendero, después aprendí a manejar algunas máquinas industriales, me hice obrero y terminé escribiendo. Hasta la fecha no dejo escribir.

Dice que el conflicto armado les afectó mucho, sin embargo, esto no influyó en su literatura.

-En algún momento dado escribí algunos textos, un poquito como liberándome de este problema que nos afectó muchísimo. Pero cuando decidí ya dedicarme a la escritura formalmente, me di cuenta que era más importante hablar de mi propia intimidad, del minimalismo, que a la larga es más permanente, más valedero que haberme dedicado a rabiar.

Si hubiera escrito unos cuantos poemas sobre la guerra interna, ahorita prácticamente no tendrían ninguna trascendencia, en tanto que las propias vivencias mías, de mi gente, de mi pueblo, la cosmovisión que todavía es viva en nuestras comunidades, tiene mucho más valor, me sirve a mí, le sirve a mis hijos y ojalá que a los que me lean.

Claro que siempre tengo algunos textos de orden social, pero no tienen amargura, tampoco odio ni rencor, sino que contienen una crítica humana.

En uno de sus cuentos usted menciona un poncho de Momostenango que cubrió la cama de Piccaso, cuénteme eso.

-Efectivamente, Picasso conoció los ponchos de Momostenango, porque Jaime Sabartés, que vivió en Quetzaltenango a principios del siglo pasado, era amigo de él, fue su secretario personal, él fue el que le hizo conocer a Picasso los tejidos de por acá. En un libro hay una fotografía donde Picasso está sentado sobre su cama y la cubrecama es un poncho de Momostenango que es único, es un diseño que lo reconocemos todos los guatemaltecos sin ningún problema, así que eso es parte de un hecho real. Ahora, la composición tiene ciertos matices, pero la verdad es que Picasso tuvo un poncho de Momostenango.

En su libro Grito en la sombra, hay una frase: “para qué hablan del cielo si lo que quieren es la tierra”, ¿ésa es una especie de crítica a la Iglesia?

-Precisamente aquí estamos hablando otra vez, sobre esos matices que yo hago acerca de mi crítica social, en este caso estoy, hablando de las religiones, si no de todas por lo menos de la mayoría, que siempre están tratando de construir iglesias, ocupando tierra; entonces, si están hablando del cielo, es tan absurdo que estén queriendo ocupar la tierra.

En ese mismo libro se dan cambios bruscos entre dos mundos totalmente diferentes, en un cuento habla de la vida en la Guatemala rural, de los viajes a caballo y luego pasa a París, a Viena, hay frases en francés, mundos que contrastan muchísimo, ¿es difícil pasar del uno al otro?

– Si yo no hubiese tenido la posibilidad de viajar y conocer de cerca estas cosas, a lo mejor sí sería difícil, pero en este caso no; es como si estuviera haciendo una fotografía hablada; para mí no es muy complicado manejar estas dos cosas. Ahora, en cuál me siento mejor, obviamente en lo que he tenido siempre que ha sido el área rural, la provincia es donde tengo mi mayor fuente de riqueza espiritual.

¿Usted se considera una persona espiritual?

– Sí por supuesto, claro, ahora habría que definir qué entiende usted por espiritual y qué entiendo yo. Me considero una persona totalmente espiritual, en el sentido del contacto que mantengo con todo lo que es natural para poder apreciar y percibir la fuerza de las cosas. Pongamos un ejemplo, no es lo mismo que yo me bañe aquí en una ducha, a que yo me bañe allá en una catarata, aunque las dos cosas sean agua, cambia el medio. En la catarata hay una comunión espiritual más profunda, que estar yo encerrado en un cuartito. En la ciudad yo siento que estoy corriendo, en el campo no tengo necesidad de correr porque no tengo prisa y eso es justamente parte de las libertades que da el espíritu.

En una entrevista usted dijo que el paternalismo está perjudicando a las literaturas indígenas, ¿en qué sentido?

-El problema es lo siguiente: muchas veces hay gente que dice que quiere ayudarnos, entonces se publica cualquier cosa, sin ser un poquito riguroso. No estoy diciendo con esto que lo que yo hago sea lo mejor, porque realmente me esfuerzo, pero hay algunas casos en los que por cargo de conciencia se apoyan publicaciones sin mayor cuidado, eso es a lo que me refiero y no nos ayuda, eso nos hace daño, entonces en lugar de ser más cuidadosos empezamos a ser descuidados precisamente por tener apoyos inmediatos.

