Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

El macho

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 18-03-18
Por: Arturo Monterroso
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El hombre le había ordenado a su mujer que estuviera lista a las siete en punto, que se pusiera un vestido decente y que se quitara esa cara de mártir. Parecía como si no fuera feliz; como si no tuviera casa, comida y servidumbre. Vivían en la finca que él había heredado de su padre, producto del trabajo de su abuelo, quien comenzó con una cantina donde daba fiado y cobraba en especie cuando los campesinos no tenían con qué pagar; recibía las cuerdas que, de acuerdo con sus cuentas —siempre incontestables— correspondían al guaro que se habían bebido. Así se había ido haciendo de unos sus terrenitos que luego se convirtieron en una finca de varias caballerías. Tenía no sé cuántas cabezas de ganado. Y tenía caballos, algunos de buena pinta, como el del hombre que ahora esperaba en la puerta del dormitorio a que su esposa terminara de arreglarse. Iban a una fiesta a Mazatenango y, como siempre que la exhibía en público, porque era muy bella, le recomendó encarecidamente que se limitara a hablar con las damas, que no debía conversar con los caballeros, a quienes podía saludar solo si eran los maridos de las señoras.

No es que fuera un hombre celoso, es que cuidaba de la virtud y el pundonor de su esposa. Así que cuando ese muchacho se le quedó viendo desde una mesa distante, después de la cena y cuando su marido bailaba en la pista con una dama que no paraba de reír, ella se preocupó. Volteó a ver para otro lado y pensó en ir a refugiarse al baño, pero unos minutos después, apareció el muchacho frente a ella para invitarla a bailar. Ella le dijo que no era posible y le suplicó que se retirara en ese mismo instante. Pero en ese mismo instante la vio su marido, quien se servía el séptimo trago doble de la noche en la barra. Tiró el vaso al suelo, pateó los chayes y caminó presuroso hasta llegar a la mesa donde permanecía su mujer, convertida en estatua de sal. Insultó al muchacho y le dio un empujón para que se alejara. Luego tomó impulso y le dio una cachetada a su esposa, con tal fuerza que la botó de la silla. La levantó del piso de un tirón y a empujones la sacó de la fiesta. Nadie intervino. No había que meterse en discusiones de marido y mujer. Afuera, la metió al Jeep y buscó el camino de terracería que iba a la finca. Había empezado a llover. Después de insultarla, el hombre pensó que no era suficiente para enseñarle a su esposa a comportarse. Así que la bajó del vehículo y la obligó a que caminara descalza los dos kilómetros que faltaban para llegar a la finca. Y para que viera que tenía un marido considerado, él iría atrás, iluminando el camino con las luces del Jeep. Cuando llegaron a la finca, el hombre le ordenó que se bañara y que lo esperara en la cama para cumplir con sus deberes matrimoniales; él, mientras tanto, iba a servirse un buen trago para que le pasara el colerón. Humillada y exhausta, ella recordó el arma que su marido guardaba en la gaveta de la mesita de noche. Fue a quitarse el vestido de fiesta completamente empapado, a lavarse la sangre de los pies y a pasarse una toalla en la cara. Luego fue a esperarlo en la cama. Cuando el hombre entró vociferando en el dormitorio y se acercó para tocarla, ella disparó el revólver, una y otra vez hasta que ya no quedaron balas.

Corrían los años cincuenta del siglo pasado y el machismo aún se pensaba como una condición intrínseca de la virilidad. Cualquier concesión a la mujer era considerada falta de hombría. Y aunque ahora es evidente que la masculinidad nada tiene que ver con el machismo y que la actitud prepotente frente a las mujeres y el sexismo es producto de una introyección que todavía pesa, es indudable que no podremos conseguir una vida plena sin una transformación profunda de nuestra manera de concebir las relaciones entre las mujeres y los hombres.

>arturo.monterroso@gmail.com

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