Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

En la ternura helada

MÁQUINA DEL TIEMPO

Fecha de publicación: 13-05-18
Por: Arturo Monterroso
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La muerte irrumpe con su luz oscura en la frágil tibieza vegetal de la vida. Y cierra todas las ventanas, las puertas, los resquicios, los ojos que no se abrirán más. Es una punzada, un espasmo definitivo, un agotamiento de las razones de la existencia. Ya no habrá sonrisa ni llanto ni búsqueda ni afán alguno por aspirar el humo del deseo, que se disipa para siempre. Después del último arduo y angustioso aliento ya no importan los trabajos, las penas que tanto nos oprimían, las contradicciones, los abrazos, los desencuentros, los días perdidos, el futuro que parecía germinar en la tierra del entendimiento, el lastre del pasado, las manos que se buscaban, los largos silencios, las pequeñas alegrías que lo eran todo. El tiempo se ha detenido al final de un abismo desolado y árido, frío como una habitación sin música. Y la ansiedad ha sido vencida. Ante la inmensidad de la vida que se escapa como un insecto de aire, todo se muestra en su cruda realidad absurda; todo parece vano, insustancial, vacío. Se ha dormido en la ternura helada y camina en el yermo territorio de los seres que se desvanecen en la oscuridad de la muerte.

La tarde anterior al día de su partida vi los pájaros que volaban desde el Oriente. Estaba parado frente a la ventana y escuchaba su respiración azarosa. Había una luz rojiza en las montañas. Las calles se llenaban de automóviles que pasaban veloces hacia destinos ignorados. La distancia que separa la vida de la muerte es un instante de agua profunda. De pronto el cielo se tornó gris, metálico, ominoso. Un manto negro cubrió la habitación y el aire se volvió denso, oscuro, irrespirable. Tenía el sabor ocre de las frutas hundidas en la tierra. Sus pulmones trabajaban como una máquina errática, como un fuelle que amenazaba con cerrarse, como una flor agobiada por el viento del desierto. La vida se le escapaba entre las sombras que olían a campos arrasados después de una batalla demasiado larga. El tiempo de los relojes había empezado a detener sus rígidas manecillas, atrapadas en una ventisca de hielo. ¡Cuánta pena, cuánto dolor, cuánto desasosiego, cuánta soledad, cuánta alegría postergada, cuánta tristeza en la caverna oscura del corazón vacío! Yo solo era un hombre parado junto a una ventana, oculto en su propia penumbra; un hombre detenido ante el horror de esa máquina feroz que se acercaba inexorablemente.

La piel aún tibia, la vista perdida, el cuerpo inerte. Su voz que trata de articular un sonido, la última recomendación, la palabra largamente postergada. Es tan breve el instante en que somos. La razón busca asideros inútilmente. ¿Dios, la nada, el lugar de los caminos inciertos? La muerte germina en la profundidad de la enfermedad y el miedo. Pasa veloz el caballo en el que cabalga la esperanza. Y después no queda sino el eco de su resplandor, una pincelada de fugacidad grisácea. La muerte es una habitación vacía. En la profundidad del dolor no caben las palabras sin sustancia. Porque el dolor es una sábana inmóvil, un rostro cubierto. El horror. La impotencia. Y toda puerta se cierra en el sarcófago, tras la flor que cae para siempre en las tinieblas de la tierra, en la ausencia de la persona que ya no habita el cadáver. Es la hora de la fe, del desencanto, de la soledad, del fuego. Algo se me ha roto en esa pieza de relojería que todos llevamos dentro.

 

Guatemala, 11 de mayo de 2018

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