Miércoles 22 DE Mayo DE 2019
El Acordeón

Asturias: la reinvención de la palabra

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 10-12-17
Por: Arturo Monterroso

En sus Lecciones de literatura universal (Cátedra, 1996) el crítico catalán Jordi Llovet incluye, casi como una intrusión inevitable, a unos cuantos escritores latinoamericanos, entre quienes no aparece Miguel Ángel Asturias. Nada sorprendente porque a su trabajo de compilación le queda grande el título y se reduce, sobre todo, a la literatura europea. No discuto su valor, pero puede ser que haya algo de etnocentrismo en creer que el universo literario digno de mención se limita a Europa o al Occidente desarrollado. En fin, aunque a Asturias se le haya negado muchas veces el lugar preponderante que tiene en la literatura universal es importante recordar sus aportes al viejo oficio de trabajar con las palabras. Las palabras como materia prima para expresar la realidad más allá de lo tangible, a veces imprecisa o inexplicable a simple vista. Quizá de aquí parte la concepción del realismo mágico (un recurso adjudicado profusamente a la obra de García Márquez) y de lo real maravilloso, una idea propuesta por Alejo Carpentier en el prólogo a la primera edición de El reino de este mundo, una de sus más interesantes novelas.

Recordemos que el concepto de “realismo mágico” es europeo y que en sus inicios se aplicó a la pintura. El crítico de arte Franz Roh utilizó la expresión, en los años veinte del siglo pasado, para designar un movimiento de la plástica alemana cuyos rasgos realistas incluían algunos aspectos mágicos. También el historiador de arte Gustav Friedrich Hartlaub había acuñado la frase “nueva objetividad” para referirse a dos grupos de artistas que llamó “veristas” y “realistas mágicos”. Posteriormente, el escritor Arturo Uslar Pietri utilizó la expresión “realismo mágico” para referirse a algunos narradores hispanoamericanos que habían trascendido el realismo del siglo XIX y escribían ficciones que oscilaban entre la realidad, el misterio y la magia. Superado el prejuicio racionalista europeo, pero aún influidos por el surrealismo, desarrollaron una nueva percepción de la realidad en la que influyeron las culturas aborígenes precolombinas, la cultura popular, la leyenda y el mito.

Miguel Ángel Asturias fue uno de los escritores más significativos de la corriente del realismo mágico, junto a Carpentier, Borges, Rulfo, García Márquez y Cortázar, como apunta Estébanez Calderón en su Diccionario de términos literarios. Dice que recoge elementos de la cultura maya de Guatemala, junto a “descripciones de tono realista [y] visiones fabulosas enmarcadas en el mundo del sueño”. “En las novelas de Asturias –agrega– emergen fenómenos del subconsciente a través de monólogos interiores, recreaciones oníricas, alucinatorias, etcétera”. Basta el título de la primera parte de Mulata de tal para tener un ejemplo de esa riqueza híbrida de que se nutre su lenguaje: Brujo bragueta le vende su mujer al diablo de hojas de maíz. En efecto, a Asturias no solo le debemos un gran aporte al realismo mágico, sino una revaloración de la fonética en la literatura y un nuevo peso al significado de los vocablos, gracias a que encontró el modo de quitarle la cáscara a la música de la lengua: “¡Relamido! ¡Reliso! ¡Remañoso! ¡Resinvergüenza! ¡Hijuesesentamil! ¡Casado y, a juiciar por su bragueta parpadeante como mampara de fonda, en busca de una de esas que andando paren y dicen que son doncellas…!”. Sí, hay que volver al viejo Miguel Ángel para redescubrir, de tanto en tanto, el aroma de las palabras; su peso o su ligereza; su capacidad de crear imágenes que suenan con sus sabores: “Por allí pasaban las acarreadoras del pan –dice en El señor presidente– con la cabeza hundida en el tórax, comba la cintura, tensas las piernas y los pies descalzos, pespunteando pasos seguidos e inseguros bajo el peso de enormes canastos, canasto sobre canasto, pagodas que dejaban en el aire olor a hojaldres con azúcar y ajonjolí tostado”.