Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
El Acordeón

No a la censura, por el miedo a los bárbaros

El pasado mes de septiembre, una mayoría de diputados del Congreso de la República aprobó un punto resolutivo destinado a prohibir el ingreso al país de los integrantes de la banda de músicos suecos, Marduk. ¿El argumento? Que su música es “satánica y blasfema”. Uno no puede dejar de dar un salto hacia el pasado, solo para comprobar que se repite la historia: redadas, secuestros, violencia selectiva para colocar un cerco de sospecha sobre todo aquello que responda a la categoría de distinto.

Fecha de publicación: 21-10-18
Por: Rosina Cazali
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Tzvetan Todorov, uno de los mayores intelectuales de esta era, es el responsable de acuñar una idea monumental: “El miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros”. En pocas palabras, Todorov saca a la luz el síntoma y esencia de una de las mayores enfermedades que marca lo que va del siglo XXI: el miedo a lo distinto, generalmente infundado y aprovechado como estrategia o capital de las grandes disputas contemporáneas por la hegemonía en la política, la economía y los territorios simbólicos. En ese trastorno, de alcances planetarios, el estímulo de prejuicios y estereotipos desde la religión, el racismo, el fanatismo, las fobias a la diversidad sexual, etcétera, son las armas más recurrentes y peligrosas.

Guatemala no es ajena al conflictivo escenario que pinta Todorov. El pasado mes de septiembre del año en curso, una mayoría de diputados del Congreso de la República aprobó un punto resolutivo destinado a prohibir el ingreso al país de los integrantes de la banda de músicos suecos, Marduk. ¿El argumento? Que su música, del género black metal, es “satánica y blasfema”. Y uno no puede dejar de dar un salto hacia el pasado, solo para comprobar que se repite la historia. En las décadas de los 70, nos recuerda Luis Aceituno, el rock fue criminalizado. “La política cultural del presidente Arana Osorio inauguró su periodo encarcelando a la mítica banda S.O.S, atribuyéndoles un secuestro”. Pero la persecución de “peludos” solo fue la punta del iceberg. Las redadas, los secuestros, la violencia selectiva proliferaron para colocar un cerco de sospecha sobre todo aquello que respondiera a la categoría de distinto, lo bárbaro y, por consiguiente, lo insurgente.

Desde aquellos episodios, con las consecuencias fatales que todos conocemos, no ha cambiado en mucho la propensión de censurar las expresiones juveniles que son demasiado distintas para los ojos conservadores. La aprobación de la resolución por el Congreso de la República, no solo es evidencia de que los señores diputados no se enteran de que el rock, les guste o no, también es cultura. Ésta también muestra un particular deseo de poner a vibrar los hilos subjetivos, aun latentes, de algo que los guatemaltecos conocemos muy bien: el miedo. Para el caso, el viejo miedo a todo aquello que puede ser estigmatizado y considerado insurgente, disidente, rebelde, marginal, crítico y amenazante, para proteger, según ellos, la moral de los ciudadanos. Según los señores diputados, la música de los metaleros “atenta contra los sentimientos religiosos, mayoritariamente cristianos, de la sociedad guatemalteca”, lo cual es tan estúpido como vulnerar, a sabiendas, los artículos de la Constitución de la República que garantizan la expresión artística, sin ningún tipo de censura previa. Además de la libertad de culto, de conciencia, de ser católico, cristiano, ateo o satánico si así se desea. El abogado y escritor Julio Prado advierte: “la actividad del Congreso es meramente legislativa y de fiscalización. Nada tiene que ver con la censura moral ni la limitación de la libertad de culto. A través de la legislación, el Congreso debe desarrollar derechos. Su tarea nada tiene que ver con definir a los ciudadanos, sean nacionales o extranjeros. La decisión del Congreso no es vinculante, porque no se trata de un asunto de su competencia”. Según Prado, en las autoridades de migración, los congresistas encontraron un aliado para agraviar los derechos de la banda, los productores y el público que deseaba escuchar a Marduk.

Desde la perspectiva contemporánea, la historia no solo se repite sino que añade lo propio. Lo preocupante de este evento no es la propaganda gratuita para los metaleros o para el mismo satanás. Lo preocupante es que la resolución pone en marcha la vieja máquina de la censura, la represión y el miedo pero con nuevos fines. La cruzada demagógica es mucho más amplia, basada en los ánimos justicieros neopentecostales, bastante bien representados en el pleno del Congreso. Sin embargo, no hay que quitar el dedo del renglón que se refiere a la cultura. “Hoy se prohíbe la entrada a una banda de heavy metal, por su contenido blasfemo, según las sectas neopentecostales, y luego serán los libros que no correspondan a sus parámetros y posteriormente será cualquier participación política que no se adhiera a ese modelo”, advierte el escritor Javier Payeras.

