Martes 20 DE Agosto DE 2019
El Acordeón

Felicidad, antigua amiga

La telenovela

Fecha de publicación: 14-01-18
Por: Ana Maria Rodas

En años anteriores celebraba la llegada del mes de enero contando los días para que comenzaran las clases en la Universidad donde desde 1993 hasta el año pasado me dediqué con gran placer a la docencia. En realidad, comencé a dar clases en 1984 en la San Carlos, junto con Gustavo Berganza, de manera que ese placer me duró suficiente tiempo.

Este año celebro la libertad que me otorgué el año pasado, a finales de julio cuando, sin decir una sola palabra, decidí que no regresaría siquiera en 2017, mucho menos en 2018, a la opresión. Que en eso se convirtió verdaderamente el haber dado clases a estudiantes de primer año, alumnos de Ciencias de la Comunicación entre mayo y julio de 2017.

Más de 30 años disfruté, en distintas universidades, mi tarea de profesora. Jamás repetí los materiales para un curso determinado, aunque lo hubiera impartido el año anterior. Las cosas cambian con celeridad y es preciso poner al día a los jóvenes, no hacerlos pasar, como ganado vacuno, por el camino trillado por el que –a veces, tal vez demasiadas– noté que algunos de mis colegas los conducían sin el mayor empacho.

Así, una clase de 90 minutos, significó siempre para mí al menos dos horas de preparación. Utilizando el material que todavía tenía validez con el que ofrecían los nuevos libros, las nuevas investigaciones, el uso ético de internet para mantenerme al día y proporcionar a la clase lo más valioso para su formación. La lectura y corrección de las tareas que entregaban generalmente llevaba más tiempo.

Pero esos 30 años los gocé intensamente, y supongo que muchos de mis alumnos apreciaron mis energías y arrestos porque los encuentro en la calle, o me escriben desde los lugares donde se encuentran ahora y el afecto está presente siempre, lo que me ha hecho muy feliz.

Infortunadamente, el grupo con el que trabajé entre mayo y julio del año pasado –excepto tres alumnas, una de ellas a quien si hubiera podido le habría otorgado 150 puntos de calificación sobre los 100 que normalmente indican la excelencia del estudiante– fueron jóvenes dedicados con ahinco a trastear en clase, con gran desenfado, su teléfono móvil o alguna Tablet.

Algunos trataron de tomarme el pelo abriendo sus computadores y jurando que estaban anotando lo que yo iba explicando en clase, cuando en realidad –pude verificarlo en varias oportunidades– se dedicaban a chatear, a usar Facebook o Twitter, o a jugar simplemente.

La universidad donde trajiné durante casi un cuarto de siglo, o por lo menos las aulas donde el año pasado traté de enseñar mucho de lo que sé sobre lenguaje y escritura, se habían transformado de golpe y porrazo en un espacio desconocido.

Cierto es que en años recientes me había dedicado a la enseñanza de la ética profesional, a cuestiones de escritura y estilo más refinadas, para alumnos de tercero, cuarto y quinto años. Alumnos más serios, con mayor sentido de responsabilidad, conscientes de la tarea que estaban llevando a cabo al lado de sus maestros para poder graduarse.

Solamente me despedí de una persona con quien he sostenido una profunda amistad por veinticinco años casi, y en una parte de la carta donde le expresé los motivos por los que dejaba la docencia anoté textualmente: “Los jóvenes que estuvieron acudiendo a jugar con sus celulares todo el tiempo durante el interciclo a que me refiero no son aves raras. Representan a un segmento poblacional que ya irán viendo ustedes de más en más en este tiempo”.

Me separé del magisterio y con tanto tiempo libre, produje un libro de cuentos, otro de poesía, tuve la oportunidad de leer y releer placenteramente.

Hace un par de días un amigo me mostró la carta de un periodista y académico uruguayo, Leonardo Haberkorn quien renunció a seguir dando clases en la carrera de Comunicación en cierta universidad de Montevideo.  En una parte, su carta dice lo siguiente:

“Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro lo toalla”.

Yo no tiré la toalla. Comprendí, a la primera vez, que no nací para frustrarme. Que a lo largo de mi vida en periodismo, en literatura y en la cátedra universitaria he sido una mujer muy feliz. Y voy a continuar siendo feliz haciendo lo que verdaderamente me place.

Todo ser humano tiene derecho a la felicidad y a escoger el camino por donde va a encontrarse con ella, antigua amiga, dadora de equilibrio y placer. Siempre.