Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

UN CAMINO DE SIGLO Y MEDIO

Lo real cambia en el seno de la historia mientras adopta la forma política, en tanto lo racional se desarrolla y se formula en la filosofía; pero lo que es preciso tratar de entender es que lo real y lo racional tienden el uno hacia el otro.

Fecha de publicación: 03-12-17
Por: Rogelio Salazar de León
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Al ir terminando el mes de abril de hace ciento cincuenta años, de 1867, Karl Marx envía de Londres a Hamburgo, a su editor Otto Meissner, el manuscrito de ‘El Capital’; cuatro meses más tarde, ya en agosto, Marx comunica a su colega Friedrich Engels que acaba de corregir las pruebas; y en septiembre sale a la luz la primera edición del primer tomo de ‘El Capital’, con mil ejemplares.

Para decirlo de forma elemental, se puede iniciar diciendo que ese volumen contiene, de forma condensada y disimulada, veinticinco años de estudio y dedicación obsesivos orientados a la economía política moderna, liberal y burguesa.

El momento de ‘El Capital’ es el de la madurez, casi podría decirse que este es un momento otoñal para su autor, y el otoño es cuando el esplendor decae, cuando el verde claudica y las hojas se caen; El Marx maduro y viejo debió conformarse con algo que le hubiese costado aceptar de joven: a aquel de la época de los ‘Manuscritos’, de cuando sus intuiciones comenzaron a aflorar, en esa época él se imaginaba influir sobre la realidad concreta de forma inmediata mediante el periodismo y, hasta el panfleto, esto era mientras sus pasos transitaban entre Francia y Bélgica; pero una vez en Londres, en el imperio británico victoriano, debió aceptar con tolerancia el silencio, la sombra y la paciencia y con ello el estudio y la redacción de un tratado serio, sesudo y de larga duración, en todos los sentidos, que van desde su hechura hasta su influencia; Marx con la edad debió aceptar lo que marcaba a fuego su formación: una formación germánica y académica de filósofo.

Y, según Marx, habría que creer que los filósofos sí elaboran algo, pero ¿qué? ¿qué elaboran los filósofos? En términos muy generales, breves y simplones habría que decir que el filósofo elabora una visión de las cosas: cosmos, mundo, vida, etc… todo ello dispuesto en el interior de un espacio que a veces es luminoso, pero que a veces también es tenebroso, depende de los filósofos, de sus talantes, pero también del exterior, de las épocas; a veces hay cosas que el filósofo quiere cambiar, aunque no siempre ni todo, de hecho el filósofo casi nunca ha sido un revolucionario, porque la filosofía busca realizare en él y esto lo lleva antes a ser sabio, certero, coherente y, a lo mejor hasta vanidoso, antes que un revolucionario.

Tal vez pueda decirse que el Marx joven quiso y buscó ser un revolucionario, pero el Marx viejo debió conformarse con ser sabio y, en consecuencia, que uno de sus errores ha sido no percibir que, siendo sabio, quizá consiguió más y mejor el fin de su juventud; como si se hablase del doble fracaso o la doble realización de un hombre obtenida por la ruta de la renuncia y pese a los tonos opacos de una vejez anónima.

Lo real cambia en el seno de la historia mientras adopta la forma política, en tanto lo racional se desarrolla y se formula en la filosofía; pero lo que es preciso tratar de entender es que lo real y lo racional, a lo largo de una prolongada historia y de una interacción constante y perpetuamente dramática, tienden el uno hacia el otro; esto podría explicar el destino de Marx, y esto se parece mucho a una explicación hegeliana.

‘El Capital’ está inscrito en este devenir, lo cual quiere decir que ‘El Capital’, en tanto obra de madurez de su autor, es un intento por captar el devenir en su doble dimensión: real y racional, teórica y práctica, filosófica y política; todo lo cual no es poca cosa, por lo mismo, ha convertido al texto, si no en algo difícil, sí como poco, en un texto remoto y que ha sido, por tanto conocido a medias y, aun en círculos universitarios, conocido de forma fragmentaria y superficial.

De hecho, gente como el mismo Keynes que, sin ser un marxista, puede entenderse como un crítico al capitalismo en sus expresiones más feroces, da la impresión de criticar o refutar a Marx y a ‘El Capital’ sin haber estudiado seriamente al autor y al libro e, incluso, los marxistas dogmáticos y artesanales al defender las teorías de ‘El Capital’ lo han hecho con descuido y muchas veces desde la retórica de la receta; de modo que a los errores del propio Marx, como el señalado, hay que sumar los de sus opositores y, hasta los de sus seguidores, siendo desde luego todo esto parte del recorrido de ciento cincuenta años del cual aquí se trata.

Aquí sólo se pretende referir algunas cosas de carácter muy general, como cuánto va dicho, de ninguna manera se quiere perseguir el fin de esclarecer el cúmulo de principios sobre los que usualmente se acostumbra juzgar la eficacia o ineficacia, la verdad o la mentira del trabajo de Marx y de su obra de madurez, mediante una técnica de clasificación crítica o de exhaustivo escudriñamiento, para eso se necesitaría de otra tribuna y de otra disposición, de otro escenario y otro aliento; únicamente se trata de una aproximación indirecta y, como ya se sabe, de lo colateral, tangencial y sesgado no cabe esperar la certeza.

Dudas, incertidumbres, oscilaciones, diletancias, contradicciones que marcan una escena como la actual, y que para el caso del que aquí se habla parece haber durado ya siglo y medio; además que merece ser reiterado hoy, precisamente hoy, cuando los vientos ideológicos se cuelan de forma sutil y a veces no tanto por entre los más refinados engranajes de la ciencia.

No vaya ser que un simple comentario pretenda desviarse de su ruta natural y llegar a lo que pueda ser un camino rectilíneo y sin curvas.

En todo caso, puede ser que el viejo Marx haya dejado una trampa, como aquel que siente su casa asediada por ratas, y que podría consistir en desear opositores más que admiradores, de modo que quienes le hacen la guerra pueden ser quienes le hacen el más grande favor y cumplen su deseo y, por el contrario, quienes lo siguen con fervor y se forman en orden tras él pueden ser los indeseables y lo que le resultan menos interesantes.

Una cosa sí es cierta, digna de crédito, y es que Marx estaba bien enterado de que un texto que sigue la caligrafía dialéctica, mientras encuentre detractores y opositores, estará vivo; y por el contrario cuando encuentre sólo acuerdos y amabilidades estará muerto y enterrado.

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