Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

La inseguridad

La sociedad contemporánea es, más que temerosa, una sociedad angustiada. Angustiada por el fin del mundo, por los desastres naturales, por las guerras químicas, atómicas y la desaparición de la humanidad.

Fecha de publicación: 07-01-18
Por: Oswaldo Salazar
Más noticias que te pueden interesar

Como el resto de las ciencias, la filosofía también se alimenta de la experiencia. Es por ello que, cuando revisamos la historia del pensamiento, es fácil ver que no todos los conceptos que hoy se acumulan en enciclopedias y diccionarios existieron desde los siglos de los Presocráticos, ni siquiera incluso desde la época de la filosofía académica griega.

Con el tiempo, los cambios culturales, los retornos interpretativos al discurso de filósofos del pasado y, sobre todo, con los vacíos y las insuficiencias de los lenguajes científico y cotidiano que nos preceden, la historia de la filosofía registra momentos en los que ha sido necesario incorporar conceptos nuevos a la reflexión.

Hoy en día, si tomamos en cuenta lo que podríamos llamar “preocupaciones transversales”, es decir, cuestionamientos que atraviesan las diferencias culturales, económicas, sociales, de género o generación, podría afirmarse que alguna reflexión filosófica se ocupa del sentimiento que esas preocupaciones provocan.

Pienso, por ejemplo, en la creciente inquietud por la inseguridad. Un sentimiento que no pertenece por completo al siglo XXI. Se empezó a sentir, podría decirse, desde la dramática caída del Antiguo Régimen y el estallido de la Revolución Francesa. Las élites aristocráticas y clericales de la Europa ilustrada experimentaron el trauma de una pérdida. La pérdida no solo de la seguridad, sino de los presupuestos antropológicos, sociales, metafísicos e incluso teológicos que legitimaban su supuesta condición natural de autoridad. El carácter absoluto de la monarquía se hizo relativo a lo largo y ancho del territorio europeo con las guerras napoleónicas; la matemática infinitesimal, que tiene como eje la idea de límite, introdujo la perspectiva analítica en los antiguos espacios geométricos; la espiritualidad ignaciana, después de por lo menos un siglo de metafísica contra reformista y reformulación teológica de la pastoral, empezó a plantear la cuestión de la inculturación de la fe y, con ello, puso en duda los métodos tradicionales de evangelización; y finalmente, por esos mismos años, la filosofía se preguntaba por primera vez por los límites del conocimiento de la naturaleza en la Primera Crítica kantiana.

Ahora bien, si recordamos que Kant intenta sanar ese trauma de pérdida planteando el Imperativo Categóricocomo el fundamento definitivo de la moral, podríamos preguntarnos: ¿en qué momento la filosofía da un testimonio inequívoco, desesperanzado e irreversible del trauma de la pérdida de esa seguridad que proviene de la convicción del absoluto?

Me atrevería a decir que uno de los momentos claros es la filosofía de los afectos de Søren Kierkegaard. Más específicamente, su doctrina de la angustia. Kierkegaard introduce la angustia en el seno mismo de la libertad y, con ello, la despoja por completo de su carácter positivo. La angustia, nos dice, es el vértigo de lo posible y, como tal, no tiene un objeto determinado. Pensemos, por ejemplo, en el caso del seductor: el Don Giovanni de Mozart, el Tomás de Kundera. La noción de angustia está, de alguna manera, ligada indisolublemente a las ideas de indeterminación e incertidumbre.

En el mundo globalizado del siglo XXI no somos ajenos a este sentimiento. La sociedad contemporánea es, más que temerosa, una sociedad angustiada. Angustiada por el fin del mundo, por los desastres naturales, por las guerras químicas, atómicas y la desaparición de la humanidad, por la muerte inesperada derivada de un acto terrorista arbitrario e impredecible; por el vecino que así como puede ser un fanático religioso, puede también ser un inmigrante ilegal que amenaza mi trabajo, mis costumbres. Y esos objetos de temor no se organizan jerárquicamente de tal forma que la angustia que provocan no puede tener un objeto concreto.

