Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Migrantes, como la familia Trump

La Telenovela

Fecha de publicación: 01-07-18
Por: Ana María Rodas
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De acuerdo con la ciencia actual, las migraciones humanas fueron fases durante las cuales el ser humano se expandió poco a poco, saliendo de África, donde surgió el género Homo.

Hace casi dos millones de años, los primeros grupos de este género Homo abandonaron el continente africano y se dirigieron a lo que se conoce como Eurasia.

Pero lo que se llama expansión global –es decir, la migración paulatina hacia todas las regiones del mundo– sucedió cuando el homo sapiens, surgido hace más o menos 150 mil años atrás se lanzó a la aventura migratoria total.

El impulso migratorio tiene, por lo tanto, una muy longeva vida.

Solo para hablar de Estados Unidos –no en el período en que el homo sapiens se estableció en América– en épocas recientes, los primeros migrantes fueron los puritanos ingleses que llegaron en el Mayflower en 1620. Luego, en diversas oleadas llegaron otros, otros y otros, que con el correr del tiempo casi acabaron con los habitantes primitivos, a quienes llamaron despectivamente pieles rojas.

Quiero dejar sentado bien claro que los migrantes de los siglos XX y XXI no lo son porque en sus países de origen tengan empleo, buenas remuneraciones, servicios de salud extraordinarios, viviendas decentes. No.

Muy poco tiempo hace que los españoles, agobiados por la situación económica en su país –¿La recién descubierta corrupción del PP en España?– decidieron irse a Inglaterra donde hallaron mejores condiciones. El brexit de los ingleses cambió todo. Y cito lo que dijo, en un diario español, una mujer cuyo nombre no viene al caso: “Nos hacen sentir ahora como inmigrantes de tercera. Nos han convertido en el chivo expiatorio de todos sus problemas”.

Sabemos que Trump, ese tiranuelo de escaso pelo y capas de maquillaje sobre el rostro, proviene de inmigrantes. De acuerdo con CNN: “Su madre, Mary MacLeod, nació en Escocia y a los 18 años partió hacia Estados Unidos, donde se casó con Fred Trump, hijo de inmigrantes alemanes”. Su primera esposa, Ivana, es checoeslovaca, y Melania, la actual, eslovena.

¿Y tiene el descaro de enviarnos al canche desabrido de Pence –ya se ve que no es descendiente de pieles rojas, sino de migrantes– a amenazarnos y decirle a la gente más pobre de este país que “el migrar a Estados Unidos de manera irregular les va a dar una vida muy dura”?

Si yo hubiera estado en la reunión del procónsul con tres presidentes –que deben haberse sentido regios porque se tomaron la fotografía con el representante del imperio que nos mandó a decir otra vez que la receta para el fin de todos nuestros males y dolencias está escrita en el plan llamado “Construyendo un Mejor Futuro, un Plan de Acción para el Triángulo Norte”– si yo hubiese estado en esa reunión repito, con toda diplomacia le habría dicho, como quien no quiere la cosa, (small talk, se dice en inglés) al desvaído señor Pence que sí, que es una lástima que los migrantes centroamericanos seamos los responsables de todos los males de su país.

Me habría condolido de ciertos estadounidenses: “Unos 40 millones que viven en pobreza, 18.5 millones en pobreza extrema y 5.3 millones que viven en condiciones de pobreza extrema propias del tercer mundo”, según lo afirmó apenas el jueves pasado la BBC.

Y habría puesto cara de gran sufrimiento al recordarle al señor Pence que es terrible no saber la cantidad de ciudadanos estadounidenses que utilizan drogas constantemente y que sí, es nuestro el pecado, porque se producen en América del Sur y pasan por nuestros países en camino a la gloria. Es decir, Estados Unidos.

Tal vez le habría contado, en un brevísimo aparte, que la culpa en realidad no es nuestra, sino de la migración.

Una que se produjo por allá por el año de 1492, cuando algunos migrantes españoles, en busca de mejores condiciones de vida, seducidos por un tal Hernán Cortés, llegaron a estas tierras y que en vez de hacerlo a la inglesa, acabando con los pueblos originales, los convirtieron en esclavos, porque si los ingleses no le hacían ascos al trabajo, los españoles preferían tomar chocolate y abanicarse en una mecedora mientras sus encomendados sudaban la gota gorda.

Y la han sudado durante siglos.

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