Cuénteme de su relación con Luis Alfredo Arango

-Este es un recuerdo muy bello y triste a la vez. Yo vivía en la ciudad, era obrero, tenía algunas cosas escritas y buscaba apoyo de alguien que quisiera ver lo que yo escribía. Visité a algunas personas y para mi mala suerte fui rechazado. Un amigo que trabajaba en el IGSS en las oficinas centrales, me dijo que tenía un compañero de trabajo que era escritor, ese compañero resultó ser Luis. Me lo presentó, platicamos un momento ahí en su trabajo y yo le dije que escribía poesía. Él se interesó mucho y al otro día le llevé unas cosas. Me dijo que podíamos platicar en su casa y me invitó un domingo. Y luego eso se volvió una costumbre, un ritual, todos los domingos iba a verlo.

Yo comencé a tomarle amor a los libros desde muy niño, así que tenía un bagaje de lecturas conmigo y teníamos de qué hablar con Luis. Claro, él me sugería algunos libros que a él le gustaban particularmente y los que yo conseguía se los enseñaba. Fue una amistad entrañable, sentí muchísimo la muerte de Luis Alfredo.

Él lo impulsó también a que publicara su propio trabajo…

-Tal vez impulsar no sería la palabra correcta. En ese tiempo Luis Alfredo formaba parte del consejo editorial del Ministerio de Cultura y como él ya había visto algunas de mis cosas, me dijo: “Por qué no se anima y me las da, a lo mejor el Ministerio le publica un libro”, y entonces le di los textos. Esa fue una cosa simpática, porque después de algunos meses, me dijo que estaban haciendo una colección de poesía guatemalteca y que creía que iban a incluir algún texto mío. Días después yo encontré al joven que estaba a cargo de la edición, emocionado me presenté, pero él me dijo “vos sos al que le está haciendo propaganda Luis Alfredo Arango, no te voy a incluir”. Así que no se publicó mi trabajo en esa colección. Tuvimos que esperar hasta tres años después para que se publicara mi primer libro El animalero.

Algunos de sus poemas son engañosamente sencillos, porque detrás de la brevedad y del lenguaje simple esconden reflexiones muy profundas ¿Cómo se da ese paso de la comunión con la naturaleza a la metáfora?

-Esto tiene muchísimo de la expresión que tiene mi lengua materna, mi lengua k’iche’, porque en nuestra lengua de alguna manera se utiliza la conjugación de pensamiento humanístico y sensación de naturaleza, así que yo hago acopio de ambas cosas y trato de que este recurso pueda ser el espíritu de mí poesía. El hecho de recurrir a la brevedad es simplemente darle participación a mi posible lector para que también él o ella formen parte del mismo texto. La aparente sencillez es mi intención de accesibilidad para toda persona, porque tengo lectores niños, jóvenes y adultos y tiene muchísimo que ver el hecho de no haber estado en la universidad, porque de lo contrario se hubiera tecnificado mi lenguaje. Mantener una comunicación coloquial con la gente de mi pueblo sigue siendo hasta la fecha la materia prima de mi poesía.

Son poemas con los que se puede reflexionar mucho, recuerdo uno que dice: “la canción del fuego consume al leño, que va olvidando que alguna vez fue árbol…”

-Alguna gente fuera del país me ha dicho algunas cosas parecidas, que me alegran muchísimo, porque esa es justamente una característica que tiene mi trabajo y ese ha sido de alguna manera el imán para que gente ajena a nuestras culturas y al país, disfrute mi poesía. Mario Monteforte Toledo en una ocasión me dijo: “mira, a mí me gustan mucho tus cosas, pero me gustaría que te leyera un argentino, porque tu castellano no es el mismo que se habla allá”. Cuando fui a Argentina, quería saber qué opinaba la gente y resulta que también ha gustado mucho allá, esas son las cosas que a mí me han dado muchísima confianza en mi trabajo. El poema con el que usted inició la entrevista es el que más ha sido traducido, a 14 idiomas, porque se puede aplicar aquí y en cualquier otra parte del mundo. mantiene el mismo mensaje en k’iche’, en español, en francés, en alemán, en japonés o en hebreo.

Tengo entendido que el primer traductor de su poesía es usted mismo.

– Sí, exactamente, las ideas vienen de mi lengua k’iche’ y yo me autotraduzco al castellano.

Cuénteme sus planes para el futuro.

-Sigo escribiendo, todavía no sé para qué va a servir eso, pero insisto.

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