Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Mayo del ‘68

¿Qué puede hacerte ver a Sartre y a Picasso juntos…? Yo no iba a tenerlo claro a los diez años y medio, pero me quedaba vida por delante para averiguarlo.

Fecha de publicación: 06-05-18
Por: Rogelio Salazar de León
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En 1968 yo cumplí once años, pero en mayo me faltaban seis meses para cumplirlos, o sea que tenía solo diez años y medio.

Diez años y medio, cuando el mundo entero dirigió sus ojos a las calles de París, a las calles del Barrio Latino y, cómo no, también a Saint Germain des Pres, al Café de Flore de Jean-Paul Sartre y de un Pablo Picasso aún vivo.

¿Qué puede hacerte ver a Sartre y a Picasso juntos…? Yo no iba a tenerlo claro a los diez años y medio, pero me quedaba vida por delante para averiguarlo; y el hecho es que hay una cuestión con suficiente sentido como para aclararlo, que más o menos tendría ir por aquí: ¿por qué surge una crisis al término de una década de prosperidad económica sin precedentes…?

Francia aún hoy vive en su Quinta República, la que nació diez años antes de la crisis del ’68, en 1958, al reconocer que el colonialismo ya era, en ese entonces, una cosa del pasado, al cobrar consciencia de que ya no se puede ser una gran metrópoli por poseer colonias; Francia acaba de pasar por los sucesivos conflictos de Indochina y de Argelia, todo lo cual le ha tocado sobrellevar al viejo capitán de la Resistence, al General de Gaulle, quien ha ganado sus últimas elecciones como un viejo político en 1965, en contra de un joven y avasallador político de nombre François Mitterand, sin mayoría y en la cámara por un solo escaño; de alguna manera, la legitimidad del viejo General de Gaulle se ve cuestionada por la izquierda, pese a la bonanza económica de los últimos años y a sus destrezas políticas mostradas en los procesos de descolonización; de modo que con todo o casi todo en orden, la crisis es inevitable.

¿Qué pasó en 1968, que hizo de la crisis algo inevitable…? Lo más seguro es que pasaba algo, pero no solo en París, no solo en la juventud universitaria parisina, también fue en México, en Checoslovaquia, en los Estados Unidos, en Argentina, en España, como si se hiciera eco del refrán que dice: “cuando París estornuda, todo el mundo se resfría”.

Los años sesenta en Francia, al igual que en casi todo el resto de occidente, fueron una época de auge, progreso y comunicación sin precedentes; los hijos de quienes ganaron o perdieron la Segunda Guerra Mundial están cumpliendo veinte años y adquiriendo la consciencia suficiente como para juzgar a sus padres y al mundo que les heredaban: un mundo mayormente matizado por la sociedad de consumo y la cultura de masas.

En consecuencia, los años sesenta es el momento para que la juventud se convierta en una categoría social y cultural, y para que tal estatus sea reconocido, otorgando a la juventud la dimensión de un actor social capaz de establecer procesos de diferenciación entre sus opciones y las de los adultos, desde luego casi siempre a través de textos marginales: subculturas juveniles, gestos contraculturales, culturas underground, movimientos beat o hippies, con emblemas como los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan y otros, quienes, a lo mejor de una manera ingenua desearon y cumplieron una crítica a la organización administrativa y económica de la postguerra, y a algo que ha sido llamado “un estilo de vida plástico”.

En el plano teórico las cosas no eran tan diferentes, algunos autores alcanzaron un eco y una resonancia atronadores: Freud y el psicoanálisis puede ser uno de ellos contribuyendo a una cosa como la revolución sexual, Marcuse y Frankfurt con algo como la denuncia del hombre como alguien de proyección unidimensional, mientras tanto en la rue de Ulm de París, L’Ecole Normale Superieure empleaba, graduaba o acogía a gente como Louis Althusser, Michel Foucault, Jacques Lacan o Jacques Derrida.

Pero, al inicio, la cuestión era, más o menos ¿por qué una crisis cuando ha habido bonanza…? O bien ¿qué puede despertar la curiosidad sobre algo, cualquier cosa más allá del bienestar…? De algún modo, aunque las indagaciones aparenten ser diferentes, tal vez puedan ser unificadas, en la medida en que ambas parecen venir e ir desde y hacia la duda, desde y hacia un punto que no es para nada claro ni evidente.

La primavera parisina del ’68 merece ser recordada por algo, y ese algo bien puede descansar sobre el hecho de que nos parece irrepetible cincuenta años después, tristemente irrepetible pasados cincuenta años; tal vez porque aquel era un momento en el que todavía parecía posible el sueño colectivo, ya sea como el paraíso de la paz y el amor hippie, o bien como el sueño de la revolución entendido como algo lícito porque, finalmente, ese mismo ha sido el movimiento social que ha elevado a la burguesía ilustrada, lo cual se sabe en Francia más y mejor que en cualquier otra parte del mundo.

Sin embargo, ahora, cincuenta años después, la juventud de hoy ya no es lo bastante feliz como para soñar o, en todo caso, si se prefiere, lo bastante ingenua como para soñar, según parece, los jóvenes de hace cincuenta años fueron más felices o más ingenuos o, incluso alguien podría llegar a decir, más tontos y crédulos.

Casi siempre que se formula una pregunta, hay otra pregunta previa que ha quedado suspendida o que se ha pasado por alto; y la correspondiente cuestión precursora a la que se ha planteado aquí, bien puede ser ¿en qué se convierte el hombre en una época de crisis…? Sin dar tantas vueltas y con un simple vistazo a la historia reciente y añeja, se puede decir que el hombre sometido a fuego de la crisis se convierte en individualista, el individualismo es su reacción inmediata, como si se viese afectado de una especie de miopía.

El mayo parisino de hace cincuenta años sigue encantando, seduciendo y fascinando, quizá porque es un momento de crisis en que el hombre o, al menos la juventud, sigue conservando todavía algo de ingenuidad, o bien porque es un momento de crisis en el cual la juventud aún mantiene la posibilidad de la esperanza, o bien porque se trata de un momento en el que los jóvenes todavía no se han hundido en el individualismo, en la tristeza del “me da igual” o “me vale” mientras yo esté a salvo.

Acaso, no sea mucho lo que puede caber en un artículo, y sobre todo si se ha comenzado hablando del París de Jean-Paul Sartre y Pablo Picasso; pero al menos merece la pena haber vivido cinco décadas para entender, o tratar de hacerlo, que se trata del sentido de un suceso memorable, porque nos habla de que el espíritu del hombre es capaz de luchas inclaudicables por cosas como la ilusión, la alegría y el consuelo por ejemplo.

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