Martes 25 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Una irrupción en la intimidad

Fecha de publicación: 21-01-18
Por: Arturo Monterroso
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El 24 de diciembre de 2007, The New Yorker publicó el borrador de Principiantes, uno de los cuentos más conocidos de Raymond Carver, cuya versión editada por Gordon Lish había sido impresa en 1981 con el título: De qué hablamos cuando hablamos de amor. El borrador, hasta ese momento desconocido, sería publicado en 2009 por Tess Gallagher, la viuda de Carver, como el original; es decir, antes de que llegara a las manos de Lish. El libro incluía también los otros 16 cuentos publicados en ambas ediciones. La intención de The New Yorker era que el lector pudiera evaluar si el trabajo del editor se justificaba. Para eso incluía el borrador con todas las correcciones de Lish, que eran muchas, además del texto tachado, que reducía la historia original en un 70 por ciento; un corte salvaje según el escritor británico Blake Morrison quien, en un artículo de The Guardian, afirma que Lish no solo podó el texto, sino se entrometió de manera desmedida, cambiando títulos, nombres de personajes y lugares de los párrafos, y creando nuevos finales, modificando el tono y falsificando el motivo y la sicología en algunas historias. Esta es la percepción de Morrison. La discusión continúa aún ahora, entre quienes creen que el original no debió tocarse y quienes, como yo, consideran que la versión editada es mucho mejor.

Este ejemplo de edición invasiva no es el común de los casos y la mayoría de las veces los autores no se verán ante una irrupción en la intimidad de su texto. De hecho, el grado de intervención del corrector de estilo y del editor dependerá de cuán bien redactado está el original, desde el que requiere de correcciones puntuales, hasta el que debe ser reescrito. El corrector de estilo –que debiera tener una amplia cultura general, sentido común y criterio propio acerca de las reglas de la Academia– comienza con una lectura atenta antes de empezar a trabajar. Toma en cuenta el uso del lenguaje y la precisión del léxico, y debe detectar errores, gazapos, imprecisiones y ambigüedades, pero evita las enmiendas ociosas. La corrección de faltas de ortografía, gramática y sintaxis, así como de concordancia, coherencia y fluidez del discurso, tienen como propósito la comprensión del texto, no cambiar su significado. Una vez corregido y editado, es el autor quien tiene la última palabra y puede decidir si acepta o rechaza los cambios, aunque hay correctores y editores que no están de acuerdo con esa discrecionalidad.

El proceso de corrección y edición de un texto requiere de una comunicación fluida con el autor. La edición es un proceso exigente, aunque haya diferencias cuando editamos para una editorial, un medio de comunicación, una empresa publicitaria, una universidad, una institución del Estado, un organismo internacional o un autor independiente, sobre todo cuando debe ceñirse a un manual de estilo. Editar consiste en preparar un libro para su publicación. Y esto muchas veces requiere de eliminar una parte del texto, cambiar de lugar una frase o un párrafo, sugerir un título diferente, solucionar problemas de estructura, señalar que hace falta información o que sobra por redundante. Una vez que el documento ha pasado por este proceso, todavía le falta la etapa del diseño y la introducción de textos, datos y elementos gráficos en la cubierta, la contracubierta, las solapas, la página legal, etcétera, y luego la maquetación, la corrección de pruebas, la revisión ortotipográfica y, por fin, su publicación. Si usted es el autor o la autora de un libro de ficción debe saber que entonces llega la etapa de las presentaciones, la publicidad, el reconocimiento, la fama, las traducciones, las ventas millonarias… no, en la abrumadora mayoría de los casos esto no es más que una broma de mal gusto. No hay como los pies sobre la tierra y los libros bien escritos.

>arturo.monterroso@gmail.com

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