Jueves 19 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

De la moral, la insensatez y la banalidad

MÁQUINA DEL TIEMPO

Fecha de publicación: 04-02-18
Por: Arturo Monterroso

En ‘Yo, etcétera’, Susan Sontag cita unas frases de ‘El gran Gatsby’, en las que Fitzgerald escribe que deseaba que el mundo estuviera en una especie de permanente alerta moral. Si entendemos que “moral” es, de acuerdo con el ‘Diccionario de la lengua española’(DLE), una doctrina que pretende regular el comportamiento individual y colectivo en relación con el bien y el mal, tendríamos que empezar por definir el significado de bien y mal. Como no tengo los conocimientos para esbozar una disertación aceptable en términos filosóficos ni académicos sobre estas categorías y porque quiero reducir esta discusión a la vida pública, me limitaré a decir que es fácil identificar qué es bueno o malo respecto de los actos de las personas en su relación con el Estado; unos actos que debieran sujetarse a un código de ética; es decir, de acuerdo con un conjunto de normas morales que rigen la conducta de una persona.

Siempre que me refiero a la moral, sé que corro el peligro de perderme en los difusos linderos de la pacatería y de todo aquello que nos hace mejores seres humanos. O de que a alguna persona se le ocurra pensar que estoy dando lecciones. Nada qué ver. No soporto a los mojigatos ni a los predicadores. Así que me aventuro a decir que “bueno” es todo aquello que beneficia a los ciudadanos, y “malo”, aquello que los perjudica. Las acciones de los funcionarios que toman ventaja de sus cargos para abusar del poder que les hemos otorgado o las de los ciudadanos que utilizan su influencia o su dinero para obtener privilegios, son malas. Mire usted, por ejemplo, la ligereza, la insensatez, el cinismo y la falta de sentido común con que el presidente Morales se gasta el dinero del pueblo. No tengo a mano el dato exacto, pero si fueron trescientos mil o tres quetzales los que dilapidó alegremente y con actitud de “yo no fui”, importa. Con su actitud y falta de carácter no demuestra sino su desprecio por los ciudadanos y su incapacidad para evaluar el alcance de sus actos. No es poca cosa. No podemos banalizar su actitud irresponsable, como no podemos ver con indiferencia a diputados, empresarios, sindicalistas y funcionarios que solo representan sus intereses. Y que su ocupación principal es encontrar los mecanismos para darle un tarascón al erario, comprar impunidad y escaparse de la justicia.

En estos días, cargados de banalidad, cinismo y estupidez recuerdo un autorretrato de Valle -Inclán, aquel que decía que llevaba sobre su rostro cien máscaras de ficción que se sucedían bajo el imperio mezquino de una fatalidad sin trascendencia. Este amigo de Rubén Darío, manco como Cervantes, estrafalario, modernista e identificado con la generación del 98 gracias al esperpento, nos recuerda que el desencanto frente a la realidad se debe a una representación deformada de la vida, como la nuestra. El esperpento era un género literario que facilitaba la representación de una realidad humana en una época de desilusión, esa de la España de las postrimerías del siglo XIX; la de un imperio en decadencia, feo, católico y sentimental, como se describía a sí mismo el escritor que se inventó el espejo de la calle del Gato; un espejo donde la gente se miraba transformada en espantajo. Entre nosotros, las acciones de un buen número de personas relacionadas con el Estado son nuestro espejo, la imagen de lo que somos, pero deforme. Dice Susan Sontag que la moralidad es la herencia del pasado, que gobierna el ámbito del futuro y que vacilamos, recelosos, irónicos y desilusionados; que el presente se ha convertido en un puente muy difícil. Es algo muy similar a lo que nos pasa, pero debemos recuperar la dignidad y quitarnos las máscaras de ficción. Necesitamos de una permanente alerta moral, porque nuestra fatalidad sí tiene trascendencia.

Guatemala, 2 de febrero de 2018

arturo.monterroso@gmail.com