Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Réquiem en re menor

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 10-06-18
Por: Arturo Monterroso
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Dies Irae. Los cuerpos yacen bajo el polvo, que lo cubre todo como los restos de un manto silencioso tejido por el fuego. El dolor no tiene nombre ni descripción posible. Ese grito desgarrador, ahogado en las miradas de quienes perdieron a un ser querido, no puede aliviarse con palabras. Y no sé cómo puede uno ayudar a tantas personas huérfanas de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos, de sus familiares, de sus vecinos. No sé cómo podríamos convencerlos de aceptar la fatalidad, no sé cómo podríamos aliviar su profunda pena. La tragedia del volcán de Fuego me expulsa del cuarto cerrado de mi propio duelo. Esa ceniza ardiente, esa violenta nube que abrasa, esa oscuridad pesada que sepultó de golpe a la comunidad entera de San Miguel Los Lotes nos concierne a todos. No hubo aviso a tiempo. Todo lo que hay son excusas, una sensibilidad apenas verosímil, un activismo que persigue meter la cara en una fotografía. Quizá de todas maneras la advertencia del peligro inminente hubiera sido inútil, quizá siempre fue tarde para escapar, pero la ineptitud del Gobierno no puede ocultarse. De esos cuerpos soterrados bajo el polvo que todavía quema, del trabajo arduo y peligroso de los rescatistas, de la realidad de las carencias que obligan a muchas personas a vivir en áreas de alto riesgo debiéramos aprender algo. La solidaridad es algo hermoso, sobre todo cuando es anónima, sin promoción de marca ni nombre propio, pero el futuro incierto de los sobrevivientes es lo que sigue. Y para eso necesitamos recursos de toda índole, todo ese dinero que el Gobierno invierte en funcionarios fatuos.

Confutatis Maledictis. Usted ve la fotografía de Marco Antonio, un muchacho de 14 años cuya mirada, llena de vida, no presagia una sola sombra de temor. Pero el 6 de octubre de 1981, un grupo de hombres armados irrumpió en su casa, le puso grilletes, le selló la boca con cinta adhesiva y lo sentó en un sillón de la sala mientras registraban las habitaciones. Sin duda buscaban a su hermana, Emma Guadalupe, quien había logrado fugarse de la base militar de Quetzaltenango. Había sido detenida en un retén por llevar panfletos subversivos y durante su cautiverio fue torturada, violada repetidas veces y privada de agua y comida. Su evasión era una afrenta que no podía pasar por alto el heroico Ejército de Guatemala y, como no encontraron sino unas fotografías, decidieron secuestrar al niño. La última vez que lo vio su madre iba tendido en la palangana de un picop. Uno de esos valientes guerreros iba sentado sobre él. Usted ve, 34 años después, la fotografía de esos cinco exmilitares, esos héroes que nos salvaron del comunismo, juzgados por el secuestro y desaparición de Marco Antonio y ve la resaca del terror, la sombra de la muerte en esas miradas sin sustancia, la decrepitud sin un gesto de empatía por el sufrimiento ajeno. Confutatis maledictis, flammis acribus addictis (“Detenidos los malditos, [son] lanzados a las ardientes llamas”, repite el coro del réquiem).

Lacrimosa. Lloran los padres de Claudia Patricia Gómez González, la joven de San Juan Ostuncalco muerta de un tiro en Laredo, Texas, y debiéramos llorar todos. Debiéramos llorar (y hacer algo al respecto), no solo indignados por la violencia de la patrulla fronteriza, que resguarda con celo desmedido los linderos de la patria de Martin Luther King, sino porque no hemos construido un país que permita el desarrollo de nuestros jóvenes, que no los obligue a buscar una vida en otra parte, a obnubilar su pensamiento con sueños de opio. “Con frecuencia, los hombres se odian unos a otros porque se tienen miedo –escribió King–; tienen miedo porque no se conocen; no se conocen porque no se pueden comunicar; no se pueden comunicar porque están separados”.

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