Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

De la grandeza al escarnio

Fecha de publicación: 10-12-17
Por: Luis Eduardo Rivera
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Existen dos personajes, emblemáticos en la literatura guatemalteca, cuya enorme estatura como escritores se encuentra en relación directa con los innumerables vilipendios recibidos a lo largo de su vida, pero sobre todo a lo largo de su posteridad, y principalmente por los mismos guatemaltecos. El primero de estos personajes es Enrique Gómez Carrillo; el segundo, Miguel Ángel Asturias. Yo no dejo de preguntarme qué es lo que empuja a nuestros compatriotas a asumir una actitud de rechazo y descrédito frente a estas dos figuras cimeras de nuestras Letras; en vez de sentirse orgullosos de poseer dos gigantes literarios entre nuestra galería de escritores, los injurian, basándose por supuesto en sus actos más criticables, pero jamás en sus obras, a las que por lo general desconocen. Un autor o una autora, por más grande que este o esta sea, es ante todo un ser humano, con defectos y virtudes, como todo el mundo. Es en su obra en donde este o esta intentará dejarnos lo mejor de sí. Lo demás no es más que bagazo, desperdicio, carroña, que solo puede interesar a las hienas o a los cerdos.

Del caso de Enrique Gómez Carrillo, ya me he ocupado en varios trabajos. Por suerte, desde hace quince años, cuando apareció en elAcordeón el primero de estos (El Hijo Pródigo) hasta nuestros días, he podido notar que el interés por la obra y la personalidad de Gómez Carrillo ha ido aumentando y sus libros han empezado a reeditarse, gracias, por una parte, a la devoción y el esfuerzo de algunas personas por revalorizar la imagen de Gómez Carrillo y, por otra, a la labor desplegada por la Asociación que lleva su nombre.

Hace dos años, si mal no recuerdo, leí en el espacio de este mismo suplemento un artículo escrito por un conocido historiador guatemalteco, en el cual, valiéndose del criterio de autoridad local que le otorga su prestigio académico, soltaba una serie de acusaciones más que resobadas hacia la persona de Miguel Ángel Asturias, propias de la mentalidad dogmática e intolerante de corte estalinista que animaba –y desgraciadamente veo que todavía anima– a una parte de la izquierda conservadora cada vez más obsoleta. Para justificar sus argumentos, este señor se basaba, por un lado, en opiniones escuchadas por conocidos suyos, a veces de oídas por no decir chismes, conducta que me resulta totalmente incongruente con la actitud de un historiador riguroso; por otro lado, tomaba como referencia el libro escrito por Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias, casi novela, en el cual Cardoza apenas logra disfrazar sus celos con respecto a la estatura literaria de su colega y competidor literario (a quien él llama con insistencia mi amigo, pero a un amigo, digo yo, no se le llena de injurias), un libro bastante engañoso, ya que, con el pretexto de enaltecer la obra de Asturias, Cardoza se lanza a enumerar una serie de anécdotas y juicios que en el fondo lo que intentan es ensombrecer el prestigio del autor de El Señor Presidente. En Guatemala las líneas de su mano y luego en El río Cardoza emite muchos juicios morales igualmente tendenciosos y degradantes contra la figura de Enrique Gómez Carrillo. Se diría que el gran poeta y ensayista no soportaba que estos dos grandes creadores le hicieran sombra en cuanto a su sitio en la posteridad. Tanto Gómez Carrillo como Asturias poseían personalidades proclives a los excesos, eran dos temperamentos bohemios, dionisíacos, excesivos, cada quien a su manera; mientras que Cardoza y Aragón siempre fue un cerebral y recatado apolíneo, y sobre todo un moralista.

