Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Margarita Carrera, una mujer rebelde

Escritora, poeta, ensayista, humanista, primera mujer en haber ingresado a la Academia Guatemalteca de la Lengua y primera en haberse graduado en Letras en la Universidad de San Carlos, autora de libros emblemáticos como Poemas de sangre y alba, Del noveno círculo y Letanías malditas, Margarita Carrera nos dejó el pasado sábado 31 de marzo. Para celebrar su palabra, recuperamos la siguiente entrevista aparecida en elAcordeón el 1 de diciembre de 1996, pocos días después de haber sido galardonada con el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”.

Fecha de publicación: 08-04-18
Por: Luis Aceituno
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Este año [1996] se otorgó el premio Miguel Ángel Asturias a Margarita Carrera, una de las mayores presencias en la literatura guatemalteca del siglo XX.

Poeta, rebelde e introductora en los círculos académicos de ideas y filosofías consideradas por muchos como “extrañas y peligrosas”, Margarita es una escritora para quien la palabra ha significado una toma de posición por la vida en un mundo, en un país, donde la desesperación y la barbarie han corroído lo más profundo del ser humano.

De ella, el escritor José Mejía escribió lo siguiente: “Margarita es la vida que arrasa incontenible los límites y las normas (…) la máscara de la maestra cotidiana con la que ella juega e ironiza cae en pedazos ante la verdad de este corazón que se desangra en medio del desamparo del mundo”.

En esta entrevista, la escritora nos habla de su trayectoria, de su amor a la palabra y de las pasiones que la han marcado a lo largo de su existencia.

¿Qué opinión le merecen los premios literarios?

– Es bueno que existan. Así como existen los castigos, pues deben de existir los premios. Ahora bien, no siempre se castiga a quien se debe y no siempre se premia a quien tiene los méritos. Pero el hecho de que existan, creo que es un buen estímulo.

¿No piensa que en la actualidad los premios están sobredimensionados?

– Depende. Yo creo que pueden servirle al escritor para mirar su obra de una manera más objetiva, ya sea para una severa autocrítica o bien para tener una nueva perspectiva sobre lo escrito. La otra cuestión que puede ser positiva es la posibilidad de que, a partir de un premio, se editen las obras de quien lo recibe, eso es muy alentador para cualquier escritor. Aquí en Guatemala, todos los que escribimos, tenemos los libros por ahí guardados. No hay editoriales. El escritor se queda casi muerto.

Bueno, a todo el mundo le gusta que le den premios, pero no me puede negar que hoy en día existe una fetichización al respecto.

– Mire, si hablamos a nivel de Nobel y otros por el estilo, yo creo que sí están fetichizados. Pero este Premio Nacional de Literatura es demasiado reciente, no se le puede atacar todavía.

Sí, ahí no podemos hablar de fetichización sino de todo lo contrario.

– Claro, es un premio que ha pasado totalmente inadvertido.

Digamos que se ha dignificado a partir de la gente que lo ha obtenido, pero aparte de eso…

– Exacto, yo creo que este premio debería de ser el equivalente en nuestro medio del Cervantes español o del Juan Rulfo en México. Hay que revalorizarlo porque se le ha menospreciado muchísimo.

El Miguel Ángel Asturias se otorga por toda una trayectoria literaria, hablemos de la suya, ¿no le fue difícil siendo mujer introducirse al mundo de la literatura?

– Sí, muy difícil, porque cuando yo era una adolescente se veía muy mal que una mujer estudiara. Y no solo se veía mal, sino que se le combatía ese deseo. En mi caso, por ejemplo, desde los 15 años tuve que trabajar como secretaria y sacar mi bachillerato en la escuela nocturna. Así que en el día me ganaba la vida, por la noche estudiaba y los pocos momentos libres que me quedaban, los aprovechaba para leer. Yo quería leer más, escribir y, además, tener una juventud más normal, más alegre.

¿Cómo llegó a la literatura? ¿Por qué prefirió escribir poemas y no dedicarse a otro tipo de actividad?

– No sé. El ambiente en mi casa era totalmente hostil a todo tipo de ejercicio intelectual, pero había muchos libros y yo era una niña muy aislada, muy sola y comencé a leer. Claro, al principio fue una gran confusión, pero poco a poco fui seleccionando mis lecturas. Luego, cuando trabajé como secretaria del Museo de Arqueología, tuve como jefe a Hugo Cerezo Dardón y él comenzó a guiarme.

¿De qué época hablamos?

– 1948 o 49. En el museo también estaba Roberto González Goyri, Grajeda Mena, Antonio Tejeda. En fin, un grupo de artistas e intelectuales muy connotados.

¿Existía en ese momento una buena interrelación entre artistas de diferentes disciplinas?

– Sí. Me recuerdo que había muchos conciertos de la Sinfónica y ahí nos juntábamos pintores, poetas, escritores, intelectuales. Estábamos muy unidos, había mucha espontaneidad y generosidad. Ahora todo eso se perdió.

Ingresó muy joven a la Facultad de Humanidades ¿Qué ambiente encontró ahí?

– Pues era una época muy linda. La época de José Rölz Bennet. Era un ambiente abierto, tolerante. Había un grupo muy selecto de humanistas e intelectuales, además, invitaban excelentes profesores extranjeros. Yo era una jovencita y me admiraba de todo, me entusiasmaba por la historia, la sicología, la filosofía, quería abarcarlo todo. Recuerdo, también, a Luz Méndez de la Vega haciendo de Medea, a Matilde Montoya haciendo de Antígona, representando teatro griego en la Facultad.

Ellas dos hacían parte de un grupo literario muy importante en esa época, La Moira, al que también pertenecía Manuel José Arce ¿Tuvo usted alguna relación con ellos?

– Me relacionaba con ellos, pero jamás pertenecí al grupo. Como le digo, yo era una persona muy aislada y además trabajaba ocho horas al día. Y como no tenía dinero para comprarme libros, me llevaba rimeros de la Facultad para leerlos de noche.

¿Recuerda el primer libro que le impactó?

– La poesía de Juan Ramón Jiménez y aunque le parezca un poco extraño, también Emily Dickinson, que tiene esa poesía breve, concentrada e intensa. Esos fueron los poetas que me impactaron esos primeros años.

¿Usted comenzó leyendo poesía?

– No. Al principio leía mucha novela y cuento, luego empecé con el ensayo. La poesía fue llegando lenta, pero cuando de verdad llegó, yo ya estaba locamente enamorada de ella. Y entonces al mismo tiempo que leía, me ponía a escribir. Así empecé.

¿Fue así como surgió su primer libro, Poemas pequeños?

– Sí. Lo publiqué muy joven, en el 51. Era la época de la Revolución, esos diez años formidables, y había muchas inquietudes intelectuales y artísticas en el ambiente. De alguna manera, yo era parte de todo eso. Le di a leer mis poemas a Pedro Julio García, que en esa época era el director de Nuestro Diario, y él que era muy generoso y bello amigo, se lo llevó a Alberto Velásquez. A él le gustaron mucho y escribió una introducción. Entonces yo me fui al Palacio Nacional a buscar al ministro de Educación para ver si le interesaban. Me los recibieron y los publicaron. No le digo que era una época fabulosa.

¿Se sigue encontrando en ese libro?

– Fíjese que ahora, con el tiempo, ya no lo veo tan mal. Lo veo como si fuera un nieto mío, con mucha ternura. Hay cosas que están ahí que se siguen repitiendo en mí. Desgraciadamente, hay otras que perdí por completo. Es un libro así espontáneo, muy sencillo, muy directo, una poesía a flor de tierra, sin mayores ambiciones metafóricas, creo que por eso sigue gustando.

Su tesis de graduación gira en torno a la obra de Juan Diéguez Olaverri, ¿qué le atrajo de él?

– Mire, en esa época se obligaba a los estudiantes de Humanidades a escribir una tesis sobre un autor guatemalteco. Yo escogí a Juan Diéguez, porque vi en él a un gran romántico, un rebelde que se había opuesto a Carrera y, en fin, que tenía actitudes como las que yo tengo a veces.

A partir de Poemas de Sangre y Alba, hay un giro radical en su poesía. Sus poemas se vuelven más densos, más agresivos.

– Sí, pero en ese momento yo ya estaba muy metida en los años 60. Muy influida por las corrientes nuevas, por el resurgimiento de las vanguardias y también muy golpeada por la violencia que se vivía en Guatemala, por la desaparición de tantos escritores, de tantos poetas.

Son poemas escritos desde la rabia y el dolor.

– Sí, pero también desde la impotencia. Yo creo que todos los intelectuales en esa época teníamos que denunciar, de alguna manera, las atrocidades que se estaban cometiendo, la sangre que estaba siendo derramada.

Es la época en que varios escritores pasan a la acción, a defender verdades que chocan, la mayoría de las veces, con el inmovilismo académico.

– Mire, siempre han existido conflictos entre el poeta y el académico. Porque el poeta es el rebelde, el que ansía una libertad sin límites, mientras el académico es el que se encierra, el que pone trabas, el que da normas.

Pero usted se ha desempeñado en ambos territorios. Digamos que su trayectoria académica es tan importante como su trayectoria poética.

– Pero es que como académica también soy rebelde. Siempre estoy planteando filosofías y pensamientos que están en contra de toda academia.

¿Y se puede ser anarquista y académico?

– Claro que sí.

Supongo que llega un momento en el que uno tiene que escoger.

– Por académico yo entiendo el manejo del lenguaje, el conocimiento de las literaturas o de la cultura en general. Todo escritor que maneje bien la palabra es de alguna manera académico. Alguien no académico sería aquel que definitivamente no se sabe expresar. Un ensayo, por ejemplo, es algo muy cerrado, muy riguroso, podríamos decir que formalmente está regido por lo académico, aunque esté proponiendo ideas contestatarias. Mi lección inaugural en la Facultad de Humanidades, en el 67, Literatura y Psicoanálisis, provocó un escándalo tremendo.

Aunque ya es una época en que Freud había entrado ampliamente a la universidad, a la academia.

– No del todo y menos en Guatemala. Cuando publiqué este ensayo, que por cierto la segunda parte es la aplicación del método psicoanalítico a la obra de Flavio Herrera, muchos de mis colegas amigos se indignaron y aún se indignan por ese estudio.

Sin embargo, en ese momento, en otros ámbitos, el psicoanálisis –de la misma manera que el marxismo– ya está siendo cuestionado como un “discurso de poder”.

– Pero yo no lo miro de esa manera. Para mí el psicoanálisis no fue ningún discurso, sino el medio por el cual yo pude escoger entre la vida y la muerte, así de sencillo. Freud fue para mí, en una época catastrófica, un medio para encontrar la salud mental. Pero también, a partir de mis estudios filosóficos, noté la relación que Freud tenía con Nietzche y con el mundo heleno antes de Sócrates y se convirtió en un medio para encontrar mi propia filosofía.

El resultado de estas indagaciones y lecturas es evidente en poemarios como Del noveno círculo, un libro definitivo en su carrera.

– Sí, ese fue el primer poemario que escribí luego de una larga temporada en psicoanálisis. Lo escribí en un momento muy importante, cuando escogí vivir y no morir. A ese le sigue Letanías malditas, después Salpra y luego Sumario del olvido, todos ellos escritos desde una nueva perspectiva, con un nuevo sentir.

Hay una búsqueda interior en estos poemarios, sobre todo a partir del dolor.

– Claro. Hace unos días publiqué un ensayito en Prensa Libre, donde hablo de cómo el arte siempre nace del sufrimiento, en las profundas crisis que tiene el ser humano.

¿Siempre?

– Las buenas obras de arte sí. Mencionemos Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, la obra de Kafka.

Hay una anécdota que cuenta que cuando Kafka le leía El proceso a un grupo de amigos, le era casi imposible hacerlo porque se doblaba de la risa.

– Y quién dice que matarse de la risa no es serio. Mire, yo sin ser Kafka, por supuesto, tengo una obra voluminosa sobre la interpretación de mis propios sueños. Cuando la leía sola, me daba pánico, pero cuando se la leía en voz alta a una amiga, nos dábamos unas carcajadas tremendas. Era una manera muy bella de librarse del dolor.

¿Usted reivindica el derecho a reírse de uno mismo?

– A mí la risa me salvó. De lo primero que me reí, a través de mi psicoanálisis, fue de mí misma. Me tiraba unas carcajadas extraordinarias, deliciosas y todavía me sigo riendo, no me tomo en serio.

¿Cree que los grandes escritores han sido también grandes humoristas, Borges, por ejemplo?

– Claro, la ironía de ese desgraciado es tremenda. Una risa constante de todo lo que es académico, una risa rara. Todos los grandes escritores son así.

¿Cuál es su libro más querido, no el que considera el mejor, sino el que más quiere?

– En poesía creo que es Del noveno círculo. De ensayo estaría Contra reloj, que obtuvo el Quetzal de Oro de la APG, y Antropos o la nueva filosofía, que fue finalista del premio Anagrama en Barcelona. Cuando yo releo esos ensayos, no me decepcionan. Si bien, ahora ya he madurado un poquito más, el planteamiento de todo el trabajo, la unidad que existe, me alegra mucho todavía. Creo que no están mal. Esos serían mis hijos consentidos.

¿El Premio le ha servido de alguna manera para reflexionar sobre su obra?

– Sí, sobre lo que he escrito. Porque casi estaba llegando al punto en que me decía, y todavía me lo digo: bueno, lo que he escrito ha caído en el olvido, no le ha servido de mucho a nadie, es una obra que nadie reedita, que nadie traduce, que nadie lee. Todo aquello que escribí en mi adolescencia, en mi juventud, en mi madurez, pues ha ido a parar a donde debe, a donde corresponde…

¿Pero no cree que, a pesar de todo, los libros siguen su propio camino?

– Pues el camino que siguen los libros en Guatemala es el de la basura. Recuérdese que publicar en Guatemala es quedar inédito.

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