Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

“Vesti La Giubba”

Y sigue cambiando, convirtiendo, metabolizando todos los brincos y sobresaltos de tu corazón en bromas repetidas o baratas o ridículas, qué importa que sean las mismas bromas, hasta que la cara te duela, hasta que tu cara ya no sea más que un gesto tieso y congelado que solo sirve como un dique para detener el llanto de tus ojos.

Fecha de publicación: 11-11-18
Por: Rogelio Salazar de León
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Ruggero Leoncavallo fue un compositor italiano o, más bien, napolitano nacido en 1857 y fallecido en 1919, de modo que el escenario para su vida fue, sobre todo, la segunda mitad del siglo XIX, y el tiempo le alcanzó para presenciar la catástrofe de la Primera Guerra Mundial; la vida le mostró los horrores de un siglo que ya no fue el suyo.

El 21 de mayo de 1892, Leoncavallo estrenó en Milán su obra más perdurable, una ópera en dos actos llamada Pagliacci, inscrita ya en una tradición posterior al más puro romanticismo; Verdi pudo haber sido el padre o, incluso el abuelo de Leoncavallo, su mundo ya es otro, un escenario en el cual las ilusiones y los afanes ilustrados se han ido diluyendo y aletargando en una frívola y cómoda Belle epoque.

Su muerte a los sesenta y un años lo sorprende en un estado de ánimo de frustración y decepción, al no haber logrado repetir el éxito de su Pagliacci; frustración y decepción que bien pueden ser una suerte de inconformidad, acaso la moneda más corriente en el intercambio del artista con la vida.

No interesa aquí profundizar en el género del bel canto, ni sobre la obra en general de Leoncavallo, ni siquiera sobre su trabajo más famoso, su ya citada Pagliacci, interesa tan solo el aria más conocida de esa obra suya: una pieza nombrada como Vesti la Giubba, en castellano, algo así como “Viste la Chaqueta”; por su nombre quizá no sea muy recordada, pese a que sin duda alguna es una las arias más conocidas y reconocidas de la historia de la ópera.

Podría decirse que esta pieza contiene el canto de un payaso que, en un ánimo dramático y trágico, se lamenta a la hora de salir a escena a ejecutar su número porque se le ha revelado la verdad sobre sí mismo; una verdad, por lo demás, incuestionable e incontestable.

Hay que decir que a ratos o a veces o casi siempre la ópera es tan potente y poderosa que nada puede ser como escucharla, nada es capaz de sustituir la experiencia de lo que las palabras, el escenario, la actuación y, sobre todo, la música son capaces de conseguir juntos.

Hecha esa salvedad o aclaración, las palabras de lamento desesperado e impotente que contiene el aria Vesti la Giubba, en castellano, más o menos, dirían:

“¡Recitar! Mientras poseído por el delirio, / Ya no sé si soy aquel que digo, / ¡O aquello que hago! / ¡Yo me tengo que forzar a mí mismo! / Aún eso es preciso, / ¡Bah! ¿Eres tú, acaso un hombre? / ¡Tú eres un payaso! /  Viste la chaqueta y píntate la cara. / La gente paga, y lo que quiere es reír, / ¡Y si Arlequín rapta a Colombina, / ¡ríe, Payaso, que cada uno aplaudirá! / Transforma los espasmos y las lágrimas en bromas / En una mueca las lágrimas y el dolor, Ah, / Ríe, Payaso, / ¡Tu amor está roto! / Ríe por la pena, que envenena tu corazón. /”

Esa, a través de la distancia de un ejercicio de traducción, es la patética declaración de un payaso, a quien el disfraz y el maquillaje ya no le bastan para imaginar ni para esconder a un yo, a la vez irrenunciable e irremediable.

Lo contenido en la canción del payaso, en otras palabras, bien podría interpretarse así: Recitar, declamar, repetir sus líneas, sus mismos chistes, una y otra vez, mientras el personaje que representa ya no puede cubrir a quien sufre por ser quien es, como si un espejo fatal le revelara su verdadero rostro tras el maquillaje.

Él ya no puede creer, aunque sería lo que más quisiera, en que es quien ha dicho ser, y menos aún puede creer en que ese otro que es el personaje representado hace lo que hace, ni en que disfruta y goza al hacerlo.

Pero, como se dice, la función debe continuar, y tengo que forzarme a mí mismo, porque ese es todavía el mandato, como si sobre mis hombros pesara la más pesada carga, la pesadísima loza de una obligación que es la asumida, la aceptada, porque es su trabajo, porque lo ha asumido y él lo sabe y lo saben todos.

Bah, se dice y se pregunta si es eso en lo que ha devenido, si eso es un hombre, y de pronto se le revela la naturaleza real de su condición, y se dice a sí mismo: pero si tú eres un payaso.

Viste la chaqueta, como si dijese o se dijese ponte el disfraz, y píntate la cara, como si dijese, a ver si te puedes esconder o si puedes eludirte de ti mismo una vez más, como si dijese, a ver hasta cuando lo logras y lo aguantas.

Y es que, ya se sabe, es un deber, hay dinero de por medio y ese dinero te ha comprado, y te has vendido para que la gente se ría de ti, para que la gente haga uso de ti, como de una puta; te das cuenta que eres como una mercancía con precio, qué importa que pase lo que pase, si ya tu precio ha sido pagado, qué importa, a quién le importa que Arlequín se lleve a Colombina.

Finalmente, tu obligación es reír, porque los que han pagado lo que quieren y buscan es aplaudir.

Y sigue cambiando, convirtiendo, metabolizando todos los brincos y sobresaltos de tu corazón en bromas repetidas o baratas o ridículas, qué importa que sean las mismas bromas, hasta que la cara te duela, hasta que tu cara ya no sea más que un gesto tieso y congelado que solo sirve como un dique para detener el llanto de tus ojos.

Has llegado a deplorar tanto lo que eres que has convertido a la máscara en lo más amado, en el amor de tu vida, pero esa máscara se ha caído y se ha hecho trizas en el suelo; tu amor está roto y todo tiene el sabor del veneno.

Los amantes y practicantes de la literatura odian, como lo que más, lo que suena a frases hechas, los llamados lugares comunes, sin embargo incurren en uno incesantemente, una y otra vez, a lo mejor porque, pese a serlo, es una gran verdad, una verdad del tamaño de la fuente de mi pueblo, diría alguien.

Pese a ellos mismos, los amantes y oficiantes de la literatura dicen y reiteran esto: “la realidad siempre supera a la ficción”; y lo dicen porque, ni ellos mismos, siendo quienes son, son capaces de ver que no hacen uso de lo simbólico, sino que ellos mismos son ese Otro, son el signo, por decirlo de una forma impropia: el signo es la realidad; y desde esta perspectiva ¿cómo no va resultar la ficción capaz de ocupar el lugar de la realidad?

De modo que si el Vesti la Giubba del Pagliacci de Leoncavallo, citado aquí, se ve superado por cualquier realidad visible y evidente, tampoco es, para nada, raro, y conste que lo dicen los que saben, aunque no sepan que lo saben.

 

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