Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Memorias del “Cuyito”

Fecha de publicación: 10-12-17
Por: Gloria Hernández
Más noticias que te pueden interesar

Aquel fue un día que jamás pensó que iba a vivir. Un temblor casi imperceptible le recorría el cuerpo y muchas dudas asaltaban su mente. El cansancio del vuelo, la diferencia de horario y la emoción de verlo nuevamente se alternaban en él. Los trajes de las tallas correctas colgaban en el armario del hotel, cuidadosamente dispuestos por alguien encargado de que la ceremonia saliera perfecta. Después de comer, se dispusieron a vestirse. Nunca se había puesto un frac, así que empezó por conocer las partes del atuendo para entender cómo había que usarlo. Una por una, puso las piezas sobre la cama. Su padre hacía lo suyo, pero con mucha mayor habilidad. Él tampoco se había “disfrazado” así, decía y tomaba el asunto con sentido del humor, mientras se arreglaba. Entonces lo vio, de pronto, más alto que nunca, noble y gallardo… “Pero no te quedés ahí sentado –le dijo– vení, te ayudo”.

Como antes, como cuando era niño, su papá lo asistió con la sencilla tarea de vestirse. De primero con la camisa de hilo blanco, de pechera dura y cuello alto, con puños de doble ojal. Mientras sus recias manos se afanaban con los botones de perla, recordó sus atesorados mensajes, en la voz materna: “Miguelito: Me cuenta tu mamá que mi carta anterior la guardas con gran cariño. Así se hace, Duendecito. Yo espero que pronto sepas escribir, como Rodrigo, para recibir tus letras. Te mando un cuento que me contaron para que te lo contara”. Después, vinieron el chaleco cruzado, de moaré blanco y la chaqueta negra, con faldones caídos y solapas en seda mate. Por último, se dedicó con todo esmero a anudarle en el cuello la pajarita en piqué blanco y a colocarle las mancuernillas. Dentro de él resonaban palabras de otro tiempo, “¿Cómo está, mi cielo? Espero que muy bien, muy bonito, apurado en el colegio y obediente con su mamá…”. Con igual cuidado, pasó un pañito de fieltro sobre sus zapatos de charol, se calzaron y se vieron al espejo. “Cómo nos vemos, Cuy?”, le preguntó. Totorequitos, respondió el hijo y salieron del hotel, rumbo a la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura. Podía recordar las ausencias de su padre en ese momento, pero se sostuvo mejor en su ternura. La solemnidad de otra voz lo sacó de sus cavilaciones: “Nos complace saludarlo como a un representante eminente de América Latina, de sus pueblos, de su espíritu y su futuro”.

Miguel Ángel Asturias Amado, generoso como su padre, nos comparte una faceta íntima, acaso la menos conocida de la vida de Miguel Ángel Asturias. Se dedica, durante este año, con mucho empeño, en darla a conocer, con el afán de complementar la semblanza de nuestro escritor mayor. Y digo complementar, porque su obra ha sido objeto de innumerables estudios, investigaciones e interpretaciones. Sin embargo, deviene necesario resaltar la dimensión de la compenetración que nuestro Nobel tuvo con el arte, considerada desde la perspectiva de La esencia de la poesía de Heidegger: un poeta, un artista, debe ampliar su dimensión espiritual en relación con su arte, recreándose esencialmente en las cosas sencillas, resguardando los espacios íntimos, intentando una “existencia poética” en todos los aspectos de su vida. Y, a partir de ahí, crecer. Con vitalidad y vehemencia. De similar manera como lo hicieron otros titanes de la literatura como Tolkien, Pessoa u Onetti, capaces de construir universos completos, con su propio ritmo, personajes, cadencias, lenguaje, atmósferas, duendes y demonios. Obras que incluyen a todos los interlocutores, porque comprenden que el mundo no está compuesto únicamente por adultos, o solo por hombres o mujeres. Una “existencia poética” abarca todos los ámbitos del ser, resuelve hasta los detalles más familiares, por medio de la poesía. Y, de esa vivencia de su padre, Miguel Ángel Asturias Amado, Cuy o Cuyito, da fe. Algunos estudiosos han puesto de manifiesto este hecho subrayando la importancia de los textos escritos para niños de Asturias. Y me uno a ellos ahora, destacando su origen en la intuición asturiana acerca de la necesidad de escribir para niños, con otra voz, desde otra perspectiva, teniendo en cuenta la edad y las características de su interlocutor.

