Miércoles 12 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

Al otro lado del lenguaje

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 11-11-18
Por: Arturo Monterroso
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En La destrucción de lo tangible, el artículo que publiqué el pasado 28 de octubre, el corrector de este diario cambió la palabra “urbanitas” por “urbanistas”. Sin duda pensó que se me había escapado una s, pero no me refería a los urbanistas, que son las personas expertas en el urbanismo, sino a los urbanitas, esas otras personas que viven acomodadas a los usos y costumbres de la ciudad; un pequeño tropiezo semántico. Pero más importante es recordar que en ese artículo me referí a Packing My Library, el libro de Alberto Manguel sobre el que continuaré escribiendo ahora. También quiero retomar la anécdota de que uno podría haber imaginado que la biblioteca de Borges era tan vasta como la de Babel, porque Manguel no se refiere a ninguna institución dedicada a la conservación de los libros en la antigua Babilonia, sino al cuento , en el que Borges juega con la idea de una biblioteca eterna, que parece infinita, pero que no lo es porque, aunque colocados de una manera compleja (y laberíntica, interminable y delirante) en un número indeterminado de galerías hexagonales (que alternan con vastos pozos de ventilación y escaleras que suben y bajan en espiral), contiene todos los libros posibles, con “todo lo que es dable expresar en todos los idiomas”, además de una especie de acertijo matemático. El cuento –una metáfora del universo, una búsqueda del sentido, un ejercicio del lenguaje, una manera inútil de huir de nuestros temores, un canto al absurdo y una reflexión sobre el caos de la existencia– fue publicado originalmente en la colección El jardín de los senderos que se bifurcan.

Packing My Library me remite a Umberto Eco, no solo porque el profesor piamontés no podía ocultar su erudición, al igual que Manguel, sino porque hay una conexión relacionada con cierta obsesión por los libros entre Borges y Eco, quien incluyó al personaje Jorge de Burgos en su novela El nombre de la rosa –un monje ciego, guardián de la biblioteca–, como un homenaje al escritor argentino quien, como una paradoja, estaba perdiendo la vista cuando asumió la dirección de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. Dice Manguel que cuando Borges murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986, el pastor protestante Edouard de Montmollin dijo, luego de abrir su alocución con el primer verso del Evangelio según San Juan, que “era un hombre que buscó incesantemente la palabra correcta, el término que resumiría el todo, el significado final de las cosas”. Según Manguel, “De Montmollin había resumido con precisión el credo literario de Borges: la tarea del escritor es encontrar las palabras correctas para nombrar al mundo, sabiendo todo el tiempo que estas palabras son, en cuanto palabras, inaccesibles. Las palabras son nuestras únicas herramientas, tanto para prestar como para recuperar el significado y, al mismo tiempo, nos permiten comprender ese significado que yace precisamente más allá del límite de las palabras, justo al otro lado del lenguaje”.

Y, mientras Manguel empaca sus libros en esa antigua casa del centro de Francia para irse a vivir a un apartamento de un dormitorio en Manhattan, piensa que su biblioteca es el espacio absolutamente privado que lo abraza, lo refleja y explica quién es él. Cuando está en una biblioteca –dice–, tiene la sensación de haber sido trasladado a una dimensión estrictamente verbal. Y sabe que su completa y verdadera historia está allí, en alguna parte entre los estantes, y que todo lo que necesita es el tiempo y la oportunidad de encontrarla. Pero nunca lo hace y su historia permanece elusiva; en parte porque no puede pensar en línea recta y divaga, se aparta del tema, porque su mente transforma un simple camino en un laberinto (continuará).

 

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