Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Cosas de la educación

La Telenovela

Fecha de publicación: 20-05-18
Por: Ana María Rodas
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Hemos caído en la cuenta –un poco tarde, quizás– de que el 29 octubre de 2016 se le otorgó al Presidente de la República de Guatemala el grado de Doctor Philosophiae Honoris Causa por la Universidad Hebrea de Jerusalén, según reza en la invitación que enviaron el Presidente del Consejo de Gobernadores y el Presidente de la Universidad de dicha universidad.

Por cierto, para evitar suspicacias, debo aclarar que jamás fui invitada a tal evento, y creo que la mayoría de mis lectores tampoco. Un acto de esa naturaleza se reserva para el receptor del título y sus familiares y amigos cercanos y para los miembros destacados de la entidad educativa que otorga el grado.

Tal vez el otorgamiento de ese doctorado ayudó un poco a que el señor Morales decidiera –luego de reunirse por 15 minutos con el señor Trump, lo que nos costará durante cierto tiempo la suma de US$80 mil mensuales, que es el precio del lobby realizado para pasar un cuarto de hora con el presidente de EE. UU.– tal vez, digo, el doctorado ayudó a que el señor Morales decidiera trasladar la Embajada de Guatemala desde Tel Aviv hasta Jerusalén.

La mala suerte suele arruinar algunas cosas. Tanto en la vida privada como en la pública.

Infortunadamente.

Pero no es lo mismo que a mí se me queme un pastel dentro del horno por estar hablando por teléfono con una amiga, que el hecho de la inauguración del nuevo sitio de la embajada se haya realizado durante la conmemoración de lo que los palestinos llaman “la catástrofe”, Nakba, en su idioma.

Para los palestinos, La Catástrofe significa el desastre de haber perdido su territorio, hace justamente 70 años, cuando se fundó el Estado de Israel en territorio palestino. La iniciativa surgió de Inglaterra, sin duda para no tener que aceptar refugiados judíos en sus comarcas al finalizar la Segunda Guerra Mundial

Para ir aterrizando: el traslado de la dichosa embajada no se realizó en medio de campanas, confetti y serpentinas.

Por el contrario, los palestinos reducidos –jamás mejor empleado el término– a la franja de Gaza, habrán enterrado esta semana a más de 50 muertos, algunos de ellos niños, y pasado enormes penas porque hubo cientos de heridos de balas, disparadas por las tropas israelitas contra los grupos que protestaban por la instalación de la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén.

El traslado de la embajada de nuestro país, hasta el momento en que escribo esto, no ha levantado ronchas excepto entre los guatemaltecos informados.

Ronchas por los US$80 mil mensuales que habrán de salir de nuestra bolsa, y por lo que haya costado en su conjunto  el que Joviel –nombre que ahora se confunde con Jovel– viniera a darle un tour a los maestros que lo siguen, resguardado fuertemente por un equipo de maestras vestidas de blanco.

Sospecho que Jovel… No, Joviel, se encuentra fundando una orden pseudo religiosa y que las primeras novicias en ella fueron las ¿maestras o exmaestras? que lo libraron de todo peligro a lo largo de su desplazamiento por las calles de la capital.

A los US$80 mil que habremos de pagar durante meses hay que añadir los Q1,000 millones que el Doctor Presidente acordó otorgar a los maestros que acuerpan a Joviel.

El propio Ministro de Finanzas dijo que no hay, en el presupuesto nacional, fondos para tales aumentos. Pero Joviel se apresuró a enmendarle la plana, explicándole que ya tenía arreglos con el Congreso para ampliar el presupuesto.

En Guatemala sí hubo fiesta.

Los maestros –¿o debería decir los miembros de la secta joveliana?– acamparon en la plaza, bailaron y bebieron por las noches; cantaron desafinadamente y con voz aguardentosa las canciones de moda, haciéndole imposible el sueño a muchas personas que tienen sus viviendas cerca del antiguo parque.

Cuando partieron dejaron la plaza en un estado de inmundicia, olor a meados y heces flotando en el aire. Desaparecieron por arte de magia.

No sé por qué me ha invadido la idea de que, ante nuestra propia Nakba o catástrofe, tal vez regresemos a la plaza. A celebrar como se debe, aunque sea en diferido, la entrega del diploma al filósofo más popular de la nación.

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