Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Week-end en Guatemala o un Asturias más cercano a la sociología de la literatura

Fecha de publicación: 10-12-17
Por: Mario Alberto Carrera
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Casi todo lo que se ha escrito dentro y fuera de Guatemala, en torno a lo que ocurrió y se urdió para que sucumbiera Jacobo Árbenz y sus planes y proyectos de gobierno (pero especialmente la invasión desde Honduras, los bombardeos, la penetración invasiva del llamado Ejército de Liberación por el Oriente de Guatemala; las diversas estrategias y procedimientos militares que se emplearon y el enfrentamiento de quienes ya habían sido dotados de tierras por la Ley Agraria con los que fueron expropiados ¡y las batallas incluso familiares que esta contienda guatemalteca propició!) constituyen los asuntos, fuentes, personajes, acciones y temas de este obra que, en volandas, intento analizar: Week-end en Guatemala.

No es una novela. Pero tampoco un libro de cuentos, stricto sensu, en el sentido en que los relatos –breves y largos– que lo integran, lo sean rigurosamente, aceptando desde luego el amplio espectro que la estética actual del cuento permite, en su gran revolución estructural del último medio siglo o acaso desde un poco antes.

Week end en Guatemala es un manojo de relatos que Asturias ¡muy consternado y resentido ante la agonía y pasión del gobierno de Jacobo Árbenz, del cual no solo era ideólogo –desde la distante torre de su literatura– sino también alto funcionario!, pone a los pies de los arbencistas caídos, a los que gestaron y dieron aliento a la gran revolución octubrina, a los de los campesinos, los indígenas, a los grupos populares. Y, sobre todo, luctuoso homenaje a los agraristas. O sea, a los que animaron la reforma agraria. Gloriosa Ley Agraria o Decreto 900.

Este atado de relatos fue redactado en 1955 meses después de que, como un can apaleado y sarnoso, el tan admirado por Asturias, Árbenz Guzmán, tuvo que abandonar Guatemala, después de que el llamado Ejército de Liberación Nacional y su repulsivo caudillo Carlos Castillo Armas, con la zorra complicidad de los Estados Unidos –los Eisenhower y los Dulles– tumbaran el templo revolucionario de los obreros y los campesinos ¡y de los indígenas!, erguido en vano. Vano ante los cascos de los del Apocalipsis.

Este libro, redactado y publicado en un muy histórico 1955, aparece en aquel momento aún cubierto por el llanto mortificado y atribulado del novelista. Y –arrostrado a la impotencia y frustración en que se experimentaba hundido, de cara a la petulancia de “la Liberación” y sobre todo por el dolor ante la violación de nuestro territorio por aviones militares y de combate, que partían de bases norteamericanas camufladas y negadas– se propone y dispone escribir un genuino documento-literatura, que testimonie la presencia e invasión de los de Xibalbá que, con la entrada de “la Liberación”, revalidan los ritos de la Conquista y la Colonia devastadoras.

Este libro pertenece al campo de la literatura. Pero, dicho muy libremente, ¡es historia! Y es del campo de la Historia. De unos anales que nos relatan un retroceso, un aborto, una involución: un tremendo rasgón sangriento. Un hundirse, nuevamente, en el anacronismo colonial y en la invisibilización y descalificación del indígena, del obrero, de los estratos más inferiores del tejido social.

Solo el último de los cuentos no es de fuente propiamente histórica ni, menos, documental. Me refiero a Torotumbo, un relato mágico imaginario, en clave levemente folklórica. Aunque el desenlace de esta narración larga, sí que encadena con la temática general de la obra, fincada en el rol que lo literario ha de jugar –obligadamente– en la estética de la Sociología de la Literatura. Y que en este caso consiste en que, al final, estalla –bomba terriblemente letal– el disfraz del diablo Carne Cruda, relleno de dinamita, ante los perversos alter ego de “la Liberación”: el nuncio, el arzobispo y el Libertador de la Liberación.

Derivado del estallido mortal del bombazo y extinción de los malditos personajes que ahogaron a la Revolución del 44, el pueblo de nuevo “toma lo que le pertenece”, y “sube a la conquista de la montañas, de sus montañas, al compás del baile del Torotumbo”. Y repite, insiste y subraya Asturias en el texto de esta narración prolongada: “El pueblo ascendía hacia sus montañas, bajo banderas de plumas azules de quetzal, bailando el Torotumbo.” Como una especie de vaticinio de las guerrilleras montañas de nuestra guerra civil…

La violación brutal de la pequeña indígena Natividad Quintuche, estupro consumado por Estanislao –el decrépito y repugnante alquilador de disfraces en la morería– podría también ser una alegoría. Natividad es Guatemala y el propietario de la morería, Castillo Armas. Pero necesitaría más espacio para demostrar tal intuición. Conviene decir que, es en este cuento de Week-end en Guatemala, donde Asturias pone la mayor carga poética, resuelta en una prosa siempre asombrosa e inesperadamente seductiva y cautivadora.

