Martes 25 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Usted y yo: Terroristas

La Telenovela

Fecha de publicación: 25-02-18
Por: Ana Maria Rodas
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Recuerdo que en época de Ubico –me alzaba unos cuantos palmos sobre el piso– los guatemaltecos se acostumbraron a hablar quedito. Alguien, nerviosísimo, le dio vuelta a una frase popular y la convirtió en “Las orejas tienen paredes”.

Durante aquella parte de la historia de mi país, la gente de dinero –como se les llamaba– era la que más se amedrentaba hasta con el zumbido de una mosca. El pueblo, el verdadero pueblo, aquí en la ciudad seguía adelante con su tarea de arrastrar carretas llenas de frutas o verduras, o de ponerle nuevas suelas a los zapatos viejos, jalar recuas de mulas por el Guarda del Golfo.

En el campo, el verdadero pueblo hacía exactamente lo que hace ahora: trabajar de sol a sol para que la gente de dinero –quienes ahora se llaman empresarios– no tenga necesidad de sembrar, labrar, cosechar. Su trabajo, ahora que son empresarios, se reduce a enviar las ganancias a lugares… paraísos fiscales, me parece.

Son inteligentes. Se ahorran impuestos y ponen a buen recaudo las monedas y billetes que brotan como por ensalmo del sudor de “sus” trabajadores.

Yo, que de esos asuntos de dineros y poder sé poco, habría hecho algo diferente: habría invertido mis ganancias en Guatemala, espolvoreando sobre el país industrias y comercios. Imagino que si no lo hicieron fue por terror de perder sus pistillos, porque la plata la habían heredado de los padres o abuelos y en realidad, no sabían ganarse la vida.

Lástima. Tendríamos un panorama diferente, ya no de zapateros remendones ni bestias de carga para llevar frutas y verduras a los mercados.

La gente no tendría que levantarse a las cuatro de la mañana y recorrer  30 o 40 kilómetros en un tráfico infernal, para estar a las ocho en la oficina. A lo mejor, además de fábricas y comercios habría buenas carreteras por todo el país sin Odebrecht.

Pero el tiempo pasa, las costumbres cambian. Creo recordar que parte de aquella gente de dinero firmó una carta a Ubico, pidiéndole que renunciara. Y como renunció y dejó en el poder a un militar zopenco que salió pitando el 20 de octubre del 44, tuvimos oportunidad de ver cómo cambiaba la vida de los guatemaltecos.

Sobra hablar de los siguientes diez años. Y menos del imperio de la Liberación. (La palabra le debe haber gustado a algún gringo de los que organizó la excursión a Guatemala.) Tampoco hay que mencionar a los gobiernos militares que cierto deterioro le causaron al verdadero pueblo, que tuvo que regresar, después de 10 años diferentes, a su antiguo ser de macho de carga.

El tiempo pasa. Ya lo dije ¿no? La gente de dinero aprendió que podría invertir pushitos de sus ganancias en promover a aquellos extraños seres que, en tiempos más cercanos, aspiraban a subir a la guayaba que dejó Ubico. Y la intuición de los empresarios les surtió efecto, y sus candidatos ganaron y los empresarios ganaron. Parece ser que con algunas movidas no muy santas. Pero todos ganaron. Bueno, hay un 60 por ciento de la población que no. No me explico por qué se empeñan en irse para abajo.

Y llegaron la droga y los mareros y los negocios fueron variando y volviéndose espectaculares. Ahora los seres de a pie tiene terror de salir a la calle, y los choferes de buses llenan los cementerios..

Y como la Rueda de la Fortuna da vueltas, estamos ahora aprendiendo a bajar la voz, por aquello de que las orejas tienen paredes.

Hubo un año triunfal, el 2015, durante el cual logramos llenar las cárceles de ladrones infames. Pero la gente de dinero, los empresarios, digo, coludidos con militares viejitos, encontraron a un malabarista despistado que desayuna rezando y llorando, que se quitó la pasta oscura de Black Pitaya de la cara y que cree eso que le dijeron: que es el Comandante General del Ejército y como tal, apolítico y no deliberante. Esto último no le cuesta gran cosa.

Entonces, los hijos de empresarios triunfales, que dirigen el Congreso de la República gracias a eso llamado Pacto de Corruptos, están redactando un papelucho –ley le dicen– mediante el cual podrán meter a la cárcel a toda persona que escriba algo que les moleste o que pase frente al Congreso o al Palacio o –peor aún– frente al Palacio del Lobo, con un letrero en la mano.

Terroristas. Los que escribimos y los que caminan con un papel a la espalda aunque sea un anuncio de granizadas de guayaba.

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