Miércoles 12 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

Un retrato de país desde la no ficción

El escritor mexicano Jorge Volpi estuvo la semana pasada en Guatemala como parte de la gira de promoción de “Una novela criminal”, un texto entre la literatura y el periodismo, que ganó este año el Premio Alfaguara de Novela. En esta entrevista, el autor habla en detalle sobre la obra y su contexto.

Fecha de publicación: 25-11-18
Por: Jaime Moreno De León
Más noticias que te pueden interesar

Una mañana de diciembre de 2005, México despertó con una transmisión televisiva de más de dos horas que presentaba la captura en vivo de dos secuestradores y la liberación de tres de sus víctimas. Ante las cámaras, Israel Vallarta y Florence Cassez fueron mostrados como responsables y una mujer llamada Cristina, su hijo y Ezequiel Elizalde como las víctimas. No obstante, una segunda mirada a las imágenes dejó serias dudas sobre la autenticidad del video. Una periodista se basó en estas inquietudes para investigar el caso y descubrió que todo había sido un montaje policial. Este hecho desató una investigación que reveló un sistema de detenciones ilegales, tortura y fabricación de culpables y testigos a lo interno de la justicia mexicana. La causa de Florence se volvió, incluso, un tema de Estado que tensó al máximo las relaciones entre México y Francia. Sobre esta idea, con rigor y método, el escritor mexicano Jorge Volpi investigó el caso y relató sus hallazgos en Una novela criminal, ganadora del premio Alfaguara 2018.

En el caso de Florence Cassez e Israel Vallarta. ¿Qué fue lo que pasó?

– Hay una primera parte, un poco difusa y de la cual no tengo toda la información, en la que hay un problema de negocios entre un empresario mexicano, llamado Margolis, con uno de sus socios, Sebastién Cassez, hermano de Florence. Todo indica que también Israel tenía que ver en este negocio, aunque no sabemos qué fue. Lo que sí sabemos es que hubo una pelea fuerte entre ellos y que de esa pelea se genera una venganza. Como este empresario estaba muy ligado con la Policía, creo que él claramente quiere vengarse de ellos pidiéndole ayuda a la Policía. Esa es la primera fase.

En la segunda, ya que tienen dos individuos a los que se va a acusar de secuestro, para tratar de lavar la imagen de la Policía en un momento donde el principal problema de seguridad en México eran los secuestros [2005] y donde se hablaba mucho de la ineficacia frente a estos, a alguien se le ocurre, a la jefa de comunicación seguramente, llamar a los medios para escenificar una captura y una liberación de víctimas que no ocurrió así.

¿Cuándo se detiene a Israel y a Florence? Se les detiene en la carretera, el 8 de diciembre. Es evidente, y de eso sí no creo que haya ninguna duda, que ese día no había tres víctimas en esa casa. ¿Esas víctimas lo fueron realmente? Creo que Cristina y su hijo sí, por supuesto, fueron víctimas de un secuestro. ¿Quiénes los secuestraron y cuándo fueron liberados? No sabemos. La otra víctima, en cambio, Ezequiel, es una víctima muy extraña. Quizá no fue exactamente una víctima o era miembro de otra banda o su padre era miembro de una banda de secuestradores o fue un castigo. Es difícil saberlo. En cualquier caso, ellos se convierten en las víctimas oficiales. Tanto las víctimas como los supuestos secuestradores son llevados la madrugada del 9 de diciembre a la casa y allí son obligados a hacer parecer como si en ese momento fueran liberados. Eso es lo que vemos en televisión. Hasta aquí es mi reconstrucción del relato, que sigue teniendo lagunas. Hay cosas que yo no sé. No sabemos de dónde viene la venganza. No sabemos quién secuestró a Cristina y a su hijo. No sabemos cuándo los liberaron realmente y no sabemos del todo si Ezequiel era una víctima realmente.

Todo parece apuntar a Margolis, ¿no?

– Por lo menos al inicio del caso, sí. Creo que Margolis no tiene nada que ver con el montaje. Él es un hombre muy discreto, que aparece muy pocas veces en público. Estoy convencido de que no quería, ni se hubiera imaginado que esta venganza que él quería hacer, la iba a aprovechar la Policía para hacer este montaje mediático que terminó por exponerlo a él.

Todas estas acciones podrían verse como obra de un aparato paralelo del Estado… y no lo son.

– Porque son del Estado mismo.

Lo que plantea este texto es una línea difusa entre la ficción y la no ficción. ¿Es este un futuro viable para la literatura, este meterse en el proceso de investigación y al final, en vez de ficcionar, relatar lo investigado?

– Aquí hay un fenómeno curioso. Este género sí existe, la novela sin ficción o periodismo literario. Se inventa en América Latina y en español. El primero en hacerlo es Rodolfo Walsh con Operación masacre [publicado en 1957]. Luego lo hace Truman Capote, pero es posterior. Curiosamente, en lengua inglesa tiene una tradición ininterrumpida desde A sangre fría [Capote, 1966]. Más bien, es una parte natural de cómo se escribe literatura sin ficción en el mundo anglosajón. En cambio, en América Latina no. Primero Walsh y luego hubo un gran vacío. Ahora, creo que está en un renacimiento que tiene que ver con la no ficción, llamémosle crónica, llamémosle reportajes, llamémosle lo que sea esto [en referencia a su propio libro].

