Domingo 17 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

El mago de las texturas flotantes

La Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección de Julio Santos, estrenó esta semana la “Sinfonía desde el Tercer Mundo” de Joaquín Orellana, la obra con la que el maestro participó el año pasado en la Documenta 14 en Atenas, Grecia. Aquí un retrato de este excepcional compositor guatemalteco, que tiene tras de sí más de seis décadas de innovación musical y búsqueda de las raíces.

Fecha de publicación: 30-09-18
Por: Ana Lucía González
Más noticias que te pueden interesar

Hay quienes llevan la música en las venas. Uno de ellos es el compositor Joaquín Orellana Mejía quien admite que desde pequeño el ritmo se volvió una obsesión en su vida. La diferencia está en que solo unos pocos logran transformar esa necesidad melódica en un lenguaje que rompió esquemas y trasciende hacia una nueva estética sonora en América Latina.

La producción musical del maestro Orellana se estima en más de 100 partituras que abarcan los géneros vocal, coral, orquestal, de cámara y lo más destacable, la producción de más de 50 útiles sonoros con los cuales ha concebido música contemporánea de vanguardia. También tiene varias obras literarias. Su capacidad creativa sigue vigente, al punto que se estima es capaz de producir una obra musical por semana.

“La genialidad de este compositor equivale a un Mozart, lo cual no ha sido valorado en su justa dimensión”, opina el director de orquesta Julio Santos. En el afán de apoyarlo, la Comisión de Cultura del Congreso presentó una iniciativa de ley para otorgarle una pensión vitalicia que permita al maestro vivir con mayor holgura y paz en el otoño de su vida.

Esta es parte de una conversación con el maestro y sus amigos cercanos que nos acerca a reconocer a un personaje sencillo pero profundo, de memoria prodigiosa y humor nato.

El personaje

Joaquín Orellana Mejía nació el 5 de noviembre de 1930. Al consultar las referencias biográficas hay una incongruencia en la fecha de su natalicio, pues también se encuentra que nació en el año 1937. Pero él señala que todo se debió a una confusión al momento de dar sus datos para una exposición, hace muchos años, asunto que nos deja aclarado.

Cuenta que desde niño mostró una habilidad natural para la música, heredada de su padre, con quien tuvo una relación muy estrecha y feliz. Tendría 7 años cuando ya pensaba en ponerle un “sonsonete” a todo. Veía un letrero y lo musicalizaba. En la escuela, esto le trajo problemas pues mientras la maestra explicaba una materia en clase, la mente del pequeño Joaquín estaba ajena pensando en combinaciones sonoras. “Fue así como el ritmo fue convirtiéndose en una obsesión hasta convertirse en una necesidad liberadora de mis demonios”, expresa.

Cursó la primaria y la secundaria en el colegio San Sebastián donde formó parte de la banda escolar y aprendió solfeo. Su primer instrumento fue un violín, regalo de su padre.

A punto de ingresar en el bachillerato, decide inscribirse en el Conservatorio Nacional de Música. En ese entonces, su familia no lo apoyó, solo su padre. De esa época recuerda una formación académica rigurosa, pero también llena de anécdotas. Sus maestros fueron el austríaco Franz Ippisch y el belga Augusto Ardenois y Alfredo Pinillos, entre otros. Orellana sobresalió con facilidad ante el resto de sus compañeros; a pesar del ambiente “castrante” en la composición musical, donde las reglas académicas se imponían sobre la libertad creadora. “Ippisch decía que no se podía escribir música hasta que no se tuviera una práctica grande de la armonía tradicional”. Pero Orellana no hizo caso. Siguió su impulso y empezó a componer a escondidas. Sin embargo, reconoce que ese lado instintivo y obsesivo en la creación musical también necesita del conocimiento académico como una fuente de equilibrio.

Sus inicios en la composición estuvieron influenciados por una tía espiritista y las lecturas terroríficas y truculentas del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Alrededor de los 17 años compone una obra para piano: Exorcismo Scherzante, que marcó el principio de una larga y evolutiva carrera en este campo.

Sobre esto, comenta. “Me crié en un ambiente propicio, pero al mismo tiempo lleno de obstáculos, puesto que en el Conservatorio se creía que solo Bach, Beethoven podían componer. Era algo castrante. A esto se sumó la envidia entre colegas”, señala.

En 1959 se graduó como violinista en el Conservatorio Nacional de Música. A partir de entonces se desempeña como ejecutante de ese instrumento de la Orquesta Sinfónica de Guatemala, además de trabajar en la Dirección General de Bellas Artes y como docente en el Conservatorio. De este periodo destaca con orgullo la composición del Ballet Contrastes (1963), en la que manejó el contrapunto a tres voces, que describe como una pieza de grandes aciertos orquestales sin contar con mayores estudios en esta especialidad.

Gracias a esta obra, en 1967 se le otorga una beca por dos años en el Instituto de Altos Estudios Torcuato Di Tella en Buenos Aires, Argentina. Para entonces, ya experimentaba por instinto con los campos no tonales y lo que él llama “texturas flotantes”; aprendizajes que se basaron en la vanguardia musical europea. Orellana se interesó en el expresionismo, el cual reconoce ha tenido mucha fuerza en su obra. Uno de sus máximos representantes fue el compositor austríaco Arnold Schönberg, de quien se refiere como un revolucionario de la época que dio un vuelco a la música académica de su época.

