Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Amada

“Así, Margarita, usted se me revelaba en cada verso, pero también en el día a día, cuando su sonrisa cálida y sus brazos abiertos me daban la bienvenida. Yo recibía su amistad y su cariño como si fuera lluvia que de pronto moja las ardientes arenas de un desierto. La poesía fue para ambas, el refugio donde lamernos las heridas, la tabla de salvación, la madriguera, la casa”. La poeta Carmen Matute recuerda la amistad que la unía a la escritora Margarita Carrera, fallecida hace algunas semanas.

Fecha de publicación: 06-05-18
Por: Carmen Matute
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Margarita, hermana en la poesía:

Los recuerdos se dispersan, se ocultan, se pierden en la bruma del tiempo, hasta volverse casi inaprehensibles… por eso, el intento desesperado de estas líneas por recuperar ese precioso y preciado tiempo, el de las interminables horas de conversaciones en las que yo bebía su palabra, y atesoraba su sabiduría, Margarita. Largas horas de conversa para ir descubriendo las muchas coincidencias en las que nuestros espíritus se cruzaban, se encontraban: la poesía en primer lugar, ese alimento maldito, voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario, como la llamó su admirado poeta Octavio Paz. La poesía era parte de su alma, y en usted, Margarita, se conjugaba todo lo que para el Nobel mexicano representa la expresión más alta de la palabra: Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo.

Pero la convergencia también se daba en los caminos que no elegimos: nuestra infancia, dolorosamente cruel y solitaria para ambas; el siguán abismal que se quedó para siempre en su alma y la mía, y que usted convirtió en versos desgarrados, desolados como en el segundo poema de su libro Signo XX:

“Alto a tu jornada negra / a tu rota esperanza / a tu conventillo / a tu herido silencio. (…) // Alto a tu hora/ en escenario de traspatio / con lentas migajas de pan desolado.// Alto a tu agonía / puesta en un clavel / de amargo incesante. (…)”.

¡Ah! estos poemas de profunda introspección, que nos revelan su intimidad dolorosa, su infancia transcurrida en el desamparo y la desesperanza, y nos llevan a la ferocidad de los recuerdos explicados por usted misma en un intenso prólogo de ese libro:

“(…) Un alto desesperado, desesperanzado. Por ello el día la “jornada” se hace “negra”, la “esperanza” yace “rota” y hemos de reducirnos a lo estático de un “conventillo” sinónimo de aislamiento, de refugio, de tumba, que esconde el “herido silencio”; (…) “alto” a la soledad de la niñez en “un escenario de traspatio”, hasta donde no llega el pan otorgado por una madre cariñosa; hasta donde llegan, únicamente, “lentas migajas de pan desolado”. La desolación de la niña se ve proyectada no en el pan, escaso, sino en las “migajas”, lo que implica miseria, doble miseria: espiritual y material”.

Entre usted y yo, amada Margarita, reinaba la poesía; la palabra se imponía sobre las lágrimas, para asomarnos a ese abismo aterrador del desamor que siempre nos acompañó en los años infantiles, y que nadie podrá llenar jamás. El tremendo vacío de crecer en medio de un dolor que en la infancia aún no se comprende, del cual habló y escribió, con absoluta sinceridad y valentía: el dolor tiene color y es el “color de tu dolido”. Un color único que fluctúa entre el rojo de la sangre derramada y el amarillo pálido o color ceniciento de la más honda depresión en la que se cae por desnutrición amorosa, tan cruel como la desnutrición física.

Así, Margarita, usted se me revelaba en cada verso, pero también en el día a día, cuando su sonrisa cálida y sus brazos abiertos me daban la bienvenida. Yo recibía su amistad y su cariño como si fuera lluvia que de pronto moja las ardientes arenas de un desierto. Y me daba a pensar que sin su presencia bienhechora en mi vida, los pesares serían aún más grandes. La poesía fue para ambas, el refugio donde lamernos las heridas, la tabla de salvación, la madriguera, la casa:

“Tu casa / este papel / que habitas con letras. // Ahí tus huellas / tus palabras / tus silencios / tu lívido aliento / tus pausas de río y viento / tus alegatos precisos / en fin / despliegues de tu vida / obstinados sueños”.

Largas fueron las pláticas, en las que me tendió puentes para que creciera, para hacerme fuerte, para restañarme las heridas, mientras yo me acercaba cada vez más, a su poesía que era lo mismo que acercarse a su propia vida. Siempre generosa, me abría las puertas de los laberintos de la psique para que yo pudiera comprender los insondables abismos del alma humana, y pudiera, por fin, perdonar…

Su constante y profunda reflexión sobre tres temas fundamentales: amor, vida y muerte, que han sido los pilares de su vasta obra, aparecían ante mis ojos como manifestación de una preocupación íntima, individual, que se transformaba hasta adquirir un sentido colectivo, universal… así, su palabra en la poesía y su ejemplo de vida, alumbró mi camino empujándome a intentar con toda humildad seguir sus pasos.

Pero no todo fue sombrío… Y nada ni nadie logró vencer su hondo amor por la vida, ni su permanente capacidad de asombro, amada niña. Llegó, avasallante, el amor para descubrirle su misterio y entonces brotó su poesía erótica, plena de pasión que se desbordaba en metáforas evocadoras de la naturaleza, evidenciando no solo el deseo poderoso, sino el más tierno amor:

“Vuelvo a la luz desde tu caricia. / Desencadenada/ nacida desnacida / ya suavemente nube / tierna rama./ Rosa mi sexo insomne, / llueve tu luz / llueve tu caricia / sobre mi rostro. / Tu lengua / tu sol estalla / sobre mi cuerpo. / Labios. / Árbol tu deseo / tierra cálida / mi cuerpo. / Mi follaje / espera tu río. / Esta noche aboliré el pensamiento. / Es la dicha de tenerte / de ascender por tu verde sendero. / Amor: / entro y bebo en tu centro”.

Amor y poesía, fueron sus báculos, Margarita. Amor que prodigaba a manos llenas, a sus hijos, a los nietos, a los amigos, a sus felinos, a cuantos nos acercamos a tocar a su puerta. Tenía tanto amor para dar, que generosamente lo repartió por todos los caminos que recorrió. Así la recuerdo, amada Margarita… Pero también en medio de sus libros, rodeada de poesía, su otro báculo, así la recuerdo. La belleza de su rostro, que evocaba las pinturas “boticellianas”, solo era comparable a su inteligencia privilegiada, y a todo ese cúmulo de cualidades que hacían de usted un ser superior.

Pero fue la poesía, amada Margarita – aunque alguna vez usted afirmara que: Pareciera que el poeta, por el simple hecho de nacer, yace castigado de por vida –, fue ese don que los dioses le otorgaron con creces el que la rescató del desamparo, del desamor, de las heridas del pasado, para que finalmente pudiera emerger triunfante:

“Ahora yérguete crece demuestra al ciego mundo / tu inmensa estatura oculta / más allá de la tiniebla y el encierro / grita tu gloria grita tu alegría siembra tu palabra / bajo el luminoso Sol en tu azul intenso / (…) Oh pobre de ti inmersa en siniestros ayeres infames / más y más yérguete no le temas al que te ha vendido / por escasas monedas de cobre / (…)”.

Todo el tormento, el dolor, que la hizo descender al noveno círculo, al infierno más temible, ha quedado atrás. Ahora, amada Margarita, su luz se ha derramado más que nunca en su poesía, en la impronta que dejó en cada ser que tocó con su luminosa existencia. De nuevo, su palabra se escuchará, pero habrá abandonado la desesperanza, y su espíritu libre e indomable habrá triunfado para ser más refulgente, para ser antorcha, manantial y flor:

“Ya nada percibías / ahora todo. /Habías dejado de ser / para nacer de pronto / antorcha rescatada de la infamia / de la sombra del grito a mitad de la blasfemia. / Te vuelves manantial / flor que retorna a su raíz recóndita / eres por fin tu que sales / del noveno círculo dantesco”.

 

*Homenaje a Margarita Carrera, ofrecido por la Fundación Paiz y la Embajada de México. Guatemala, jueves 26 de abril de 2018.

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