Jueves 17 DE Octubre DE 2019
El Acordeón

Margarita Carrera dixit

Margarita nos abrió la puerta y nos empujó suavemente a mundos espléndidos y sugestivos que nos esperaban detrás del espejo. Fue sacerdotisa y nosotros, novicios.

Fecha de publicación: 08-04-18
Por: Lucrecia Méndez de Penedo

Margarita fue una de esas docentes que rompen esquemas y eso es algo impagable. De alguna manera, detrás de materias muy solemnes como Sintaxis superior del español, Teatro griego, Semiología o Lingüística, nos estaba regalando algo maravilloso: la pasión por la literatura y por la libertad. Admirable, pues provenía de tiempos escleróticos donde era difícil ser intelectual y, como si fuera poco, mujer. Pionera por derecho propio, fue desbrozando el camino a quienes venían atrás, en la academia, la literatura, la filosofía, el periodismo de opinión.

Nunca ha sido mujer de consignas, más que las propias y a esas adhiere paradójicamente con la más apasionada ortodoxia. Lo saben quienes han tenido el valor de polemizar con ella sobre el psicoanálisis y Freud, Borges, el surrealismo o el mundo griego. Desconcertante e ingeniosa en sus respuestas, en una ocasión me dijo muy seria que Ana Freud era una bastarda… porque la verdadera hija de Freud era ella.

Su pasión por las letras contagiaba a extremos tales que, durante una clase, cuando nos leía el poema Oración por Marilyn Monroe de Ernesto Cardenal, terminó llorando a mares y nosotros con ella. O cuando la acompañé a ver la versión fílmica de Ifigenia en Áulide: tuve dos tragedias por el precio de una; una en la pantalla y la otra, con ella al lado. Esas vivencias no las da ningún libro, ni ninguna teoría literaria.

Océanica, tremenda, profunda… algunas de sus palabras favoritas nos van dando el identik del personaje. Porque es las dos cosas a la vez –persona y personaje–, seguramente sin darse cuenta, con la mayor naturalidad posible, como segunda piel. Para un estudiante era una fiesta contar con una diva como docente. Más bien, con dos, porque es imposible dejar de mencionar a la inolvidable Luz Méndez de la Vega, con quien montaban duelos verbales soberbios y electrizantes en los pasillos de la facultad, que nosotros esperábamos ansiosos sentados en primera fila.

Margarita es poeta de espléndidos claroscuros barrocos. Tuve el privilegio de escuchar o leer algunos de sus textos cuando estaban germinando, a veces por una llamada telefónica. Tanto era el entusiasmo de ella por compartirlos y la ilusión mía por esa primicia. Porque un rasgo paradójico de su personalidad –en simétrica oposición a su sensibilidad de sismógrafo–, es su hambre vital verdaderamente envidiable, a lo mejor por influjo del mundo griego. Puede, por ejemplo, ser irreductible en sus argumentos que sostiene por horas exaltada e incansablemente. Pero también disfruta diariamente de la natación y sus gatos u ocasionalmente de la buena mesa con los amigos. Rompe así el cliché de la intelectual mustia.

Margarita era el curso en vivo. Ella nos abrió la puerta y nos empujó suavemente a mundos espléndidos y sugestivos que nos esperaban detrás del espejo. Convivimos con el ciego y trágico Edipo o la pasional Medea; tratando de recobrar el tiempo perdido con Proust; viviendo la decadencia del Marqués de Bradomín de Valle –Inclán–; peregrinando por los vericuetos del día largo en Dublín de Joyce, fuimos voyeurs del fluir de confesiones de Molly Bloom; quedamos pasmados por días al imaginar un personaje que al despertar estaba convertido en cucaracha, y el otro, con el dinosaurio todavía allí; vimos con nostalgia esos “azules altos montes” de su querido Diéguez Olaverri; nos sumergimos en la densidad existencial del teatro de Carlos Solórzano; una sola frase deslumbrante de un poema de Cardoza y Aragón nos dejaba casi ciegos, solo por mencionar algunas vivencias imborrables y por las que nunca podremos agradecerle suficientemente. Fue sacerdotisa y nosotros, novicios.

Su temperamento intenso solo conoce el absoluto. Por eso se entrega a la amistad, a las letras, a algunas causas –como su inolvidable “Lea poesía” con que tapizó los muros de la Facultad de Humanidades en la Universidad de San Carlos–, como un Ícaro al sol, sin medidas ni cálculos. Eso ha tenido su costo. Y ella lo ha pagado en primera persona, con sal sobre las llagas. De sus luchas agónicas –sobre todo consigo misma– ha emergido solamente por el valor de verse en el espejo bajo una luz cenital, sin retoques y sin hipócritas superiorismos morales.

Margarita me dio muchas lecciones y no todas en el aula. Me enseñó, sin proponérselo, una manera, un talante para entender y afrontar la vida buscándola cada uno en sus túneles internos y cavando en la propia cantera. Me dio el ejemplo de que las letras pueden ser razón de vida y de muerte, pero también de resurrección. Me hizo comprender que la existencia nos herirá inevitablemente con dolores infinitos, pero que hay salida del noveno círculo; que las cicatrices que nos marcan a fuego, son huellas de grandes pasiones o fracasos, pero también de pequeñas victorias y pequeños paraísos.

Su sentido de la amistad cálido y transparente incita a la confianza. Su conversación ha sido un placer inmenso e iluminador; de esos que uno quisiera alargar al infinito. Sus señalamientos críticos cuando inicié a escribir, amables pero rigurosos. Su generosidad grande para empujarme a publicar nada menos que en la memorable tercera página de El Imparcial, la de César Brañas. Y su franqueza, total; algo insólito en nuestro medio.

Le agradezco su poderosa palabra, escalpelo que levanta la piel del corazón. La admiro por el inclaudicable valor de ser ella misma, ejemplo magistral de dignidad y coherencia. Mi mejor homenaje sería haber aprendido algo de lo mucho que nos ha dado y sigue dando. Gracias, querida Margarita, por haber marcado mi vida, por ser irrepetible.

 

(Homenaje a Margarita Carrera, Filgua, Guatemala, 22 julio, 2017)