Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Mi abuelo y el dictador (fragmento)

Fecha de publicación: 17-06-18
Por: Por César tejeda
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Fue el azar del azar, o eso pensamos algunos: los que tenemos la suerte –¿será la palabra?– de observar las cosas en retrospectiva.

Una niña nace el 21 de agosto de 1836 en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala. Esa noche los astros no están alineados; al contrario, conforman una dispersión silenciosa de cuerpos celestes que de ninguna manera puede interpretarse como alineación. Es más: nunca en la historia de las noches en nuestra tierra pudo apreciarse semejante desorden galáctico. La madre de la niña mira las estrellas y luego a su hija recién nacida y luego las estrellas otra vez y pregunta, en voz baja primero, apelando a los dioses y en voz alta después, con qué atributos y carencias han equipado a su pequeña hija, quien, después de un parto doloroso, ha nacido en un día –al parecer– irrelevante, de un mes sin gracia de un año vulgar.

Los dioses, como de costumbre, se hallan distraídos de Guatemala, pero en caso de escuchar a la madre podrían decirle que su hija ha sido dotada con buen sazón y energía en exceso, por lo que la niña va a convertirse en una buena cocinera aunque hiperactiva. La madre podría rezongar ante esos dioses distraídos que endilgan virtudes y defectos comunes, y luego podría retirarse de la conversación, ignorando que su niña es también hija del caos, que su carta astral es una página en blanco, y que, por lo mismo, la niña puede convertirse en lo que le dé la regalada gana. ¿Santa? ¿Madre de un dictador? ¿Las dos cosas? Por qué no.

La conversación entre la madre y los dioses no ocurre. Ella, con su recién nacida en los brazos, lanza una pregunta al cielo quetzalteco que se caracteriza por su transparencia: las constelaciones se han desintegrado de manera misteriosa. No hay respuesta alguna.

Bien vista, resulta una imagen desconsoladora.

La llamaron Joaquina –Joaquinita– y miren su inocencia. Nadie puede ver en el rostro de esa bebé la maldad que va a transmitir gracias a un gen antediluviano; puede apreciarse, en cambio, algo que la hace diferente de los demás: ¿cierto brillo en la mirada; cierta forma de ladear la cabeza para llorar? Quién sabe. Es un hecho que es distinta, pero nadie puede explicar en dónde radica esa distinción. Desconocen que, a diferencia de la niña, ellos son marionetas del destino, que están anclados a una fecha en el calendario que habrá de regir demasiadas cosas en sus vidas. Y la bebé, en cambio, es libre, liviana como una hoja arrastrada por el viento. Ya gatea erráticamente. Ahora aprende a caminar –sin rumbo–. No hay una sola fuerza en el universo capaz de saber hacia dónde dará el siguiente paso la niña Joaquinita.

–No existe nada más peligroso –dicen los brujos quichés– que un alma impredecible.

La pequeña aprende a valorar la sazón de sus manos y la energía de sus movimientos gráciles durante la primera infancia, cuando acompaña a su madre a cocinar en los solares de las familias adineradas donde trabajan las dos. Aprende a cocinar un chojín respetable a los doce años, un gallo en chicha inmejorable a los quince, el mejor pipián de Quetzaltenango a los dieciocho, y a los veinte años, cuando es la mejor cocinera de Guatemala por derecho propio aunque muy pocos lo sepan, decide que cocinar es muy fácil y que su destino está en otra parte.

–¡A la gran! ¿De qué destino y de qué parte habla? –pregunta la madre iracunda, si ella le ha enseñado a su hija que el único valor importante en una sociedad de castas como aquélla es la resignación–. ¡Si usted nació en un día irrelevante de un mes sin gracia de un año vulgar! –grita la madre: es la misma letanía que ha usado siempre para ofenderla.

Joaquina puede aceptar lo del mes y lo del año, como suele hacer. Lo del día, en cambio, aquella vez, le parece intolerable.

No se vuelve hacia su madre mientras se aleja de ella, a través de las estrechas calles de Quetzaltenango.

Los observadores del pasado suelen distraerse cuando llegan a este punto de la historia: ¿destino o azar?, se preguntan con ingenuidad, ignorantes de que discernir cuándo es uno y cuándo es otro resulta tan difícil como innecesario. Las cosas más extrañas han pasado porque estaba escrito que así fuera y también porque nada estaba escrito y algo tuvo que pasar de cualquier forma.

–Es fácil –insisten obcecados. El destino es limpio, un trazo perfecto y curvilíneo que no deja lugar a la menor duda sobre su pertinencia y cabalidad. El azar, en oposición, es tosco: en él se aprecian los cambios de dirección, las vueltas de tuerca; un argumento forzado.

Juzgue usted.

La joven Joaquina, ya fuera por azar, ya fuera por destino, había nacido en Guatemala, y en Guatemala existía la creencia de que los árboles respiraban el aliento de los muertos.

“Mi abuelo y el dictador”, César Tejeda, México, Caballo de Troya, 2017.

César Tejeda
> César Tejeda nació en la Ciudad de México en 1984, es narrador y guionista. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Programa Jóvenes Creadores del FONCA y del Instituto Mexicano de Cinematografía. Es también autor de la novela Épica de bolsillo para un joven de clase media (2012).

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