Esa mente auditiva o “piano mental” como le llama, le facilitó el trabajo y ganó ventaja frente a sus compañeros. Lograba componer en media hora lo que a otros les tomaba hasta cinco.

Catarsis creativa

A su regreso a Guatemala, Orellana se encuentra con un ambiente artístico provinciano. Entra en crisis. Se plantea el dilema de cómo buscar la originalidad en la composición musical. Quiere alejarse de las influencias europeas pero al mismo tiempo, del tradicionalismo de los sones o lo temas criollos populares.

Esta “catarsis” fue determinante en la esencia del quehacer compositivo de Orellana, quien habla también de una conversión, tal que experimentó escuchando las voces de la cotidianeidad. He ahí el dictado que escuchó, ve las voces cotidianas hechas música-mensaje y las enmarca como trozos de paisaje en la cinta magnética dándoles vida posteriormente en la obra, señala la investigación de tesis de María Alejandra Privado Catalán sobre Lo social en las fibras de la música de Joaquín Orellana.

Fue así como el maestro comienza a experimentar, tomando como punto de partida la marimba. A través de una mezcla de técnicas compositivas aprendidas y los sonidos propios locales fue encontrando su propio estilo. “Joaquín se descubrió fuera. Y se creó en Guatemala”, observa el también compositor y músico Paulo Alvarado.

Esta búsqueda desencadena en la serie de obras Humanofonías (1971) en donde experimenta con técnicas de música concreta y electroacústica para expresar la realidad e injusticia social. “El mensaje sonoro está en el uso de fonemas de lenguas indígenas. A partir de esta obra, mi música cada vez es menos personal y se va focalizando en elementos que significan guatemalidad”, explica el maestro.

A partir de esta “catarsis” creativa, Orellana trabaja en la construcción de sus propios instrumentos musicales, a los que llamó útiles sonoros. La marimba fue un punto de partida “con la intención de dispersar y fragmentar el sonido de la misma”. Así da vida a nombres y formas tan particulares como la primera a la que llamó Sonarimba. Le siguieron Panderimba, Imbaluna, Gotimar y muchas otras que hoy conforman un conjunto orquestal de hasta 56 esculturas sonoras, con materiales que van desde las teclas de madera, tubos de aluminio, caparazones de tortuga, cañas de bambú, sonajas, perlas de fantasía y muchos más.

Amigos cercanos como Julio Santos se han dado a la tarea de recopilar en una larga lista las más de 80 obras de Orellana y de sus útiles sonoros. Quizás muchas escapan de este registro. A la par de su vasta producción musical, ha escrito obras literarias como El Violín Valsante de Huis, inspirado en narraciones fantásticas.

De acuerdo con Privado Catalán, la obra de Orellana puede ubicarse dentro de las corrientes de la música contemporánea, aunque él afirma que no puede colocársele en una corriente o tendencia específica. Tampoco que se le considere un compositor de ruptura. Orellana considera que ha innovado en cierta manera de hacer, a la que llama un insolitismo, en el sentido que ha creado útiles sonoros y paralelamente ha creado la manera de cómo componer para éstos. Su obra artística tiene distintas facetas que transitan desde composiciones clásicas para orquesta de cámara, hasta sistemas aleatorios y obras dentro del campo tonal y atonal. Se niega a ser encasillado. “Casi no he tenido influencias, he sido demasiado yo”, expresa.

Un apoyo urgente

A sus 88 años y con casi seis décadas de trayectoria artística, Joaquín Orellana se moviliza en transporte público. “Me sirve para abstraerme de mi mundo real y trasladar mi mente a lo real maravilloso”, afirma. Le falla el oído, pero sobre todo, los reflejos para conducir auto.

Sostiene que desde su regreso de Buenos Aires debió haber sido subvencionado por el Estado, puesto que demostró que no era un compositor de papel y lápiz, tampoco lo era de investigación musicológica, sino otras formas de sonoridades.

En este momento espera que se apruebe la iniciativa de ley del Congreso de la República para otorgarle una pensión vitalicia de Q7 mil mensuales.

Afortunadamente, existen iniciativas de amigos que buscan preservar y difundir el legado del maestro Orellana a nivel nacional e internacional. El primero es de los artistas Carlos Amorales, Stefan Benchoam y Alejandro Torún, quienes se han encargado de crear un fondo económico que ayude a difundir la imagen del artista. Resultado de esto fue su presentación el año pasado en Atenas, Grecia.

El otro proyecto corresponde a Julio Armas, Lester Godínez y Christian Escobar, quienes buscan formar el colectivo o asociación Joaquín Orellana para preservar la autoría intelectual de su obra, además de visibilizar su obra. “Tenemos un genio y no lo detectamos, por una serie de razones. Queremos que su obra se reconozca a través del sistema educativo, la radio, televisión, redes sociales”.

Orellana se coloca la boina, apaga las luces y cierra su estudio en el segundo nivel del Teatro de Cámara del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Bromea y camina a despacio pero ágil. Seguramente divaga en su próxima composición.

Etiquetas: