Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Una danza continua

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 07-01-18
Por: Arturo Monterroso
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El 26 de noviembre pasado publiqué Leer en la oscuridad, un artículo dedicado a la redacción y al trabajo del editor y del corrector de estilo. Y mencioné a Roberto Zavala Ruiz, un acucioso profesor universitario mexicano, experto en la materia, quien, en El libro y sus orillas (Fondo de Cultura Económica, 2012) describe el proceso por el que pasa un texto, desde la escritura hasta su publicación. Producir un libro, dice, “es una danza continua del original”, que va “del autor a la editorial, del jefe de producción o coordinador editorial al corrector de estilo, de éste al autor, al jefe de producción, al editor, al corrector y nuevamente al editor, en un proceso de limpieza continua…”, hasta llegar a la etapa tipográfica. Otra cosa es cuando se trata de una traducción, que exige algunos pasos previos a la revisión de los originales ya escritos en español. Por supuesto que Zavala se refiere al mundo editorial mexicano y de algunos países de América Latina y, de manera implícita, también a la edición de libros en el mundo desarrollado. En Guatemala parece que todavía estuviéramos en los albores del segundo milenio de la era cristiana, cuando el señor Sheng acababa de inventar en China la imprenta de tipos móviles, porque el trabajo de edición es todavía una labor incipiente y poco comprendida entre nosotros.

Escribir un libro es un trabajo arduo. Publicarlo, como ya vimos, necesita de unos pasos más. Ya se trate de una obra de ficción, de un artículo o de un ensayo; de unas memorias que nos parecen imprescindibles para la posteridad o simplemente interesantes o divertidas; de un libro de historia, geografía o política; del resultado de una investigación científica, de un texto ilustrado; de una selección de fotografías, de un sesudo volumen de reflexiones o de un proyecto didáctico, es imprescindible conocer los rudimentos de la escritura antes de sentarnos frente al monitor de la computadora, porque no basta la inspiración, el talento o la audacia. Y no se puede obviar un buen manejo del lenguaje, así como un conocimiento sólido de la gramática, la ortografía y la sintaxis. Ya sé que la mención de estas palabras produce en muchas personas un molesto sarpullido, una terrible eflorescencia, un rash, para quienes les cuesta el español y consideran que conocer el sistema de la lengua y sus reglas es algo molesto y prescindible; no más que una atadura y la necedad de quienes no comprendemos que el idioma es una bestia libre y alada que no acepta el cautiverio.

En efecto, la lengua es una bestia libre, pero puede volar porque conoce las reglas de la aerodinámica. En fin, esto nos trae de nuevo a la discusión de lo correcto y lo incorrecto, que mencioné en Leer en la oscuridad. Por eso el trabajo del corrector de estilo necesita de conocimiento, pero también de flexibilidad para comprender que, como explica Zavala, las reglas se deducen de los hábitos lingüísticos de los hablantes y no de la autoridad incorruptible de la Academia española, en la que el profesor mexicano encuentra una “actitud neoimperialista”. De manera que el corrector debe ser lo suficientemente sensible “para advertir cuándo lo correcto ha perdido esa calidad, y viceversa”, cuando lo que antes se condenaba, ahora es correcto. Basta ver cómo se incorporan nuevos vocablos al diccionario y cómo debe prescindir de muchos términos que han perdido el sentido porque ya no existe el contexto en que fueron creados. O cómo hay palabras que se devoran el significado de otras, tal el caso de “plagiar”, que significa “copiar obras ajenas” y, en algunos países de América Latina, como Guatemala, también “secuestrar a alguien”. O “nivel” que se engulló el significado de “piso”. En fin, quedan varios cabos sueltos para un próximo artículo.

>arturo.monterroso@gmail.com

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