Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

La madera como lienzo

El artista Guillermo Maldonado es un maestro grabador. Acumula una carrera casi 40 años, 30 de ellos en el mundo de la xilografía. Sus obras arropan lo social, aunque también la existencia humana llama su atención.

Fecha de publicación: 11-03-18
Por: Jaime Moreno
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A Guillermo Maldonado no le gusta que le tomen fotos. Es escurridizo frente a la cámara. Prefiere, eso sí, que sus obras hablen por él. Y lo hacen. Ya sea en una calle del Centro Histórico o en alguna colección privada, las piezas de Maldonado mantienen una línea estética característica y a la vez condensan lo enigmático de la gráfica social del siglo XX. Aunque ahora sus líneas se dirijan más hacia la introspección y a la esencia humana, en los surcos de sus planchas corre la vena de un artista formado en la calle y que responde a ella.

Aunque siempre ha estado ligado al arte, Maldonado no siempre se dedicó al grabado como camino de vida. Nacido en 1961, el artista pasó primero por etapas más técnicas. De la educación secundaria se graduó como técnico en dibujo de construcción y salió al mundo decidido a encontrar espacios en esta área. “No me coloqué como dibujante en ninguna agencia”, recuerda. No aplicó esos estudios y se dedicó a deambular por otros caminos. “Fui mandadero, almacenero. Di bastantes vueltas”, expone.

El primer cambio importante en su desarrollo llegó de la mano de un primo. Este, que tenía la representación de Ticatex en Guatemala (una empresa textilera costarricense), le ofreció un trabajo como diseñador textil. “Cuando tuve ese trabajo me sentí como que ya había ascendido, para mí fue maravilloso”, cuenta. Estuvo en Costa Rica y conoció la fábrica, aprendió los procesos y por varios años se dedicó a dibujar patrones para telas. El trabajo era parecido a la profesión que había soñado: dibujaba en témpera flores y geometrías que luego se reproducirían por miles para llegar a tantos hogares como rollos de tela podían imprimirse. Era la década de 1980 y Maldonado, dispuesto a más, decidió independizarse. Visitó a varios empresarios textiles y formó relaciones con varios de ellos. Esto le permitió, en paralelo, estudiar arte en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos.

No obstante, el camino se tornó nebuloso. “Conforme seguía mis estudios, leyendo historia del arte y los artistas me identifiqué mucho con los malditos, decadentes”, recuerda. Desde joven, el sueño de Maldonado era ser artista y al final decidió serlo. Abandonó su trabajo como diseñador textil y se dedicó enteramente al arte. Los ingresos se fueron y vivió en la calle, en “pensiones de Q3 la noche”, pintando. “Hacía mis composiciones pictóricas y buscaba gente que me las comprara”. Con el tiempo comenzó a exponer y logró encargos que le permitieron recobrar la estabilidad.

El grabador

En Guillermo Maldonado conviven tres artistas. El grabado es una disciplina que requiere que el creador sea tres en uno. El artista se encontró con el grabado en 1990. Como muchos, comenzó de forma autodidacta en el oficio. “Sabía lo básico y con eso seguí. Desde entonces vengo haciendo grabado de manera formal”, explica. Sobre las muchas caras del acto de grabar, para él el camino se divide en fases, en cambiar de papel. Primero está el artista del dibujo, el que tiene una idea y la transforma en bocetos. Este da vida al diseño sobre la tabla elegida. Finalizado este proceso, el siguiente paso es arrancar a la madera las partes que se transformarán en surcos. “Cuando entrás al proceso de la talla ya sos el tallador, no sos el artista”, afirma. Lo mismo sucede en el último paso, una vez tallada la plancha: la impresión. Para Maldonado, este es un artista más que convive en el grabado. El impresor es tanto o más importante que los otros dos. “Se toma en consideración la madera, sus vetas, la sensibilidad que te puede ofrecer. La manera de entintar la madera también tiene sus posibilidades creativas”. No todos los artistas hacen las tres labores, pero para Maldonado es clave ser cada uno de los actores del proceso. Mantiene control total sobre sus piezas.

Como grabador experimentado, sus herramientas de trabajo son el vehículo para dar forma a sus ideas. En su estudio (un lugar apacible a las afueras de La Antigua Guatemala, en donde pasa el tiempo entre el arte, la horticultura y el sonido de campanas) pueden verse pruebas de autor, piezas terminadas, planchas de madera talladas y sin tallar y una completa colección de gubias con las que talla sus obras. También están las tinas, a las cuales pone especial cuidado: “Hasta la olés, te da placer”, dice. El paso final del proceso –luego de entintar con un rodillo– es la impresión por presión. Aunque hay frotadores especiales, Maldonado prefiere una piedra. Ya la conoce, le sabe el peso y la forma justos para hacer la presión adecuada sobre la tabla.

Obras

El resultado de estos procesos son las innumerables obras con las que se conforma el corpus gráfico de Maldonado. En sus piezas, lo social ha jugado un papel determinante en las imágenes que escarba en la madera. Desde un pequeño niño con una carga a cuestas hasta un paisajismo basado en la visión de los asentamientos de las periferias urbanas, las visiones del artista acerca de la realidad son punzantes y evocan a los movimientos sociales del siglo XX (y acaso al movimiento mural mexicano, también). Esta inquietud lo ha hecho experimentar con los empapelados, obras de riesgo expuestas en paredes citadinas. El Centro Histórico ha sido uno de sus clientes principales, lugar en el que estuvo una de sus piezas emblemáticas: sobre la 6a. avenida, en los costados del Hotel Panamerican, un grabado suyo con temática social llamó la atención de los peatones durante años.

Ahora, según explica, los temas sociales han dado lugar a un proceso más introspectivo: “Mi ambición es partir de mi entorno, de lo que tengo a mano. La presencia humana siempre está ahí, es protagonista. En el pasado hice muchos temas sociales, ahora busco una orientación más íntima”. En esta frase explica el giro que su obra ha dado hacia un camino más existencial.

Lo íntimo de su trabajo también se refleja en sus tirajes y sus influencias. De cada plancha imprime un promedio de 25 piezas, tratadas con diferentes métodos y entintadas en tonalidades variadas. La madera también juega un papel primordial en la obra, al respetar sus vetas e imperfecciones. “A un grabador profesional cualquier tabla le puede servir”, sentencia. En cuanto a los artistas que han marcado su carrera, no duda en mencionar dos nombres fundamentales para él y para el arte guatemalteco: Moisés Barrios e Isabel Ruiz. Los ve como el sendero andado, porque “todos los que nos han antecedido nos han abierto el camino, son nuestra inspiración”.

Al hablar de xilografía, Guillermo Maldonado sabe lo que dice. Es un maestro con las herramientas, las conoce y las domina. En sus obras expresa sus pensamientos e inquietudes y no deja de sentir el peso de la gráfica en cada impresión, ese acto de reproducir imágenes que a lo largo de los siglos ha tenido distintos usos. “Es lo apasionante, creo que eso me hace insistir en la madera. Me gusta ese poder que tiene, que con los mínimos recursos se puede expresar mucho”, finaliza.

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