Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Frankfurt, pensamiento para un estado de excepción

Auschwitz ha sido un infierno real en la tierra, pero lo que importa es que es un infierno hecho, completamente, por hombres; los hombres pueden e incluso han querido ser radicalmente malos, han querido ser plena, completa y absolutamente malos.

Fecha de publicación: 04-03-18
Por: Rogelio Salazar de León
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Justo hace cien años occidente salía de una guerra carnicera, sofocante y extenuante que, por lo demás, al darse por terminada no había terminado del todo y, por ello, había dejado muchas cosas pendientes; la guerra del catorce al dieciocho del siglo anterior había alcanzado tal magnitud y tal horror que su dimensión mereció el calificativo de planetaria.

Surge la tentación de decir que al finalizar la Primera guerra mundial el ambiente era tan catastrófico que ni siquiera quienes resultaron como ganadores fueron capaces de sentir ese triunfo como una victoria o como una satisfacción; como si pensaran o valoraran o indagaran de la forma siguiente: ¿…para esto, que nos encontramos al volver, es para lo que hemos peleado, sufrido y masacrado tanto…?

A lo mejor el desaliento que contiene la pregunta anterior puede ser aclarado si se piensa que, de un lado, la mentalidad y la consciencia de la clase trabajadora comenzaba a ser conquistada por los hábitos consumistas más típicos y más pueriles de la economía de mercado; mientras del otro lado, que los proyectos revolucionarios posteriores al conflicto planetario fracasaron sonoramente, salvo allí donde, se suponía, era menos probable que florecieran: en el territorio más atrasado económica y culturalmente ubicado al extremo oriente de Europa, en Rusia el proyecto socialista, desde sus propios inicios, comenzó a cojear y a naufragar, basta leer a un autor tan sincero como Pasternak para evidenciarlo.

Es muy típico de esos años el retorno o, quizá, el refugio sea una mejor expresión, hacia tradiciones y usos filosóficos de estilo idealista en los que gravita con especial densidad la consideración del sujeto o el individuo como resorte para provocar o para impedir algún cambio social, ante lo cual sólo se consiguió cultivar y cosechar más desaliento y más hastío; como muestra es suficiente recordar que algunos de los artistas o filósofos de la época pertenecían a familias judías burguesas de buena posición que llegaron a detestar esa condición, esa inercia edípica marcó su compromiso y su rebelión (Benjamin, Wissengrund, Lowenthal, Horkheimer y, hasta, Wittgenstein pueden ser claros ejemplos de eso).

Sin que sea nada estricto o algo parecido, siempre he tenido o mantenido la tentación de comparar el siglo XX con el siglo XVII, entre otras cosas, por algo elemental: porque durante la primera mitad de ambos siglos se sostuvo un conflicto de treinta años que marcó las cosas de una forma indeleble: (de 1619 a 1650 hay treinta y un años y de 1914 a 1945 hay treinta y un años); ni para al siglo XVII ni para el XX, había habido antes un conflicto de tal magnitud.

El primero de ellos: la Guerra de los treinta años, dio pie al barroco; el segundo de ellos: la Primera guerra mundial dio pie a la sospecha, según ha dicho alguien; acaso barroco y sospecha no difieren gran cosa, a lo mejor ambos son muestra de claroscuros, de dudas, de incapacidad de decidir, de refugio en la subjetividad, o bien en el individualismo diríamos hoy: ‘ego cogito ergo sum’ se decía entonces, ‘cogito me cogitare’ se diría hoy, en otras palabras: pienso luego soy se decía entonces, me pienso pensar se diría hoy.

Durante el barroco y durante el siglo anterior, la medida de la ambición intelectual ya no es la clásica que se medía con el absoluto y tendía hacia eso; el hombre moderno todo lo mide de acuerdo consigo mismo, ya sea sujeto o individuo: algo puede ser verdad si lo es sólo para mí y para todos aquellos que piensan como yo.

Normalmente es bastante común el sentimiento por el que alguien percibe que hay algo frente a lo cual la oposición resulta improbable, imposible e inútil así pasa cuando sobreviene un terremoto, un tsunami o un tornado o cualquier catástrofe natural (‘physis’ dirían los griegos), eso resulta normal; pero la peor de las cosas sucede cuando un infierno es provocado por lo puramente humano (‘nomos’ dirían los griegos), cuando lo humanamente malo sobrepasa cualquier límite de la imaginación.

Auschwitz ha sido un infierno real en la tierra, pero lo que importa es que es un infierno hecho, completamente, por hombres; los hombres pueden e incluso han querido ser radicalmente malos, han querido ser plena, completa y absolutamente malos; esta experiencia según la Escuela de Frankfurt y casi cualquier hombre ha sido algo catastrófico, pero Frankfurt llega a considerar que el eco filosófico de la cultura de Occidente (que posee una resonancia milenaria) se ve interrumpido por esa experiencia y que ella posee una dimensión inconmensurable; el holocausto es capaz de reducir a polvo a occidente, es decir a una tradición milenaria que se ha fijado como destino la búsqueda de sentido.

¿Es posible la ética o el arte después de Auschwitz…? Se pregunta Adorno y con él la Escuela de Frankfurt, lo cual puede intentar traducirse si se dice o se cuestiona: ¿…si el bien, lo bello, el gusto y su establecimiento precisan de una reflexión teórica, tal cosa es posible después de los sucesos de la más reciente modernidad…?

Para buscar un acercamiento al pensamiento de Frankfurt podría decirse, de alguna forma, que hoy la ética, la estética y la trascendencia difieren de aquello de lo que ellas mismas tratan, o bien que su sentido tradicional ha sido destripado, literalmente ha sido hecho trizas.

La Escuela de Frankfurt es, lo que se dice, un proyecto de filosofía académica que pertenece a una época que comienza a encontrar sospechoso el rigor académico, esta es una forma sencilla de decirlo, sin embargo se hace preciso decirlo en apego a alguno de los temas que nutren a su pensamiento: para la Escuela de Frankfurt, como para cualquiera que se haya acercado a Kant, está claro que, al estar negado el acceso a la cosa en sí o, si se prefiere, a la trascendencia, el acuerdo o la convención dependen del sentido práctico, de modo que la ley que rige la vida social, como aquellas que rigen el gusto por lo bello son tan sólo pactos útiles.

Por allí se relativiza el estatus filosófico de la conducta de los hombres y, cómo no, de las obras de arte en nombre de funciones variadas, diversas y múltiples, y de la adaptación de la conciencia a nuevas realidades que aparecen en el espacio social y su entorno.

Dentro de ese orden, si se tratase de la narración, por ejemplo, la pregunta giraría en torno a los usos que los miembros de una sociedad pueden hacer del lenguaje en que se formula un cuento, una novela o la propia historia de un pueblo, de una comunidad o una civilización; y para nada ya sobre el valor universal del lenguaje narrativo.

Claramente, como ha sido sugerido en estas últimas líneas: la reflexión de la Escuela de Frankfurt parte de algunas premisas particulares y se desarrolla dentro de un contexto que podría llamarse un estado de excepción prolongado durante tres décadas del siglo anterior del 1914 hasta 1945 que, por lo demás, al darse por concluido no pudo ser olvidado ni eludido.

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