Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Algunos hechos acerca de la vida de Léonce Angrand

El descubrimiento de una serie de dibujos y acuarelas del artista y diplomático francés Léonce Angrand, quien retrató escenas de la vida de los mayas y ladinos de Guatemala alrededor de la década de 1860, fue el punto de partida para una exhaustiva investigación sobre la vida y trajes del siglo XIX en la historia del país, recogida en el libro Reflections of Guatemala: Costume and Life in the 19th Century, de la etnóloga Coryn Greatorex-Bell y el historiador Christopher H. Lutz, de reciente publicación. Una parte fundamental de la investigación de Angrand se basó en los escritos y dibujos del coronel Juan Galindo (1802-1839), irlandés naturalizado guatemalteco, y uno de los primeros exploradores de la antigua civilización maya. Aquí presentamos la traducción al español del primer capítulo de la obra.

Fecha de publicación: 11-02-18
Por: Coryn Greatorex-Bell / Christopher H. Lutz
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Léonce Angrand nació en París el 8 de agosto de 1808, en el seno de una familia de buena posición social y nivel educativo. A sus veintidós años había empezado ya una carrera diplomática como secretario privado del embajador francés en La Haya. En 1831, fue nombrado vicecónsul en Cádiz, España. Su primera misión en América del Sur, a la edad de veinticinco años, fue de vicecónsul en Lima, Perú entre 1833 y 1839. En 1845 recibió la cruz de oficial de la Legión de Honor por servicios prestados durante la guerra franco-marroquí de 1844. Enseguida viajó a Cuba y Cádiz, y en 1846 regresó a América del Sur como cónsul en Bolivia. Su último cargo diplomático fue en Guatemala, donde fungió como cónsul y encargado de negocios entre 1851 y 1854. Angrand se retiró pronto de este cargo, que no era de su agrado. Al parecer, el carácter irascible del que dio muestras en este período de su vida hizo que no se llevara bien con sus colegas. Se retiró oficialmente en 1857 y pasó el resto de su vida en París y sus alrededores.

A su regreso a Francia, pudo proseguir sus investigaciones en compañía de un grupo de intelectuales de ideas afines y en París, donde había un interés creciente en el estudio de las Américas.

Se formó la Commission de l’exploration scientifique du Mexique (1862-1893) con el propósito de impulsar la investigación en distintos campos, como la geografía, la historia, la arqueología, la zoología y las lenguas de México (incluso de Yucatán). Angrand fue nombrado miembro de la comisión central de veintiséis expertos y se le invitó a participar en el tercer comité (hubo cuatro en total) para el estudio de la historia, la lingüística y la arqueología. Había también alrededor de cuarenta colaboradores correspondientes en México.

Otro de los expertos que integraban este mismo comité era su amigo Brasseur de Bourbourg. Sin embargo, los dos se distanciaron por completo a causa de una publicación que el abate preparaba, en la que intentaba interpretar y descifrar los jeroglíficos mayas del Códice Troano. Angrand escribió que, pese a dejar bien sentado su deseo de que no se le relacionara con esta publicación, se había dado cuenta de que se mencionaba su nombre en la introducción. Lo anterior derivó en una prolongada correspondencia para procurar que se excluyera su nombre (hasta llegar a los tribunales). En noviembre de 1869, Brasseur de Bourbourg le comunica por escrito que ponía fin a su amistad de 12 años. Angrand no participó en la expedición científica a México.

A principios del siglo XIX, muchos viajeros, exploradores y diplomáticos, entre ellos Angrand, habían formado colecciones de interesantes artefactos arqueológicos y etnográficos. Estas colecciones privadas e institucionales se encontraban dispersas y se debatía intensamente en París cómo exhibirlas mejor a un público más amplio. En 1859, se fundó una sociedad de etnografía. La exhibición de artefactos en la Exposición Universal de París de 1867 y otras despertaron enorme interés. En 1878, después de mucho debatir, se fundó el Musée d’éthnographie du Trocadéro en París. La colección de artefactos precolombinos que Léonce Angrand reunió durante sus años como diplomático en Perú, formó parte del fondo inicial (junto con la de Charles Wiener, un joven de quien había sido mentor, que había coleccionado artefactos peruanos a finales de la década de 1870).

En 1935, se reconstruyó el Musée d’éthnographie du Trocadéro que volvió a abrir con el nombre de Musée de l’Homme. La colección de Angrand está ahora en el Musée du Quai Branly en París.

Doscientas noventa y ocho piezas están ilustradas en el sitio web del museo y consta de cerámica, objetos de madera, piedra y metal, incluso prendedores y herramientas, zampoñas, cuentas y cabezas de hacha, todo de excelente calidad. Es interesante que también haya incluido textiles precolombinos en su colección: telas adornadas con plumas y plata de la provincia de Trujillo, un tapiz de dos tiras del Gran Chimú especialmente bien conservado y varios otros fragmentos, incluso pequeñas madejas de lana. Sin embargo, hay solo una vasija de terracota de Guatemala y ninguna otra pieza adquirida durante el tiempo que pasó ahí.

Ya retirado, Angrand se dedicó a dar vida al libro de Juan Galindo sobre Guatemala. Reunió y copió todas las cartas que este último envió a la Société de Géographie; volvió a dibujar y pintar todas las láminas y algunos mapas, mientras realizaba otros estudios sobre las Américas. Murió en 1886 a la edad de setenta y ocho años. En su testamento legó todos sus libros y documentos, además de una cuantiosa suma de dinero, a la Bibliothèque nationale.

Aunque su carrera diplomática fue modesta, si uno analiza su producción de dibujos y acuarelas de Perú y Bolivia; su investigación del sitio arqueológico de Tiahuanaco, y los álbumes de La Habana y Santiago de Cuba que forman parte de sus diecisiete cuadernos de dibujos, el retrato que emerge es distinto.

He aquí a un hombre muy motivado por una curiosidad intelectual de estudiar, anotar, profundizar y difundir su conocimiento de los pueblos, costumbres y arqueología de los países que visitó en el continente americano. Se presume que sus funciones de cónsul en varios países latinoamericanos le permitieron perseguir sus intereses de estudio e investigación antropológica, y cumplir con las exigencias propias de su cargo.

Hay una breve descripción en el prefacio del inventario de la biblioteca de Angrand, Inventaire des libres et documents rélatifs à l’Amérique receuillis et légués à la Bibliothèque nationale, y un conmovedor homenaje escrito por su amigo el conde de Charencey, autor de varios libros sobre las Américas. En el excelente libro que escribió con el título Léonce Angrand. Imagen del Perú en el siglo XIX, publicado por Carlos Milla Batres en Lima en 1972, la introducción escrita por J. Edgardo Rivera ofrece una detallada descripción de sus viajes y los cargos que ocupó en América del Sur.

Se puede encontrar, asimismo, una gran cantidad de información en los archivos diplomáticos de Nantes y La Courneuve en Francia, que guardan correspondencia consular sobre asuntos económicos y comerciales (1850-1870), y el expediente individual de Léonce François Marie Angrand. También hay cartas relacionadas con él y los intereses consulares y comerciales de Francia en el Archivo General de Centro América (AGCA). Sin embargo, una investigación minuciosa de los asuntos consulares franceses y el tiempo que Angrand fue cónsul está fuera del alcance de este libro y queda en espera de otro historiador.

El legado de Angrand a la Bibliothèque nationale

Angrand dejó un valioso legado a los estudiosos de América Latina. Sus cuadernos de dibujos personales y acuarelas finamente acabadas, su colección entera de libros, documentos e investigaciones sobre las Américas se encuentran en la Bibliothèque nationale de París.

Se trata de un archivo de gran riqueza que abarca historia, geografía, viajes de descubrimiento, e investigaciones de la cultura y los idiomas de varios grupos indígenas (aunque nada específicamente sobre los trajes de Guatemala). Resulta fascinante, entonces, que Angrand haya empezado a trabajar sobre esta importante herencia cultural guatemalteca.

Su legado consta de más de 700 libros sobre una amplia gama de temas en francés, español e inglés que abarcan desde el cultivo de moras y nopal, la crianza de gusanos de seda, grana kermes y cochinilla, hasta las joyas de los pueblos primitivos y el uso de plumas en el arte mexicano. Algunos están relacionados con viajes a través de las Carolinas, la historia de Florida, posibles rutas para vías férreas desde Misisipi al océano Pacífico, descripciones geográficas de Guyana, y viajes al interior de Brasil en busca de diamantes y oro. Muchos tratan sobre la funcionalidad de construir un canal para unir el Atlántico y el Pacífico a través de Nicaragua o Panamá, incluso uno de Napoleón Bonaparte III.

