Lunes 14 DE Octubre DE 2019
El Acordeón

Adviento

Fecha de publicación: 09-12-18
Por: Arturo Monterroso

Me gustan estos días de adviento, aire fresco y cielo luminoso. Lo demás es lugar común; la puesta en escena de una obra que vemos todos los años, con su prisa fingida, sus convivios apoteósicos y su frenesí de centro comercial. Aunque también este tiempo de atascos, comilonas y publicidad abrumante, nos da la excusa para reunirnos con amigos entrañables, para comprar los regalos que se nos antojan imprescindibles, para dar esos abrazos que hemos postergado. Hay que estar de fiesta alguna vez, olvidar las preocupaciones y no pensar en la posibilidad del annus horribilis que será 2019, con las elecciones, la estupidez y los políticos. Por unos días, es saludable abandonar la sensatez y dejarnos llevar por la falta de cordura para celebrar la vida. Este era el espíritu de las fiestas romanas en honor de Saturno, que se celebraban entre el 17 y el 23 de diciembre, desde unos 200 años antes de Cristo, y que fueron el origen de las fiestas que celebran el nacimiento de Jesús de Nazaret. Sustituir unas fiestas por otras fue una decisión política de la Iglesia para imponer una referencia cristiana sin alborotar demasiado al pueblo, que no estaba dispuesto a perder los siete días de jolgorio que precedían al solsticio de invierno, cuando los campesinos se tomaban unos días de descanso. Además, tenía mucho sentido porque terminaba el período más oscuro del año y festejaban el retorno de la luz, el Nacimiento del Sol Invicto. De manera que las fiestas que celebramos ahora son producto de un sincretismo indiscutible.
La celebración de la Navidad (es decir, de la natividad de Jesús) fue algo tardía y no se convirtió en una festividad cristiana sino allí por el año 220 de nuestra era, a la que contribuyó el historiador Sexto Julio Africano y el primer Concilio de Nicea, en 325. Nadie sabe con certeza cuándo nació Jesús, sobre todo porque hay que hacer buenos cálculos con mínima información, tomando en cuenta que en esos tiempos regía el calendario juliano –el que instauró Julio César en 46 a. C.– y que a partir de 1582 se empezó a utilizar el gregoriano, promulgado por el papa Gregorio XIII. Además, la fecha no aparece en el Nuevo Testamento, como no sean algunas referencias en los Evangelios de las que se puede inferir alguna idea. Más aún, dado el origen pagano de las fiestas, un buen número de cristianos se ha opuesto a su celebración, como algunas iglesias protestantes, desde la Reforma, no digamos los puritanos ingleses y los norteamericanos que poblaron la Nueva Inglaterra. En nuestros días, los Testigos de Jehová no celebran la Navidad y, sin duda, si nos ponemos a averiguar, otro buen número de cristianos tampoco. Recuerde que para muchos creyentes, si la festividad no está prescrita en la Biblia, no es. Punto.
De manera que cuando usted celebre el nacimiento del niño Dios, no piense en la exactitud histórica de la venida de Jesús al mundo ni en la posibilidad de su origen sagrado, porque se le va a echar a perder el encanto. Tampoco importa si es cierto. Es algo precioso. En un mundo aporofóbico, regido por el poder del dinero y la indiferencia, imagine usted la fuerza que transmite la imagen de un niño que nace en la humildad de un pesebre y que viene a contarnos que la generosidad y el amor son posibles. Perdida la fe, he conservado el gusto por la liturgia y la música de la época, sobre todo la sagrada y, aunque atravieso la bulla sin mayor remilgo, prefiero refugiarme en el silencio de las voces y los instrumentos, desde el trabajo coral de John Rutter hasta el álbum de Navidad de John Legend, pasando por El Mesías de Handel. En fin, disfrute del adviento y del viento. Le mando un abrazo y el deseo de que el próximo sea un Annus mirabilis, como diría el poeta John Dryden; un año maravilloso.

Guatemala, 7 de diciembre de 2018

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