Miércoles 24 DE Abril DE 2019
El Acordeón

Pintar sin dibujar, tramar sin narrar

Llegar a pintar una cosa, algún cuerpo sin marcar su contorno, como si se dijera: dibujarla desdibujándola, pero ¿al desdibujarla cómo podría distinguírsela…? ¿cómo se sabría que lo que está en el lienzo es una montaña o una manzana o un jugador de cartas…?

Fecha de publicación: 20-01-19
Por: ROGELIO SALAZAR DE LEÓN

La montaña de Sainte Victoire está en el sur de Francia, cerca de Aix en Provence, la cual fue objeto de una serie de pinturas de Paul Cézanne; en una carta a Zola, Cézanne alaba la montaña que ha observado desde un tren, poco después comenzó la serie de lienzos dedicados a esa montaña.

Se entiende que en esta serie de pinturas es donde Cézanne llega más lejos en sus afanes y, acaso no solo los de él, sino también los de todo el impresionismo: llegar a pintar una cosa, algún cuerpo sin marcar su contorno, como si se dijera: dibujarla desdibujándola, pero ¿al desdibujarla cómo podría distinguírsela…? ¿cómo se sabría que lo que está en el lienzo es una montaña o una manzana o un jugador de cartas…? Precisamente ese es el problema de Cézanne, esa es su dificultad, ese es el asunto que, de alguna manera, fue más claro en él que sus demás compañeros impresionistas. La Copa Dorada es una de las últimas novelas de Henry James, la trama cuenta la historia de un millonario norteamericano que vive plácidamente con su hija en Europa, ambos contraen matrimonio con dos que antes han sido amantes entre sí, y que luego, una vez casados con ellos, vuelven a serlo; lo cual dicho así no parece tener ninguna particularidad, pero de hecho la tiene; tratemos de ver cuáles son estas particularidades de la novela de James.

Tolstoi en su novela La Guerra y La Paz, describiendo a un personaje que es un príncipe de nombre Andrei Bolkonski, dice: “era de aquel tipo de hombre que a lo que más teme es al ridículo”; claramente el que está hablando no es Bolkonski, el personaje de la novela, entonces ¿quién habla…? El héroe de la novela no, más parece ser el autor quien lo hace, habla el autor de la novela haciendo una especie de profesión de fe sobre ciertas ideas acerca de la masculinidad seria y grave, pero ¿es esta una sabiduría universal o una suerte de psicología dominante u ofi cial…? Quizá, esas respuestas no importan tanto aquí, más pueden importar otras cosas.

Si la escritura es la construcción de una voz ¿cuál es la voz que habla en la novela de Tolstoi…? La verdad de las cosas es que es difícil decirlo y siempre lo ha sido, porque la escritura es como un lugar indefi nido, como un resultado compuesto de varias cosas o varios elementos, como una línea oblicua a donde van a converger el sujeto y el objeto, el afuera y el adentro, la consciencia y el entorno, el negro y el blanco; como si se dijese que al comenzar a escribir se accede en una zona en donde todo puede suceder, como si fuera posible entrar en una segunda vida.

Seguramente, esa última afirmación, para ser explicada requiera de un tratado serio, formal y de muchas páginas, pero de acuerdo con los moldes de esta nota, aquí tal vez sea sufi ciente o, cuando menos útil, recordar a un hombre como Baudelaire, quien fracasó en la vida para que triunfara su obra; o a alguien como Van Gogh, quien se hunde en la locura para que ascienda su obra; de manera que, así sea a contraluz, el autor es quien determina las cosas, él es quien, desde el fondo o no tanto, habla y dispone, tal es la idea que queda después de oír lo que Tolstoi dice del personaje de su novela, el príncipe Bolkonski.

Digamos que la particularidad de La Copa Dorada de Henry James es la de ir borrando de la obra las huellas del autor, como si él, en tanto autor, hubiese ido haciendo grandes esfuerzos por desaparecer de la obra, por ir compareciendo cada vez menos; el suyo es el esfuerzo de escribir para dejar de estar, James no quiere estar porque él escribe para borrarse.

Parece como si Henry James en La Copa Dorada rehúye la tentación por narrar, para dejar que las cosas sólo y, simplemente, sucedan, fluyan y todo como resultado de un brutal ejercicio de sutileza.

Henry James fue un norteamericano que se hizo inglés, lo cual ya dice algo de él, nació en 1843 y murió en 1916, de modo que vivió la época en que dio todo de sí la enorme tradición de la novela romántica decimonónica, tradición que al final de su vida (época de “La Copa Dorada”) debió haber llegado a sentir demasiado edulcorada y cargada de los condimentos del autor.

Claramente, James no consigue desaparecer de su obra, porque decir eso sería una exageración, pero sí que consigue un desplazamiento de la voz de la novela, que se nota al leerlo o, quizá, más que notarse se siente o se nota porque se siente; como si quien más supiese acerca de lo que pasa en el libro no fuese el autor, sino el propio libro; nadie sabe más que el relato mismo, sus ritmos y sus cadencias, sus humores y sus alientos, ni siquiera el autor.

Todo en el relato de Henry James parece provenir de las reglas (que en el fondo no lo son), de los moldes (que en el fondo tampoco lo son) del propio relato, como si siempre estuviese escapando de las certezas o de los matices de la apreciación que quisieran cuajar en descripciones definitivas, y entonces todo quedase restringido a los materiales, situaciones y ambientes de la propia trama o historia.

Si el sujeto, entendido como noción central del mundo moderno, va entrar en crisis durante el siglo XX; y la novela cargada de la voz del autor es una expresión genuina y privilegiada de ese sujeto moderno, Henry James comenzará a marcar la crisis de ese autor como sujeto unitario y pleno, para que comience a erosionarse el dominio del autor y su voz, y el dominio vaya pasando poco a poco al lenguaje y quien hable sea, por lo tanto, el lenguaje y no el autor.

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