Pero Kierkegaard vivió en el mundo romántico. Entonces, ¿cómo llega a nosotros esa preocupación en la filosofía? Una respuesta es que nos llega con la meditación heideggeriana sobre el significado de la técnica. Una meditación ambigua ya que Heidegger la justifica durante la Segunda Guerra Mundial como una tendencia que encuentra su auténtico sentido en el seno del proyecto Nazi, es decir, en las manos de un pueblo que, en cuanto pueblo, ha encontrado su destino; pero en sus últimos años, cuando era imposible una defensa “ontológica” del nacional socialismo, la señala como uno de los síntomas claros del das Mann, el hombre masa separado del fundamento por la razón instrumental.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología de los últimos dos siglos, ha generado lo que la teoría social contemporánea ha dado en llamar una “sociedad de riesgo”, una sociedad en cuyo núcleo habita una paradoja: mientras más confianza inspira el discurso de una ciencia que progresa, al mismo tiempo se produce una sociedad más dependiente de la tecnología. Y sucede que los productos de esa tecnología (el avión, el teléfono, el internet, por ejemplo) son completamente desconocidos para nosotros, no sabemos cómo están hechos ni cómo funcionan. En consecuencia, no podemos sentirnos seguros de ellos porque los servicios que nos brindan están siempre en manos de alguien más. Así, es paradójico que mientras la ciencia inspira más confianza como un discurso certero y universal, nos hace sentir más inseguros. Íntimamente, nos dice Jacques-Alain Miller, cada uno de nosotros sabe que, cual queso gruyére, el “sujeto supuesto saber” está lleno de agujeros y avanza a ciegas.

De ahí que una de las actitudes típicas del ser humano contemporáneo sea la búsqueda de seguridad. Buscamos reducir el riesgo al máximo en las relaciones amorosas, en la salud, en la planificación de la familia, en los negocios. Hemos objetualizado nuestro propio ser. La publicidad comercial nos vende sus productos potenciando el sentimiento de que nosotros mismos somos nuestro bien más preciado: “Enjoy!”, “Be yourself!”, “Carpe Diem”; y hoy como nunca ha florecido nuestro interés por el cultivo del cuerpo: el Body Building, el Jogging, el Fitness. En lugar de volver al hogar al final del día, vamos al Gym a contemplar nuestra imagen en paredes espejo.

Detrás de estas actitudes hay una angustia fundamental… y la angustia se traduce en miedo y desconfianza. Vivimos en sociedades ultra desarrolladas, con cámaras en cada calle, con dispositivos electrónicos que nos dicen cómo llegar a nuestros destinos, que nos permiten ver y hablar con personas en cualquier otro lugar del planeta, y sin embargo, la muerte nos acecha en cualquier esquina, en cualquier discoteca o concierto al aire libre, en las estaciones del transporte público, en los centros comerciales e incluso en las iglesias. El terrorismo, en el primer mundo, y la nueva delincuencia, en el tercero, han convertido la muerte en algo cotidiano, la han traído a vivir a nuestro lado y la han devaluado, ya no significa lo que solía significar en tiempos pasados cuando estaba reservada a las grandes tragedias, al honor y el heroísmo, a los magnicidios. Le han cambiado incluso su temporalidad. Antaño, cuando la muerte pasaba a nuestro lado producía el efecto de detener o hacer más lento el curso de los eventos. Hoy la muerte se mueve al mismo ritmo con el que vivimos, al ritmo de la noticia, del “scrolling” de la pantalla del Facebook o del Twitter.

La sociedad de riesgo… y lo que ello implica: el temor a flor de piel, y allá en el fondo del corazón, el temblor, la angustia. El culto a una felicidad basada en la materia engendra el miedo. La busca obsesiva de seguridad es la pasión de la sociedad moderna y, por el hecho mismo de ser una pasión, está al servicio de la pulsión de muerte. Vivimos en ciudades llenas de trincheras, en territorios vigilados por satélites y recorridos por fuerzas internacionales; la burocracia crece a la par de la desconfianza… y la angustia asedia nuestra existencia tecnificada.

Etiquetas: