Martes 18 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

No todo tiene un final

El escritor y pianista Marlon Meza Teni nos habla en este artículo sobre su relación con Survier Flores, el brillante músico guatemalteco, residente en Francia, que murió hace unas semanas en un accidente de tránsito. El violinista, uno de los más respetados en la escena europea de la música clásica, hizo una labor académica encomiable a favor de jóvenes talentos nacionales a través de la asociación “Un latinoamericano en París”.

Fecha de publicación: 29-04-18
Por: Marlon Meza Teni
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Un salto en el tiempo

Querido Survier, es domingo, y recuerdo el día en que me hablaste por primera vez de la idea de hacer una asociación para enseñar las bases musicales en violín y viola a niños y jóvenes de Guatemala, para que luego ellos fueran capaces de transmitirlas a otros en todos los departamentos… “la única manera de sacar adelante a un país con tanta juventud en medio de sistemas de educación y cultura tan deficientes, es haciéndolo nosotros, sin el Estado”… Cuando hablabas con entusiasmo no daban ganas de interrumpirte.

Lunes. Cuando murió Camilo pensamos en ese momento de la vida en el que tarde o temprano nos íbamos a convertir en un espectáculo para los demás, sin poder presenciarlo. Hablemos de otra cosa, dijiste.

El martes por la tarde tu papá me contó en un café de la plaza de la República que a los cinco años eras capaz de reconocer las notas de un acorde sin ver el piano. Después de cuatro días de desvelo todos tenemos los ojos apagados. En una punta de la mesa a Michaela se le nota el amor que te traía a solas. Tu sobrina ríe y juega con Youssef, ajena a todo. Los ojos de Cecile se ven lejanos, mientras habla con tu hermano, a veces se da la vuelta y me sonríe como diciendo “no es cierto”. El sol tibio de abril atraviesa el ventanal en el café del bulevar Saint Martin. Amélie nos ha pedido a algunos una frase que te describa para hacer un texto de grupo: “intuitivo”, le digo. “Survier pedía consejos para no seguirlos y confirmar que él tenía otra visión de las cosas, a menudo enrevesada, lo cual poco importa porque siempre lograba que el proyecto de enseñanza siguiera funcionando en Guatemala. No le gustaban los términos ni las definiciones”. Es obvio que nadie existe en el presente sino en la medida en que tiene puesta la fe en el futuro, pienso, pero no lo apunto en la nota que le envío.

Miércoles. En el teléfono hay muchas llamadas y mensajes por sms. Al final de la tarde decidimos entre amigos que lo mejor es volver a vernos, oírnos, reconfortarnos unos a otros con la primavera. En el café de Oberkampf intercambiamos anécdotas personales que nos devuelven a la risa; tal vez la vida debiera ser solo una mueca convertida al final de todo en carcajada. Hablamos de tus primeros años y de tus trabajos como estudiante en Europa. Hoy día los teléfonos celulares son un archivo portátil de instantes precisos, un museo de bolsillo con júbilo y desacierto; pasamos de mano en mano las fotos que tenemos y seguimos riendo.

Jueves. Estación Alesia. Mientras espero el metro me acuerdo de la plata que sacaste de tu bolsa para que todo empezara a funcionar, de tu felicidad cuando llegó el primer alumno de Guatemala a estudiar tres meses, y de tu satisfacción en las imágenes del primer campamento de enseñanza que funcionó al otro lado del mar. De los imprevistos, los correos, de tu forma de esquivar las entrevistas, “yo no quiero salir, que salgan ellos”, de la gente soberbia tratando de entrampar tus intenciones. De las llamadas telefónicas a cualquier hora de la noche para contarme los progresos con la excusa de que íbamos a hablar de fútbol. “Esto me puede servir para la asociación, están saliendo alumnos por todos lados, se va a llamar Un latinoamericano en París, y el proyecto Perfeccionamiento instrumental Guatemala-Francia”.

Viernes. Todos hemos vuelto al vicio extraño de revisar las pláticas por Messenger y Whatsapp. Me acuerdo de tu violín tocando Piazzola en el palacio del Hotel de Ville después de una noche sin dormir durante un vuelo trasatlántico y de tu discurso de noviembre en el Instituto Cervantes haciendo referencia a los más de 1,700 jóvenes guatemaltecos que habías visto personalmente en los últimos cinco años en todo el país, y de cómo Adrián, el joven que estaba a tu lado, era el quinto que venía de Guatemala.

Sábado por la mañana, oigo la versión de Ella Fitzgerald de April in Paris, de Vernon Duke. El frío empezó a desaparecer, la cafeína a aumentar, y lo único que no baja en ninguno de nosotros es la confusión. La temperatura subió a 22 grados después de un invierno rudo, las terrazas y los parques están repletos y nosotros empezamos a decirnos con la mirada “tal vez si es cierto”.

No todo tiene un final

Abril. Viernes 13. Llovió toda la noche, las calles seguían húmedas, la comisaría tratando de dar con alguien. Michaela llamándote desde Grecia, el teléfono sonando en el vacío, por la tarde la cónsul de la embajada que responde, me llama, y por fin los amigos cercanos tratando de dar unos con otros con la misma frase: “Survier tuvo un accidente de tránsito y murió en la madrugada”.

Sábado 14 de abril. Es la primera vez desde que nos conocimos que voy a una reunión de la embajada sin juntarme antes con vos en un café para llegar juntos. El absurdo viene de la mano con la mala suerte. La pena se difunde en internet. Las gradas del edificio del consulado en el 7 de la calle Niel, la multitud, la torpeza de los homenajes póstumos, el violín y la guitarra de dos músicos tocando a Django Reinhardt, las manos de los otros, las fotografías de tus disparates en los camerinos ahora puestas sobre una mesa, las miradas indecisas, el tipo inoportuno que le pide el número de teléfono a todas tus amigas. La chica polaca que un día sonreía agarrándote la mano ahora sola en una esquina, las partituras inconclusas del disco que íbamos a grabar en diciembre. Marie-Anne, Naïe, Alejandro; Valerie, la presidenta de tu Asociación evocando la posibilidad de que ahora ésta lleve tu nombre. Todos piensan en José, Gustavo, Walter, Anthony, Adrián, los cinco estudiantes que lograste traer a París para que volvieran a Guatemala a enseñar, y en todos aquellos ahora encaminados sin que cobraras nunca un centavo. Al volver a casa me topo en Facebook con las fotografías de Gustavo y de unas niñas que sostienen una cartulina: “Gracias maestro Survier”.

No dejés de llamar como siempre a cualquier hora si el teléfono funciona al otro lado. Subsiste la esperanza de saber que cuando se enseña algo a los demás, es un conocimiento el que se multiplica, y de que no forzosamente todo tiene un final.

 

París, primavera de 2018.

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