Uno de los diarios de viaje es Voyage d’une femme autor du monde de la señora Ida Pfeiffer de 1856 y otro de George Catlin “escrito durante ocho años de viaje entre las tribus más salvajes de América del Norte”. Quizá haya algunas similitudes no intencionales entre la manera como Catlin describe los pueblos nativos de América del Norte y los dibujos y acuarelas de Angrand que retratan a los indígenas de Guatemala, Perú y Bolivia. A mediados de los años treinta del siglo XIX, Catlin se había dado a la tarea de preservar los “aspectos y costumbres de los indios” al registrar detalles de los trajes, apariencia y costumbres tribales, entre otras cosas, de varias tribus, sobre todo las que estaban siendo desalojadas violentamente del sureste y trasladadas a otras tierras al oeste del Misisipi. Catlin temía que la intrusión del hombre blanco en los territorios indígenas llevaría con el tiempo a la extinción de sus culturas.

En la biblioteca de Angrand se encuentran historias de México y Perú, entre otras; de sitios arqueológicos e idiomas indígenas, desde el arawak de Guyana hasta un libro de gramática maya escrito por el amigo de Angrand, el conde de Charencey, titulado Conjugaison dans les langues de la famille maya-quiché.

De hecho, la colección comprende más de 40 libros escritos por Charencey y varios del que entonces era amigo cercano y colega investigador, el abate C. E. Brasseur de Bourbourg, incluído De Guatémala à Rabinal, épisode d’un séjour dans l’Amérique centrale pendant les années 1855 et 1856, alrededor de un año después de que Angrand partiera rumbo a París. El legado también consta de más de 150 mapas, manuscritos de los siglos XVI y XVII, y folios de grabados.

Su generosidad y la pasión evidente que le inspiraba el continente americano también quedaron demostradas con el legado de 60 mil francos que dejó para la Bibliothèque nationale de París. Su propósito era aumentar y alojar su colección, y fundar el Premio Angrand, un premio quinquenal otorgado al mejor estudio sobre idiomas, historia y antigüedades americanas.

Llegada de Angrand a Guatemala

Angrand, pasó un total de dos años y ocho meses en Guatemala, un tiempo relativamente corto en comparación con su estancia en Perú. Su detallado itinerario anotado en un pequeño cuaderno de dibujos de 1851 muestra que salió de París el 12 de septiembre del mismo año. El viaje de dos meses lo llevó primero a Inglaterra donde abordó el Medway, que zarpó de Southampton el 16 de septiembre y llegó a St. Thomas el 3 de octubre. De ahí se trasladó al Derwent con rumbo a Puerto Rico, viajó vía Jamaica y La Habana hasta Belice, adonde llegó el 17 de octubre, y luego se dirigió a Guatemala.

No habría sido fácil ni particularmente seguro viajar por Guatemala a mediados del siglo XIX. Los mapas eran escasos y aparte del conocimiento de los arrieros locales, es probable que Angrand haya tenido que depender de relatos de viajeros y exploradores anteriores, como Incidents of travel in Central America, Chiapas and the Yucatan de John Lloyd Stephens.

Desde Belice, zarpó en el Bola de Oro rumbo a Livingston, una comunidad de caribes negros o garífunas en la boca de Río Dulce. Luego navegó río arriba por Río Dulce hasta el lago de Izabal y pasó la noche del 23 de septiembre “en el río”, como indica en su libro, antes de llegar a San Felipe, sitio de una fortaleza que construyeron los españoles en 1652 para impedir que los piratas entraran al lago desde el Caribe. La zona alrededor de Livingston debe de haber sido caliente y húmeda; cubierta de espesa vegetación, con terrenos pantanosos y zancudos.Llegó a la capital guatemalteca el 18 de noviembre de 1851.

Viajes de Angrand en Guatemala

Aparte de la Ciudad de Guatemala, Angrand pasó una buena parte del tiempo en La Antigua Guatemala, la vieja capital, y los pueblos circundantes. Todos reflejaban más influencia colonial que indígena y es posible que se haya hablado español extensamente, ya que la población era una mezcla de indígenas y ladinos, y los habitantes locales habían estado expuestos a la cultura española por más de tres siglos. Sabemos que algunos de sus dibujos fueron hechos en La Antigua Guatemala en 1853, y en pueblos cercanos como Parramos, Chimaltenango, San Antonio Aguas Calientes, e incluso quizá Santa María de Jesús; también visitó Sumpango, Palín y Mixco. No se tiene ningún registro de que haya viajado alguna vez a regiones más remotas donde había mayor concentración de población indígena (por ejemplo, en los alrededores de Huehuetenango), talvez debido a la inestabilidad política de los tiempos que se vivían. El pueblo más al occidente que se encuentra en sus dibujos es Quetzaltenango, “Los Altos”, pero insisto en que Angrand pudo haber dibujado a los arrieros sin haber visitado el pueblo, puesto que debe de haber sido algo común verlos a lo largo de la ruta entre Quetzaltenango y la Ciudad de Guatemala.

Hay una explicación aún más prosaica pero creíble del porqué algunos pueblos y aldeas están incluidos en los documentos de Galindo y los dibujos de Angrand: las rutas de mulas. Muchos de los viajeros contemporáneos del siglo XIX, como Morelet, Haefkens, Boddam-Whetham y George Thompson, mencionan precisamente los mismos pueblos (Chinautla, Ciudad de Guatemala, La Antigua Guatemala, Mixco y otros). Un buen ejemplo es el que ofrece Boddam-Whetham cuando escribe en 1875 sobre el viaje que hicieron en mula con el propietario inglés de una finca de café y caña de azúcar desde la Ciudad de Guatemala al hogar de su acompañante en la costa. En su ruta pasaron por Mixco, luego por el pueblo siguiente de Santiago, [Sacatepéquez] y desayunaron en el pueblo de Santa María [Cauqué]. Así describe el viaje:

“No tuvimos dificultad para cruzar las barrancas que hay en el trayecto, ya que el camino entre la capital y Quetzaltenango está bueno y lo recorren diligencias de aspecto más bien primitivo”.

Enseguida salieron hacia Sumpango y El Tejar hasta llegar a Chimaltenango donde pernoctaron. Desde este lugar podían ver las fértiles llanuras de Tecpán con cultivos de maíz y trigo. El lento ascenso a Los Altos comenzó después de dejar Tecpán, por Santo Tomás [Chichicastenango], Quiché y Totonicapán. Es completamente lógico que se hicieran ilustraciones de las aldeas y los pueblos que los viajeros visitaban con frecuencia.

El talento artístico y temática de Angrand

Cuando Angrand llegó a Guatemala ya era un artista consumado, que había perfeccionado su talento para dibujar y pintar a los habitantes indígenas, y documentar la vida local. Hizo varios dibujos en Cuba y fue muy prolífico en Perú y Bolivia. Había trabado cierta amistad y colaborado con Pancho Fierro (1810-1879), el artista satírico peruano que era bien conocido por sus acuarelas humorísticas de la vida cotidiana y diversos personajes característicos de Lima. Angrand tenía varias en su colección.

Uno o dos de los dibujos que hizo en Guatemala tienen una temática similar a la de algunos que hizo mientras estuvo en Perú, lo cual no es de extrañar puesto que la influencia colonial española en los trajes habría sido la misma. Es evidente su interés por la vida local, los trajes y costumbres de la población indígena.

En sus dibujos de Guatemala no se encuentran retratos de los ricos y privilegiados, ni de funcionarios diplomáticos. Hay uno o dos ejemplos de atildados caballeros y elegantes criadas con atuendos más españoles en la calle, pero la mayoría es de personas comunes y corrientes en sus actividades diarias, que abarcan desde comerciantes hasta arrieros y de músicos hasta acarreadores de agua. Es probable que hiciera gran parte de sus dibujos en los mercados o áreas públicas. Sin embargo, parece que invitaba a las personas a que posaran para él porque a veces vemos a una misma mujer u hombre desde distintos ángulos. En este caso, puede ser que llegaran con sus mejores atuendos o ataviados con trajes ceremoniales, del mismo modo que cualquiera que se dejara fotografiar en el siglo XIX (como muestran muchas fotografías de la colección de CIRMA).

Sin embargo, a pesar de que retrataba con frecuencia al “hombre de la calle”, sus ilustraciones no reflejan una postura de crítica social de la sociedad en la que vivían sus personajes, en el sentido de describir situaciones de pobreza, enfermedad o privaciones reales. No parece profundizar mucho en las vidas de los mayas. Es más, las parejas indígenas que retrata son apuestas y gráciles, sus canastas están cargadas de frutas y verduras, las mujeres se cubren los hombros con sus perrajes de una manera elegante y muy pintoresca, como se observa en los Indios de Santa Ana en La Antigua Guatemala. Pese a que rehace las acuarelas de Cisneros, es evidente que capta el tono de los originales y los mejora, pero sus dibujos solo ofrecen vistazos de las vidas laboriosas de la mayoría de los mayas.

Los dibujos de Angrand nos dan indicios de su trabajosa vida cuando retrata a personas que acarrean pesadas cargas al mercado, como grandes ollas (otros viajeros contemporáneos, por ejemplo, Morelet y Boddam-Whetham, también observaron la capacidad de hombres, mujeres y, a veces, niños indígenas para llevar cargas inmensas). Angrand también comenta en sus cuadernos sobre el peso que las mujeres debían transportar a cuestas y es interesante ver que en la acuarela de Indios de San Pedro Las Huertas en el Valle de La Antigua Guatemala, la mujer es la que lleva una pesada carga que consta de una gran canasta de verduras sobre su cabeza, un bebé en su espalda y un bulto grande al frente.

Aunque hay muchos dibujos de mujeres en su obra, un viajero moderno podría cuestionar por qué no hay dibujos relacionados con las actividades tradicionales de las mujeres, por ejemplo, tejer y otras tareas conexas, el cuidado de los niños, la preparación de alimentos como moler maíz y hacer tortillas, lavar ropa y otras tareas domésticas, entre las cuales muchas son escenas comunes para los visitantes contemporáneos. Habría sido a todas luces difícil para un hombre extranjero relacionarse con una mujer en su ámbito doméstico privado tanto por decoro como porque muchas mujeres mayas no hablaban español con fluidez. Es muy poco probable que Angrand haya visitado un hogar maya, salvo como alojamiento durante sus viajes. Sin duda la mayor parte del tiempo estaba ocupado en sus funciones diplomáticas y políticas. Más tarde, algunos viajeros como William T. Brigham y Anne Maudslay comentaron sobre los tejidos y telares, y algunas actividades domésticas, como lavar ropa y hacer tortillas, de las que fueron testigos.

El espectador puede, a veces, adquirir un sentido de jerarquía social a partir de las actividades y el atuendo de los personajes de Angrand. Por ejemplo, en la acuarela titulada Mercaderes de La Antigua, se retrata a la mujer indígena que vendía en el mercado, India de Cubulco, sentada en el suelo mientras los dos hombres (Traje de burgués de la La Antigua Guatemala), ataviados elegantemente con zapatos, pantalones largos, voluminosas y largas capas sobre cotones y sombreros de copa alta y ala ancha, miran hacia abajo.

A pesar de la aparente falta de crítica social de Angrand acerca de la situación de sus sujetos y su descripción desde una perspectiva romántica, color de rosa, lo que se nota es calor, respeto y empatía por los personajes de sus dibujos y, sobre todo, concentración en los detalles. Su trabajo refleja un vivaz sentido del humor, véase, por ejemplo, la Pordiosera guatemalteca acomodada, una mujer alocada, vestida con una reveladora blusa escotada y el cuerpo medio salido de su palanquín, que gesticula hacia los transeúntes para exhortarlos a brindarle ayuda económica, mientras dos estoicos cargadores sostienen su peso. Angrand detalla lo que cada cargador lleva puesto y exactamente cómo sostienen el palanquín.

Sus dibujos son atractivos no solo por el entusiasmo y la espontaneidad de los que están imbuidos sino también por sus cualidades muy humanas. Angrand no es inmune a la figura bonita de una mujer y parece deleitarse en retratar las bondades de las mujeres de pechos grandes. En uno de los dibujos de Zacapa, se ve a una mujer indígena con los pechos desnudos que carga a un bebé y tres traseros bien redondeados a la vista. En ocasiones, esboza una pierna que se percibe debajo de una falda abierta. En este aspecto, Angrand difiere de las pocas ilustraciones de Guatemala hechas por sus predecesores. Hay seis de Juan Francisco Cisneros, c. 1835, en su mayoría de gente de las aldeas circundantes de La Antigua Guatemala, que Angrand decidió pintar de nuevo mientras trabajaba en los documentos de Galindo. Aunque las ilustraciones de Cisneros muestran su meticulosidad, son comparativamente rígidas y formales, casi bidimensionales, con las parejas de pie, separadas como dos muñecos.

Hay algunos dibujos a lápiz muy pequeños y acuarelas, quizá del propio Galindo, que Angrand también rehízo. Aunque los pequeños dibujos de Galindo hechos, a menudo, en pedazos de papel de formas irregulares son bastante rudimentarios, tienen encanto y ofrecen una visión de los trajes de principios de los años treinta del siglo XIX.

 

“Reflections of Guatemala: Costume and Life in the 19th Century”,

Coryn Greatorex-Bell y Christopher H. Lutz

Plumsock Mesoamerican Studies / CIRMA (Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica)

2017

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