Asturias para niños

Asturias escribió una sola obra “para niños”, por encargo que le hizo la editorial G. P., la cual se publicó en Francia, a finales de 1973. El Hombre que lo tenía Todo Todo Todo es una novela estructurada en seis capítulos que, debido a su complejidad, no puede considerarse plenamente como literatura infantil. El intento resultó en una obra muy rica en referentes simbólicos que, paradójicamente, la alejan de la comprensión de un interlocutor niño. La escritora e investigadora Irene Piedra Santa, en su afán por rescatar la literatura infantil y juvenil escrita en Guatemala, estudió con atención esta novela y destacó su valor como novela juvenil, por cuanto discurre sobre temas preferidos por los lectores jóvenes, como el afán por la riqueza, la ambición, la relación del ser humano con la naturaleza, el poder y el amor. Además, leyó detenidamente cada uno de sus capítulos y descubrió que el número seis constituía un universo en sí mismo y que era adecuado para lectores desde los nueve años. La calidad de los diálogos, los nombres y las semblanzas de los personajes: El hombre que lo tenía Todo Todo Todo, Nickela, Espejito con Ojos, Lucernino y los árboles; la enumeración de elementos referidos al mundo infantil y al adulto; el manejo del lenguaje; la posibilidad del juego que se propone de eliminar los pronombres posesivos y la relación que se entabla entre los miembros de una familia son temas altamente atractivos a los lectores niños que están descubriendo el mundo y que poseen un nivel de comprensión que supera el de la primera infancia. De esa manera, este cuento ha resultado muy afortunado por cuanto ha sido llevado al teatro, al teatro de títeres, a la ópera, por el músico guatemalteco Joaquín Orellana y, además, el capítulo seis fue publicado de manera independiente por la Editorial Piedra Santa, bajo el cuidado y la selección de Irene.

Por otra parte, escritos con mayor fortuna y apego al registro de la literatura infantil, según mi opinión, están Los cuentos del Cuyito. Y aquí es donde considero que se honra la propuesta de Heidegger, mencionada con anterioridad. Escritos para sus hijos pequeños, es decir, tomando en cuenta unos lectores de seis y ocho años (un interlocutor ideal y específico), estas historias geniales fueron escritas en Guatemala y enviadas en cartas de un tono íntimo, determinado por su quehacer literario, hasta México. Estas cartas fueron escritas el 23 de enero, el 5 y el 19 de febrero y el 5 y 20 de marzo de 1947 y los cuentos contenidos en cada una de ellas describen situaciones felices que viven familias de personajes animales. Paralelamente a la escritura de estos cuentos que idealizan la vida familiar, Asturias escribió los Sonetos de amor acongojado, en los cuales se lamenta por la crisis que vivía en esa época con su esposa, doña Clemencia Amado. La añoranza por la vida familiar armoniosa y cotidiana y el dolor de perderla fueron interpretados, en su momento, por medio de la literatura infantil y la poesía. Es decir que hicieron parte de una “existencia poética”.

Los cuentos del “Cuyito”

Los cuentos del Cuyito son cinco: La palomita verde, Corazón de aguacate, Zopilotes blancos, La maquinita de hablar y Clarín clarinero. Están contenidos en la segunda parte de la novela El alhajadito y presentan similares características lúdicas a las de sus obras de teatro y de su poesía: la libertad y el juego permanente con el lenguaje; la manifestación de su cadencia interior; el uso de elementos de valor simbólico y figuras de pensamiento; la capacidad de síntesis y de asociación; más la posibilidad de una participación activa por parte del lector para decodificar e interpretar el mensaje implícito en cada obra, leerla en voz alta o, incluso, dramatizarla. Por otra parte, estos cuentos revelan una amplia comprensión del género lo cual sugiere que Asturias no era ajeno a este registro. Por ejemplo, en ellos se utiliza una trama lineal y un tiempo y un lugar inherentes a la Naturaleza: “Más luego que el fuego…”, “En lo más alto de un pino…”; se recurre a imágenes de maravillosa sencillez, aunque no por ello triviales: “La maquinita de hablar”, “(…) un palomín verde hijo de un limón!”; se emplea un estilo muy ágil y dinámico que se no se detiene mucho en la descripción de personajes o lugares para ganar tensión narrativa; además de explorar el sinsentido, el absurdo, la hipérbole y otros recursos humorísticos con gran éxito: “(…) el aguacate, más que un fruto, era un perico echado”. Por último, la característica sobresaliente de estos cuentos es que están narrados casi en su totalidad, por medio de unos diálogos muy prestos y agudos que evidencian referencias a la sociedad y la celebración del entorno familiar y, a la vez, favorecen a un final muy espontáneo para cada uno de ellos.

El lenguaje es el ámbito natural del ser humano, según Heidegger; un sitio propicio para su desentrañamiento o, como él lo llamó, “la casa del ser”. Las palabras surgen de la percepción significativa del mundo y así, en ese diálogo eterno, Asturias nos propuso la posibilidad de habitar ese territorio infinito, en aras de la autoindagación. Los registros diversos que albergaron las búsquedas asturianas no restringieron la imaginación del autor. Por el contrario, atento siempre al lenguaje, intuyó que la existencia verdadera solo puede resolverse por medio de la poesía. Ese es uno de sus legados más importantes para todos sus lectores. Quizá Miguel Ángel Asturias Amado no lo tenga “Todo Todo Todo”. Sin embargo, posee el tesoro de su memoria y la nobleza para compartir los mensajes paternos, con los niños del mundo. Las cartas paternas pudieron haberse quedado guardadas en algún cajón del pasado. Cuyito rescata sus memorias del amarillo del tiempo y da cuenta de la poesía que encarnó y escribió su padre para que su voz llegue también a los más pequeños con los ecos eternos de su genialidad.

 

Monterrico, noviembre 2017

Etiquetas: