Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

La continua digresión

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 25-11-18
Por: Arturo Monterroso
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Durante años escuché que lo apropiado era leer (y escribir) obviando las digresiones, pero a mí me sucede lo mismo que a Manguel, que se siente incapaz de partir de datos objetivos y de seguir un método y una secuencia lógica para alcanzar una conclusión satisfactoria. A pesar de su decidida intención inicial de no desviarse, dice, se pierde en el camino: se detiene para admirar una cita o escuchar una anécdota; se distrae en asuntos ajenos a su propósito y termina alejándose, llevado por el flujo de la asociación de ideas; como esta, que se me ocurre en este momento: ¿está relacionada la continua digresión con lo que propuso el lingüista Robert B. Kaplan respecto de la relación entre pensamiento y cultura? Como no tengo buena memoria, recurro a un artículo del semiólogo Miguel Peyró: Interculturalidad no significa (automáticamente) respeto por las culturas. Kaplan publicó en 1966 un ensayo en el que establecía que cada cultura tiene unos patrones propios de pensar y de expresarse. Y creó un esquema en el que la cultura inglesa aparece como una flecha recta, la oriental como una especie de espiral y la de las lenguas romances como una flecha que zigzaguea, perdiendo la dirección continuamente, antes de llegar a su objetivo. Con sentido crítico, Peyró señala que siendo Kaplan norteamericano, pinta a la cultura inglesa como directa y clara, mientras que las otras aparecen como “un cúmulo de rodeos e incongruencias”. Tiene razón el semiólogo, sobre todo porque la visión de Kaplan es prejuiciosa y se basa en los “clichés etnocéntricos” y en una ambigüedad evidente, producto de una generalización cultural. Dicho esto, es innegable que quienes hablamos español nos vamos por las ramas y nos cuesta decir directamente lo que deseamos comunicar.

En Packing my Library, Manguel dice que empieza hablando de una cosa y termina hablando de otra; que, por ejemplo, las bibliotecas lo hacen evocar, en su mente desordenada, fortuitas e inesperadas resonancias. Y que en lugar de referirse al sistema convencional, alfabético, numérico o temático que la biblioteca pone a su disposición, decide, en cambio, hablar del alegre caos del mundo que la biblioteca intenta poner en orden. Y recuerda cómo, cuando era un niño muy pequeño, ordenaba y reordenaba sus libros de acuerdo con unas reglas secretas que se había inventado para sí mismo. Para él, como para muchos lectores, desempacar los propios libros es, paradójicamente, un acto de (re)descubrimiento; una sensación que yo he experimentado cuando ordeno mis propios libros, unos cuantos volúmenes que insisten en extraviarse en muebles y anaqueles. En cambio, empacar los libros, dice Manguel, es un ejercicio de olvido. Parado en su biblioteca vacía, en su casa del Valle del Loira, el escritor experimenta el peso de su ausencia y le parece casi insoportable. Era el verano de 2015 y se había visto obligado a dejar Francia debido a “circunstancias estúpidas”. Debido a que su niñez fue en gran parte nómada, dice, le gusta leer acerca de personas sedentarias que siguen el curso ordinario de su vida, aunque sabe que sin disrupción no habría aventura y que esta idea quizá conlleva la presunción de que las alteraciones (infortunios, injusticias, calamidades, sufrimientos) son las condiciones necesarias para la creación literaria. Quiero cerrar con lo que Manguel escribe al final de su segunda digresión: afortunadamente, las creaciones literarias no pueden explicarse. Claro que podemos averiguar lo que los autores dicen acerca de las circunstancias del acto creativo, de sus influencias, de los libros que han leído… todo, excepto el instante en que aparecieron las palabras, luminosas y claras, en la mente del poeta; excepto el instante en que la mano empezó a escribir.

>arturo.monterroso@gmail.com

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