Sábado 24 DE Agosto DE 2019
El Acordeón

Carlos Mérida, un autorretrato escrito

El Instituto Nacional de Bellas Artes de México dedica una extensa muestra a Carlos Mérida, para celebrar los cien años de la llegada del artista guatemalteco al vecino país. “Retrato escrito”, exposición curada por Estela Duarte, se construyó sobre la documentación personal de Mérida, poniendo énfasis en su autobiografía inédita, de la cual en esta edición publicamos un fragmento. Completamos este especial con una crónica sobre la exhibición que estará abierta hasta mediados del mes de marzo en Museo Nacional de México (Munal), así como con algunas de sus pinturas y documentación sobre su obra.

Fecha de publicación: 13-01-19
Por: CARLOS MÉRIDA

Fue, allá por el año de 1907, cuando de la provincia en donde yo vivía* me trasladé a la capital de Guatemala. Tenía yo justamente 18 años de edad. Cuando asistía a la escuela primaria, muchos lustros antes de aquel traslado, que fue capital para el desenvolvimiento de mi trabajo pictórico, comenzó a manifestarse en mí la vocación para las artes: sentía especial placer en concurrir a las clases de canto y de dibujo mientras era reacio a las materias académicas. Encontré entonces profesores que fomentaron mi vocación, como aquel recordado don Manuel Carrera, quien generosamente me inició, por decirlo así, en el manejo de los colores y de los pinceles. Copiaba, con él, a la vieja manera, estampas con bosques fabulosos en atardeceres de tarjeta postal. Entre preparar la molida de los colores y de las telas, hechas estas de la manera más rudimentaria, tomaba clases de piano y aprendía el solfeo. Mi vida de niño se llenó entonces de un mundo de colores y de sonidos que me colocó en un plano extra real, ajeno si se quiere a la vida real que viven todos los niños. Me fui tornando un tanto introspectivo, temeroso de los contactos ásperos que se hacen recios para luchar por la existencia los que van al paso, en común, en las aulas de la escuela primaria. Recuerdo cuántos sufrimientos me costó aquella innata condición: los golpes que entonces recibí, sin poderlos contestar. Aún los recuerdo con pavor. A esos se deba, quizá, que me sea tan penoso ahora y siempre ver que las personas se hagan
daño físico y moral.

Cuando alcancé la edad de trece años, aún en la provincia, me encontré con un sabio profesor de dibujo, don Santiago Vichi. Era un viejo maestro entrenado en la Academia: sabía este maestro mucha técnica de la pintura en el modo clásico y conocía a la vez a los grandes maestros del pasado y sus singularidades. Comencé así a entrar en un mundo que hasta entonces me había sido desconocido: mis ambiciones se extendieron hasta soñar en grandes realizaciones, llenas de la pompa y de la solemnidad que advertía en los cuadros de Tiziano y Rafael. Se agitaba en mi espíritu algo confuso, sin contornos definidos, pero con los impulsos hacia la grandiosidad. Soñaba en la realización de grandes empresas plásticas, para cuya solución no atisbaba yo ni la más remota posibilidad, algo en fermento que no era la apasionada religiosidad de los renacentistas ni las escenas cotidianas que estaban al alcance de mis oídos: un mundo nuevo y cósmico que habría de ser mi propio mundo.

Entre los estudios de mi bachillerato y la pintura intercalaba el estudio de la música. Dos inolvidables y excelsos maestros me guiaron entonces en el laberinto que constituye la enseñanza musical: uno de ellos el maestro don Jesús Castillo, genial compositor y creador de un nuevo tipo de música basado en el folclor guatemalteco; y el gran pianista don Miguel Espinoza, figura continental, en esa época, en el arte del teclado. Así, entre la técnica y la interpretación, comencé a penetrar en los secretos de nuestra música autóctona: don Jesús me hizo gozar de la doliente y melodiosa canción de las chirimías que suena al borde los caminos y del rítmico batir de los tambores en las fi estas rituales de los indígenas de nuestra tierra. Fundí de esta manera el arte de la música con el arte de la pintura: nunca sentí determinadas preferencias, pues ambos panoramas artísticos se fundían en mí con singular homogeneidad para fortuna mía; tal vez, a veces la música; quizá la pintura en otras ocasiones. Así que nunca supe, ni lo he sabido hasta ahora, cuál arte es el privativo en mis delectaciones. Habré de explicar, más tarde, al discurrir de este relato, las influencias que la música ha tenido sobre mi pintura, influencias que se manifiestan en diversidad de maneras tanto físicas como introspectivas, a la vez que expresivas.

Cuando hube de cumplir 15 años de edad me atacó una esclerosis del oído medio y mi padre, generoso como pocos, lleno de cuidados para mí, decidió abrirme caminos más amplios en el arte plástico, ya que en el arte de los sonidos no tenía ya posibilidades mayores. Así fue que hice el viaje memorable a nuestra capital cuando cumplí los 18 años: me había, sí, titulado de bachiller en Ciencias y Letras y, por consiguiente, mis estudios, limitados como todos los que se hacen en provincia, me permitían cierta visión más amplia del mundo y de sus cosas. En consecuencia, cuando realicé aquel viaje estaba ya en posibilidad de darme cuenta de la tarea que iba entonces a emprender.

Guatemala estaba, en 1908, bajo el gobierno dictatorial de don Manuel Estrada Cabrera y mi padre, liberal de buena cepa, disentía de la tiranía que entonces existía. Sus enseñanzas de entonces me dieron la pauta clara de lo que debe ser la libertad y el gozo cabal de la dignidad humana, lección aquella que, aunque aparentemente ajena al arte, debió influir tan definitivamente en el desarrollo y evolución de mi trabajo artístico. Don Manuel, el gobernante, era un sujeto ladino y astuto, pero su cultura no llegaba hasta encontrar en el arte elementos de peligro para la estabilidad de su satrapía, así que el campo era completamente abierto para intentar renovaciones de tipo artístico plástico. Cuando llegué a la capital me encontré con un grupo de jóvenes pintores que laboraban en gran cohesión. Lo capitaneaba Jaime Sabartés, un catalán venido a Guatemala en busca de fortuna, comerciante por accidente, pero animador de artes plásticas por naturaleza. Su casa era centro favorito de reunión para hilar eternas discusiones sin vertebración ninguna, disparatados argumentos que tenían la virtud de suscitar estímulos, crear estados anímicos vivos y actuantes. Dentro de ese grupo que lo componían José Morales Masorra, Eduardo de la Riva, Polo Alcaín, Alberto Aguilar Chacón, el escultor tan notable, Rafael Yela Günther, Enrique Asturias, destacaba con sin igual fulgor Carlos Valenti. Poetas como Carlos Wyld Ospina, Rafael Arévalo Martínez, Alberto Velásquez, Tiberio Ormechea, Alfonso Guillén Zelaya, Roberto Barrios, hacían causa común con los pintores y era ya acostumbrado el reunirnos con ellos ya sea para discutir o para celebrar con ruido y bullicio, música y alcohol, cualquier pretexto equis. Pasé dos años a la vera de tales explosivos muchachos, los que tanto bien me hicieron. Las grandes desveladas nunca fueron motivo bastante para que el trabajo se realizase de manera continua, fi rme y regular.

Jaime Sabartés, quien ahora es cercano secretario de Picasso, autor de un espléndido trabajo sobre el maestro, fue amigo de la infancia del gran andaluz y cuando llegó a Guatemala trajo consigo un sinnúmero de obras picassianas de la época azul, incluso un retrato del propio Sabartés, el cual está ahora en un museo de Moscú. Fue un conocimiento pronto e inmediato el que tuvimos de obras que han hecho historia en el mundo de las artes plásticas contemporáneas. Por otro lado, llegaba de España otro gran animador del medio de entonces: don Manuel Moreno, gran señor y gran espíritu el suyo, el cual se alió a nuestro grupo con sin igual entusiasmo. Trajo don Manuel de la Península una serie de pinturas de los más avanzados de la época, entre los cuales recuerdo unos deliciosos paisajes de Joaquín Mir, unas maravillosas creaciones impresionistas de Colom y unas cabezas del gran Nonell, todos ellos catalanes. El mundo nuestro se abría esplendente a nuestros ojos por un verdadero milagro de Dios, una dádiva que se nos hacía sin esperarlo y sin merecerlo siquiera. El mundo nuevo de la pintura, en sus propias fuentes, nos abría caminos tantos a nuestra sed de implacables sedientos. Fue de esta manera como de golpe y porrazo el pequeño grupo de la pequeña Guatemala, situada allá, en un rincón de la América Central, se colocaba a la vera de las corrientes mundiales del arte plástico de entonces; fortuna seguramente envidiable. Sabartés, siempre atento y ligado a su Europa, descubrió el advenimiento del cubismo: sus nexos con su tierra nativa nos ponían ante los ojos otro salto tremendo. Recuerdo que en alguna visita que le hice a su almacén de ropa, situado en el Portal del Comercio, en el centro de nuestra querida capital, me mostró las primeras reproducciones de obras cubistas. Ya podía yo atinar los alcances de aquella portentosa innovación sin siquiera penetrar, a ciencia cierta, el profundo signifi cado de lo que habría de constituir, con el tiempo, el mayor aporte a la transformación de las artes plásticas de la era presente.

Volví a mi provincia ungido con un halo de luz en los ojos, luz cegadora para discernir cabalmente lo que ocurría dentro de mí y fuera de mí. Creo que este estado anímico es característico de todos aquellos que sufren una natural evolución, especialmente en los que son aún jóvenes. Pero en mí, el fenómeno se operaba en tono distinto y con más fuerza. ¿Quién que tenga una naturaleza sensitiva, dispuesta a la creación plástica, puede sufrir, sin conmoverse de raíz, el paso violento de una tarjeta postal de romántico atardecer al rigorismo seco de un cuadro cubista de la primera época? Me sentía bajo los efectos de una conmoción: se me procuraba nuevamente el caso de sentir la necesidad de realizar grandes construcciones plásticas, pero yo en el tono grandilocuente del renacimiento, sino en una forma más rigurosa, más matemática, más constructiva. Volví a la capital y allá Carlos Valenti me incitó a realizar un viaje de estudio a Europa. El cosquilleo de hacer real tan gran aventura no me dejó dormir por mucho tiempo. Un joven que solo sabe soñar no puede por sí solo correr tal aventura: me faltaba entonces la capacidad de tomar decisiones defi nitivas, cosa que he aprendido ya más tarde. Mi generoso padre vino en mi ayuda. Él q p y sufragó los gastos de mi viaje.

–Carlos Mérida partió en 1910 hacia París, Francia. Sus padres lo despidieron en Puerto Barrios. Viajó junto con Valenti en un barco que hizo varias paradas a lo largo de Centro América y el Caribe. Estos contactos marcaron parte de su trabajo posterior, en especial la influencia de las culturas del caribe y el movimiento de sus danzas. Llegó un mes después a Francia; se instaló en París; estudió lenguajes artísticos tanto académicos como contemporáneos a su tiempo; sufrió el suicidio de Valenti y entabló amistad con Diego Rivera, quien luego le abrió las puertas de México.

*Carlos Mérida nació en Quetzaltenango el 2 de diciembre de 1891.Este texto forma parte de su autobiografía inédita. El original, mecanografi ado y con anotaciones manuscritas, se encuentra en los fondos documentales de la galería Arvil, México. Se publica con la autorización de la galería y gracias a la gestión del Museo Nacional de Arte de México. Para facilitar su lectura se corrigieron errores ortográfi cos y fallas de mecanografía; se hizo, además, una mínima edición de estilo.