Otro de los detractores de Miguel Ángel Asturias desdeñó recibir el Premio que lleva su nombre, argumentando que este, en su juventud, había escrito una tesis de licenciatura de carácter racista. Ciertamente, El problema social del indio fue una tesis ingenua, torpe y apresurada, aunque, al mismo tiempo, muy dentro de la línea de las ideas que predominaban en la mentalidad guatemalteca criolla y ladina durante los primeros años del siglo XX. Es de sobra conocido que las tesis de licenciatura son, en su mayor parte, redactadas con el propósito casi exclusivo de obtener el tan ansiado diploma universitario; en tales escritos, el rigor y la seriedad académica y científica generalmente brillan por su ausencia.

Pocos años más tarde, ya en Europa, luego de un profundo cuestionamiento de la mentalidad ladina con la que había vivido y en la que había sido educado, Asturias abjura de ese error de juventud, a tal punto que, a partir de entonces, centrará su narrativa en la reivindicación de la cultura y la civilización mayas, tomando el término “maya” en toda su amplitud.

El primer fruto de esta transformación se materializará en el sincretismo de Leyendas de Guatemala; más tarde vendrán otros productos de ese imaginario tan personal, en donde se entrecruzan, se confunden y se renuevan las dos vertientes culturales que constituyen el auténtico mestizaje de la obra asturiana, que la crítica bautizará luego como Realismo Mágico. Así pues, acusar hoy de racista a Miguel Ángel Asturias solo puede causar risa y traduce un deseo de notoriedad, un acto de oportunismo, o bien un desconocimiento del universo fabulatorio que anima toda la obra de este autor.

Con su narrativa, su teatro y su poesía traducidos a una treintena de lenguas, Asturias dirigió la atención de los lectores de todo el mundo hacia Guatemala, pero sobre todo hacia esa otra mitad que a él mismo le faltaba conocer y que constituye nuestro ser de mestizos, esa mitad que los guatemaltecos seguimos desdeñando.

El viaje de Gómez Carrillo hacia Europa, fue un viaje en un solo sentido. Aunque nunca renegó de sus orígenes guatemaltecos, como lo subraya la primera parte de Treinta años de mi vida, obra maestra de la novela autobiográfica, sus patrias de adopción fueron París y Madrid. El viaje de Miguel Ángel Asturias hacia el viejo continente fue, sin embargo, en sentido doble. Con su mentalidad de ladino, se sentía un europeo nacido en tierras americanas. Pero el destino quiso que en las aulas de la Sorbona de París asistiera a las clases que impartía el profesor Georges Raynaud sobre Mitos y religiones de Mesoamérica. A partir de ese encuentro, su vida y sus preocupaciones intelectuales dieron un giro de 180 grados. El Miguel Ángel Asturias que hemos leído, nació en ese momento.

Gómez Carrillo murió en París, 1927; Asturias, en Madrid, 1974. Ambos representan dos puntales en el canon literario de nuestras Letras; Gómez Carrillo, como el renovador de la prosa literaria castellano, como cabeza, junto con Rubén Darío, del movimiento modernista. Asturias, como el autor de la primera gran novela americana sobre la dictadura, con El Señor Presidente, obra que renovó formalmente la novelística latinoamericana a finales de los años cuarenta del siglo XX, y como el fundador del Realismo Mágico, ese universo narrativo desbordante de imaginación. ¿Qué mejores motivos para sentirnos orgullosos contar entre nuestra galería de celebridades con estos dos geniales escritores? Sin embargo, nunca faltará algún pigmeo que intente ensuciar su posteridad con chismes y acusaciones dignos de una vieja solterona resentida, y con ello poder gozar de su minuto de gloria. Es eso lo que ha sucedido hasta hoy. Tal vez las nuevas generaciones de lectores de Miguel Ángel Asturias y de Gómez Carrillo puedan llegar a leerlos sin prejuicios. Cuando menos, eso es lo que espero.

Sobre Gómez Carrillo, puede decirse que el interés por su obra empieza a renacer en España y en su propio país. Sobre Asturias, he constatado con orgullo que el interés del lector no ha menguado, sus libros siguen estando presentes en los estantes de cualquier buena librería, tanto en español, como en otras lenguas. Asturias sigue siendo una referencia mayor de la literatura española y latinoamericana.

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