Pero del lado del periodismo.

– Del lado del periodismo y del lado de la literatura también. Creo que están apareciendo cada vez más este tipo de libros no escritos por periodistas sino por escritores. Creo que esa es la única diferencia.

Sí, porque este tipo de relato es común, pero en plataformas como la de El Faro o la FNPI.

­– Exacto. Ellos lo hacen muy bien.

En el libro dices que imaginas a alguien haciendo alguna acción determinada. También puedo imaginarte frente a un archivo gigante de entrevistas, transcripciones y documentos al final de la investigación. ¿Cómo fue el proceso para darle orden?

– Eso fue lo más desafiante, además del proceso del escritor en la escritura y la selección de los materiales. Es la primera vez que hago un libro así, entonces no puedo decir que sea un método. Empecé con el expediente y lo primero fue irlo revisando. Era larguísimo. Conforme fui revisando el expediente, de inmediato encontraba cosas que me parecían significativas. De inmediato las iba transcribiendo. No fue un proceso de primero leer y luego transcribir. No, conforme iba encontrando iba extrayendo y reescribiendo. Por ejemplo, para reconstruir los relatos de los secuestros, por lo menos tal como los cuentan Cristina y Ezquiel, conforme leía los testimonios de los involucrados los transcribía de una manera que me parecía literaria. Era una traducción del texto judicial. A partir de cierto momento comencé a hacer entrevistas. En ellas hacía lo mismo, en cuanto terminaba la entrevista, ese mismo día, para que no se me olvidara, de las notas transcribía a donde yo quería que quedara en ese texto que se iba formando.

Luego, leí y releí todos los textos periodísticos previos, las investigaciones, vi los videos e hice lo mismo. Así terminé con un manuscrito de 800 páginas, que iba del principio al final. Se lo di a leer a mis mejores amigos, a mis lectores con quienes tengo confianza, mis amigos del “Crack”. Cuando leyeron eso les pareció que así como estaba era ilegible. “Tienes que reescribirlo, por completo”, me dijeron. Eso fue lo que hice. De esas 800 páginas neutras, en las que yo nunca aparecía, decidí darle la forma de novela. Entonces, a ese material así, cambié el ritmo, me introduje yo como personaje, discreto, pero que al final es una voz que guía y que antes no estaba, hice algunos cambios cronológicos, metí recursos novelísticos y ya quedó.

Esto sobrepasa la función lúdico/poética del lenguaje. Es también una forma de hacer función social de la literatura. Es contar una historia que involucra a todos los mexicanos.

– Sí. También eso lo fui descubriendo poco a poco. Cuando empecé a escribirla me parecía que era simplemente una gran historia. Ahí estaba. Había leído libros periodísticos que habían publicado antes, pero que no contaban toda la historia. Me parecía que había que contarla toda, no solo la parte policíaca, sino la parte política, la parte diplomática y la parte personal. Eso no estaba en ningún libro. Dije, bueno, voy a intentar contar toda la historia. Conforme iba avanzando me iba enojando. Es un libro que escribí muy enojado y cada vez que hablo de él me enojo de nuevo. Además, aunque yo no lo había pensado, y es la primera vez que lo hago, iba a ser una novela de denuncia que iba a engarzarse en esa tradición que está desde Zola hasta la novela comprometida latinoamericana, no porque yo lo hubiera planteado sino porque el texto mismo me hacía hacerlo: al mismo tiempo que contaba la historia, denunciar el sistema de justicia en México.

Para nada es un caso cerrado. Después de todo el proceso, ¿cuáles son tus conclusiones?

– Uno, no está cerrado. Me parece que esta novela está inconclusa. No se terminará hasta que Israel, el hermano y el sobrino que aún quedan en la cárcel no sean juzgados firmemente y esperemos que para que los liberen. Necesita una sentencia firme para que por lo menos el libro se cierre. Al libro le falta un capítulo que quién sabe cuándo podré escribir. Israel lleva 13 años encarcelado. La semana que entra voy a intentar ir a verlo, lo trasladaron de prisión otra vez [esta entrevista se hizo el martes 20 de noviembre de 2018]. No lo he visto en todo este año. Luego, las enseñanzas. Este caso tiene ya muchos elementos de lo que iba a pasar con México después. Es decir, los mismos protagonistas son los que luego van a lanzar la guerra contra el narco. Esta ha generado 220 mil muertos, una cifra espeluznante. Claro, son 220 mil muertos con este sistema de justicia. Por eso no sabemos nada de lo que ha pasado en estos 12 años. Mi principal conclusión es que no veo que una de sus preocupaciones mayores [de López Obrador, presidente electo de México] sea la reforma del sistema de justicia.

Y esta es la Policía que cuida a los mexicanos…

– Es terrible. El libro, que lo imaginaba como el relato de un caso específico, terminó por convertirse para mí también en el libro sobre México que quería escribir y no había hecho. A través de este caso lo que vemos es México, a través del sistema de justicia que tiene, de la Policía que tiene y lo terrible que son y que se repite en muchos países latinoamericanos.

Etiquetas: