Domingo 24 DE Marzo DE 2019
El Acordeón

La Tortuga Roja y la profunda tristeza del existir humano

El no saber ver más allá de los prejuicios, limita y priva a muchos de adentrarse en un mundo de sueños, ilusiones y fantasías que muchas veces hablan más verdad que cualquier otra película que pretende ser “fiel” a la realidad.

Fecha de publicación: 14-01-18
Por: Anabella Salazar
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Studio Ghibli y la película La Tortuga Roja (2016) encuentran su significado dentro del vasto universo del “animé”. Término utilizado para, fuera del Japón, nombrar toda animación que proviene de este país. Hoy en día es considerado como uno de los medios más populares y estimados en el cual se pueden encontrar tanto series de televisión como películas.

A pesar de su creciente popularidad, el animé es aún menospreciado por muchos. Sin embargo con el surgimiento de directores como Hayao Miyasaky (Spirited Away, Howl’s Moving Castle, My Neighbour Totoro, The Wind Rises), Mamoru Hosoda (The Girl who Leapt Through Time, Wolf Children), Makoto Shinkai (Your Name, The Garden of Words, Children Who Chase Lost Voices), Isao Takahata (Only Yesterday, The Tale of Princess Kaguya, Grave of the Fireflies), Satashi Kon (Paprika, Perfect Blue, Tokyo Godfathers) y Mamoru Oshii (Ghost in the Shell, Ghost in the Shell 2: Innocence, Angela’s Egg) no se puede negar la importancia y el valor estético que juega el animé en muestra conciencia. El que sea menospreciado no quiere decir que este amplío género cinematográfico no esconda numerosas obras de arte.

Desde su nacimiento, el cine ha visto a su público crecer y el cine de animación no es la excepción. Mientras en Estados Unidos y en algunos casos en Europa, se tiende a realizar estas películas usando animación por computadora, en el Japón aún se le da prioridad a la estética tan particular y propia que puede llegar a tener la tradicional animación hecha a mano. La firma del director se encuentra en sus trazos, en sus pincelazos, lo que hace del resultado final, la manifestación artística de su sentir por el mundo a través de la historia que decide contar. Este es el caso de varias, no todas, películas de animación que muchas veces son ignoradas o menospreciadas debido al predominio del prejuicio “los dibujos son para niños”. Lo que yo pregunto es, ¿cuándo los temas sobre el ser humano y su relación vivencial con el mundo han sido únicamente temas para niños? El que sea una película animada, no quiere decir que no trate temas profundos que tocan el rincón más profundo y olvidado del corazón humano. El no saber ver más allá de los prejuicios, que a veces ni son propios a nuestra conciencia, limita y priva a muchos de adentrarse en un mundo de sueños, ilusiones y fantasías que muchas veces hablan más Verdad que cualquier otra película que pretende ser “fiel” a la realidad. Después de todo, la Verdad yace más allá de lo finito y lo racionalmente comprensible y de esa Verdad es de la que nos hablan películas como La Tortuga Roja.

La isla

Con un aliento surrealista y existencial al mismo tiempo, La Tortuga Roja parece ser una película olvidada dentro del género del animé. Este último surge durante la primera década del siglo XX con los llamados “padres del animé”: Öten Shimokawa, Jun’ichi Kōuchi y Seitaro Kitayama. Su recorrido hasta llegar a nuestros días hizo pasar a este género cinematográfico por diferentes etapas durante las cuales se encontró, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, al servicio de la propaganda, hasta llegar, durante los años setenta, a comenzar a desarrollar su propio estilo, estilo que hoy en día lo distingue de cualquier otra animación. A partir de ese momento, el animé se popularizó y comenzaron a surgir figuras dentro de las cuales Miyazaki y Studio Ghibli son de las más, si es que no las más conocidas a nivel mundial.

Sin embargo, la película de La Tortuga Roja surge a la luz en el momento de gran incertidumbre en el mundo de la animación. El terremoto del repentino anuncio del retiro del gran Miyazaky movió las aguas del animé dejando en la costa un tesoro perdido cuyo caparazón era rojo y llevaba dentro de sí una historia que está destinada a tocar el corazón de cualquier espectador que en la costa se tropiece con él. A pesar de ser una co-producción (aparentemente por voluntad del mismo Miyazaky) entre Studio Ghibli, Wild Bunch y el director neocelandés Michaël Dudok de Wit (Father and Daughter y The Monk and the Fish), esta película se tiñe y sumerge en toda la sensibilidad que también encontramos en las películas propias de Studio Ghibli. Sin embargo, el que su productor no sea japonés y que en la película confluya la colaboración de diferentes países (Bélgica, Francia y Japón) hacen de esta una obra de arte y una película única en su género.

La historia no podría ser más simple y con esta simpleza de narración y de animación, Dudok de Wit cuenta la historia de la humanidad en solamente 80 minutos. Un hombre, el cual nunca llegamos a saber su nombre, naufraga y llega a la costa de una isla desierta y completamente aislada, perdida en el inmenso mar del existir humano. La isla es únicamente el lugar, la tierra en donde sucederá la vida de este náufrago, así como nuestras vidas son islas unidas por el mar del tiempo existente.

Después de varios intentos de salir de esta isla, frustrados por una tortuga roja que cada vez destruye su barca, el náufrago ve a la tortuga caminando en la costa. Cegado por el odio y un sentimiento de frustración, este mata a la tortuga, la cual ve como la causante de su perpetua desgracia y soledad en la isla. Después de matarla, el arrepentimiento y la culpa lo invaden. A los pocos días, la caparazón de la tortuga se quiebra y de ella surge una hermosa mujer a la cual el náufrago llega a amar y con quien forma una familia.

La naturaleza y el amor

Los dos grandes temas que toca esta película son los fundamentales de toda vida humana: la relación con la naturaleza y el amor. Pero, dentro de todo esto, ¿cuál es el significado de la tortuga roja? Las tortugas son criaturas que viven la mayoría de sus largas vidas en el mar y solamente llegan a la costa para enterrar sus huevos. Estas son consideradas como seres pacíficos y símbolos de gran sabiduría. La tortuga roja representa pues a la madre naturaleza, sabia y dadora de vida. Una vez peleado con la naturaleza, el hombre se arrepiente y finalmente se reconcilia con ella. Esta, a su vez, se sacrifica para proveerle al hombre lo único que le hacía falta en esa isla y lo que más anhela: compañía y una descendencia.

Las acciones hostiles del hombre y luego su arrepentimiento provocan la metamorfosis que sufre la tortuga, y también hablan del ciclo de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, el ciclo interno de la naturaleza. De esa muerte surge la verdadera pareja y compañera del hombre, proveída por la naturaleza misma. De la rabia surge la culpa y de la culpa el arrepentimiento que lleva al hombre ahora a cuidar de aquello que había violentado y que finalmente al amor. La mujer inspira en el hombre un cambio hacia la madurez, hacia el poder ver más allá de su presente.

A partir de ese momento, la historia se desarrolla como una parábola de la existencia humana y de su condición en relación con la naturaleza. La isla se convierte, una vez juntos, en el escenario de las dificultades y pruebas de cualquier vida humana, sus responsabilidades como padres y los inevitables momentos de separación como parte misma de la vida. Rápidamente la historia que había comenzado como la historia de un náufrago, se convierte en la historia de su familia y de su hijo. Vemos a la próxima generación creciendo en armonía con la naturaleza, pero siempre sintiendo curiosidad por aquello que yace más allá del horizonte. Eventualmente la partida del hijo llega como algo inevitable, en la forma de un tsunami, que arrasa toda la isla pero de la cual surge un nuevo paisaje. Es la metáfora del Evento y la transformación que desencadena. El hijo rescata a sus padres y después de haber cumplido con su destino en esa isla, continua su camino hacia otro horizonte, hacia su propia isla. La escena es preciosa. Únicamente vemos al hijo adentrarse en las inciertas aguas del mar, dejando a sus padres y la isla atrás y siendo él, la nueva generación, acompañado por dos tortugas. Una metáfora de la nueva generación reconciliada con la naturaleza y la imagen de la esperanza de que él llevará toda la sabiduría que le dieron sus padres a donde sea que lo arrastren las aguas del destino.

Dejar ir

De cierta forma entendemos que la verdadera marca que deja el ser humano no está en las cosas físicas que logra o hace, sino más bien en la forma en la que toca el espíritu de las nuevas generaciones que a su vez dejarán una marca y enseñanzas en las generaciones que les siguen. El existir humano parece ser pues un fluir constante de un sentir más allá de lo sensible, una corriente interna, que recorre el espíritu de cada uno de nosotros mientras buscamos nuestra propia isla.

Finalmente, la película termina ahogándonos con la inevitable nostalgia del dejar ir. De cierta forma es un recordatorio de la profunda tristeza de la vida que surge del ver llegar y pasar las cosas, los comienzos y los finales de todo. La vida, los pequeños momentos de felicidad, están todos envueltos en una cierta tristeza, delgada, invisible, que nos envuelve suavemente como un velo pálido. El destino del ser humano es de cierta forma siempre el acto de dejar ir. Dejar ir el hogar para encontrar uno propio; dejar ir la comodidad de la soledad para aprender a compartir y amar a otro ser humano; dejar ir al hijo y permitirle vivir la vida que se le ha dado; dejar ir al ser amado con quien se compartió no solamente la vida sino el existir y finalmente dejar irse a sí mismo. Dejarse llevar por las suaves olas del mar lejos de la casa hacia ese infinito más allá del horizonte que siempre estuvimos persiguiendo. Pero cada vez que se deja ir también se toma conciencia que no solamente hemos sido testigos sino también hemos participado. Es solamente en esa tristeza profunda del constante dejar ir que se revela la felicidad de la que hemos sido testigos y protagonistas, espectadores y náufragos en las aguas turbulentas del existir humano.

 

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