El Congreso, sin asomo de vergüenza, ha vulnerado la Constitución. Basta buscar los artículos relacionados con la libertad de expresión y de culto para ratificar que éstos son derechos conquistados. ¿Estamos claros? Qué va. La liviandad de su infame quehacer político aparece en el horizonte como un esperpéntico resorte que invita a abrir las compuertas a futuras y arbitrarias formas de censura, sobre cualquier forma de expresión artística. Principalmente aquellas que, a las sensibles almas cristianas, les parezcan demasiado bárbaras. Como creciente grupo de influencia, tenderá a imponer sus normas morales y religiosas, como las únicas admisibles. Pensándolo bien, este acto de soberbia solo puede ser calificado como una renovada forma de fascismo. “La cultura nace del ejercicio del criterio, si el criterio es manipulado para proteger ideologías o intereses minoritarios, nos adentramos en el terreno de la propaganda; la siempre tentadora dictadura que surge de simplificar la realidad, utilizando el prejuicio y el odio contra las diferencias. Nada que surja del rechazo dogmático, desde oradores fanáticos, puede llevarnos por la ruta del sentido común”, añade Payeras.

Los que trabajamos desde el arte, en defensa del derecho a la cultura, a las ideas, a la música, las imágenes y las palabras estamos indignados. El Ministerio de Cultura y Deportes (siempre en entredicho) ha terminado por socavar nuestra confianza en su labor institucional. Su imposibilidad de representar los aportes del arte y la cultura en este país, su ausencia y silencio en la defensa de un principio que nos es básico para seguir creando, solo hace suponer su beneplácito y complicidad con el conservadurismo. “A lo largo de la historia”, nos dice la académica independiente, Anabella Acevedo, “han sido dos instituciones las que se han adjudicado el derecho a ejercer censura: los gobiernos autoritarios y las iglesias más conservadoras. Guiados por un supuesto sistema de valores ante lo que consideran ofensivo o dañino se creen portadores de la verdad moral. Pero la censura, lo sabemos bien, revela el miedo a las consecuencias del pensamiento crítico, la libertad de expresión, la diversidad. La censura quiere ser camisa de fuerza que controla, pero, irónicamente, no deja de ser un acto violento que evidencia lo que pretende negar. Ésta solo dota de más fuerza al deseo de conquistar los espacios de libertad a los que tenemos derecho. Los censores, lo sabemos, buscan excusas. En realidad lo que buscan es controlar a una ciudadanía a la que ven como amenaza, cuando la verdadera amenaza son el autoritarismo y la violencia simbólica. Se ha calificado la música de metal pesado como un potencial peligro para una sociedad marcada por la impunidad, la pobreza, la injusticia y el aprovechamiento de recursos. Eso es mucho más ofensivo para un pueblo que las visiones y preferencias particulares de artistas o ciudadanos. De ahí que la censura, al final de cuentas, sea también una terrible broma de mal gusto. Una que provoca una enorme risa pero también una inmensa frustración”.

La académica Trudy Mercadal añade: “En la mayoría de sociedades civilizadas en todo el mundo, es el de proveer un ambiente propicio para las artes y el desarrollo de la cultura, como áreas de desarrollo que caen dentro de los derechos humanos, derechos de expresión de los pueblos y dentro de las aristas de desarrollo económico de las sociedades. Sin embargo, el Estado guatemalteco no invierte en cultura, así como invierte poco en educación y otros aspectos tan necesarios para el desarrollo social y económico. Los resultados de este obscurantismo se evidencian en la reciente acción del Congreso que, en un burdo despliegue de lo absurdo, prohibió la entrada a una banda de rock que en sus conciertos usa elementos supuestamente satánicos. Nótese que el decreto nace en un sistema en el que supuestamente existe separación de Estado y religión, y en el que hay crisis por falta de transparencia, así como de salud, hambrunas, sequías, catástrofes climáticas y otros factores de urgencia nacional. El objetivo final: cimentar aún más el retroceso a un sistema autócrata y oscurantista. Por ende, debemos de estar muy alertas y no permitir estos abusos, que conllevan una retahíla de violaciones a los derechos civiles de la población”.

En ningún apartado de la Constitución está escrito con sangre que ustedes, señores diputados, tengan que protegernos de lo que –según ustedes– no debemos ver, oír, bailar, leer, actuar. La Constitución solo es la prueba de que las personas, comunidades, colectivos y organizaciones artísticas nos hemos ganado el derecho a gozar de independencia artística y autonomía de criterio para crear, poner en circulación creaciones, ideas y manifestaciones aunque les parezcan bárbaras. En las sociedades modernas se otorga educación y libertad para que los ciudadanos aprendan a autorregularse. Pero está visto que son ustedes simples agresores de la inteligencia, personajes débiles de conocimiento. Con sus acciones incongruentes, han sembrado la sospecha (de nuevo) y la posibilidad de censura sobre la libertad de expresarnos. Si su plan político, económico o religioso incluye un boleto de vuelta a la inquisición, sepan de una vez por todas que, desde el arte, nos declaramos blasfemos e insurgentes. Distintos y bárbaros.

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