Los demás relatos de este texto casi sociológico –y por lo tanto, dicho sea de paso, muy accesible a toda clase de lectores y estudiantes de secundaria– no asumen para nada el surrealismo folklórico de Torotumbo. Ellos son: Week-end en Guatemala, Americanos Todos, Ocelote 33, El Bueyón, Cadáveres para la Publicidad y Los agrarios. Sin que los podamos llamar mera o netamente documentales, se esfuerzan por ser lo más fieles a los acontecimientos políticos –pero sobre todo militares y de acción castrense– que se produjeron para obligar brutalmente al derrumbe, el tumbe y la vejación descomunal de la Revolución del 44 y de su líder máximo Árbenz Guzmán. Cuyos proyectos: hidroeléctrica, carretera al Atlántico y reforma agraria –tan odiada por los Dulles– los enfoca Asturias en este haz de relatos como la dinámica que hubiera hecho avanzar a Guatemala, hacia una estructura capitalista industrial, con obreros y campesinos en equidad.

El primer relato es el que da nombre a todo el libro: Week-end en Guatemala  y en él Asturias nos cuenta (entremezclando e interpolando la historia fantástica de una mujer que desaparece como si fuera vapor) uno de los aspectos y modalidades de la directa intervención de los Estados Unidos en la política, soberanía y en el destino de Guatemala –durante la primera mitad de 1954– en los umbrales y preparativos hondureños para el derrocamiento de Árbenz.

Asturias nos cuenta –casi como si fuera un verificable artículo periodístico– que un avión de los Estados Unidos deja caer –en las propias goteras del poblado del puerto de San José, en el Pacífico– grandes contenedores con armamento –empleando paracaídas– hecho que realmente ocurrió. Un soldado del army debe recoger esas armas y entregarlas a su embajador en la capital (Mr. Peurifoy) quien a su vez las distribuirá entre los subversivos de extrema derecha. Pero el soldado que se mantiene ebrio –y que ha cerrado mal el camión– va dejando caer municiones y armas a lo largo del camino de retorno a Guatemala. El gobierno del Presidente (Árbenz) denuncia el complot en su contra y el asunto se publica en los medios de aquellos días.

El interés de Asturias, en este cuento, es dejar constancia y testimonio, empleando el objeto literario –en terminología de Kayser– de la directa, descarada y cínica intervención de los Estados Unidos, mediante el gravísimo y letal canal de armas de fuego y municiones, tal vez como un eco de Picasso y su denuncia por medio del Guernica, en clave plástica: la España Republicana hermana de la Guatemala revolucionaria…

En Ocelote 33, Asturias expresa otro aspecto que los hechos históricos del 54 engendraron y prohijaron esperpénticamente. Esto es, la infidelidad, la traición y la escisión nacional y familiar. Porque, en su día, hubo quienes entregaron a sus padres, esposos e hijos a la causa del “Libertador” Castillo. En este texto lo sentimental y lo afectivo están en juego de cara a los intereses y a la ambición. Es el relato más intenso –en el contexto de lo político– de Week-end, por el estremecimiento que produce en el lector, al mezclar la infidelidad sentimental con la traición de los conjurados. Y el triángulo emocional y sexual, con el afán desbocado del poder.

El conflicto que por aquellos días se suscitó en torno a la reforma agraria, la Ley Agraria y el Decreto 900; su concepción, puesta en práctica y consecuencias y reacciones de la Frutera (los Dulles) y de los rancios terratenientes nacionales, Asturias lo pinta de bulto y lo perfila y determina en el cuento Los Agrarios. En él confronta –efervescentes y crispados– a los dos grandes bandos en disputa.

El final y desenlace de Los Agrarios es similar al de la novela Los Ojos de los Enterrados, cuando en ella, Asturias, termina su texto proclamando y prenunciando: “Cierra los ojos –se le oyó balbucir– y fueron sus últimas palabras. Cierra los ojos… no veas… espera a que tu país vuelva a ser libre…”.

Enrostrado al envolvente, reburbujante y cimbrante barroco asturiano (presente en sus textos del realismo mágico tan celebrado por sus fantasmagóricas y/o luminiscentes figuras) Week-end en Guatemala resultará –al lector ávido de metáforas alucinantes y acaso alucinógenas– un tanto despojado de artificio estético, en una clave más parecida a la de Hemingway que a la de Carpentier: su par en el cultivo de un arte que ha de dejar atónito a su catador.

Por ello, y para cerrar este análisis con recomendaciones prácticas en el 50 aniversario del recibimiento del Premio Nobel por nuestro Asturias, es este libro el que yo recomendaría –tras 30 años de ejercicio docente en la Usac– para lectura “obligatoria” en la secundaria y en los básicos de la Universidad. Y no, en cambio, Leyendas de Guatemala, casi inaccesible a un lector en ayunas de prerrequisitos indispensables para escrutar –por ejemplo– el Cuculcán, de Leyendas…

Week-end en Guatemala es una obra básica para la formación histórica y sociológica de la juventud guatemalteca, necesitada de conocer su pasado glorioso –de las gestas del 44– que cosieron con inmarcesible amor el tejido que aún quejumbrado –pero transgresor– nos arropa.

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