Lunes 19 DE Agosto DE 2019
El Acordeón

La vida es(tá) revuelta

Conocida es nuestra decepción ante los manejos económicos, políticos y de todo tipo: cada uno, desde su trinchera, solo piensa en la cacería de quienes ocupan la trinchera de enfrente, solo para convertir a la patria en dos o más campos separados, para partirla y hacer de ella un solo campo de batalla.

Fecha de publicación: 12-11-17
Por: Rogelio Salazar de León

Visto lo visto, cada uno a su manera, todos o la mayoría de nosotros debemos habernos sorprendido asaltados ante la idea de que los arreglos racionales de una política fundada sobre la planificación, el orden y la ley sirven de muy poco o de nada en absoluto.

Se nos ha intentado enseñar que la vida debe vivirse dentro de los márgenes de un orden que garantice la convivencia, que de todo se puede hablar, que el diálogo siempre es posible como una instancia inclaudicable e irrenunciable; sin embargo, después de los acontecimientos recientes, al menos en Guatemala del 2015 para acá, puede comprobarse que ni siquiera el diálogo solitario del hombre con su propia voluntad es algo de lo cual cabe esperar grandes cosas.

Como padres, hijos, maridos, profesionales, patronos, asalariados, ciudadanos a la mayoría de nosotros nos conduce una razón que, en términos generales, es medianamente y más o menos conservadora y que, si acaso tolera la revuelta lo hace de forma dosificada, temerosa, o bien remitiéndola a lugares como el arte o la poesía.

De modo que la revuelta es algo con lo que, de cierta manera, estamos reñidos o cuando mucho, es algo que de una forma no del todo sincera simulamos tolerar; honestamente, la revuelta en estado puro nos asusta y, hasta nos espanta, a lo mejor porque creemos o queremos creer que hemos nacido para la razón y el orden, pero, según parece, antes que para la razón hemos nacido para el lenguaje y allí: en las palabras tienen cabida, tanto la razón como la sinrazón y el desorden.

Todo el tiempo o, desde épocas inmemoriales, nos ha gustado pensar que el mundo es continuo e inteligible, pero la verdad pura y dura es que nunca lo ha sido, en el mejor de los casos y en los momentos más felices, lo que ha existido son puntos brillantes rodeados de grandes zonas de oscuridad: el verdadero rostro del mundo es medio ciego, medio sordo, discontinuo.

Con todo esto existe el tiempo para la vida humana, un tiempo que aunque llegue a las ocho o nueve décadas sigue siendo ingratamente corto; pero además a la par de él existe un tiempo para las obras humanas: si escuchamos una fuga de Bach, si leemos Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, si contemplamos Las meninas de Velázquez sabemos, de algún modo, que hemos tomado contacto con algo, con una especie de cosa que ha sido adquirida para los hombres y ahí, presumimos, que ha comenzado a emitirse un mensaje continuo, claro e ininterrumpido, que no es siquiera ni del artista que lo ha creado, menos aún de quien contempla la obra; es algo que solo puede formularse por la obra misma, ni la inteligencia que la ha creado ni aquella que la recibe son dueñas de ella, es como si tuviese una vida propia.

Se puede ver, por ejemplo, a través de qué dificultades, de qué azares llega Cervantes a la formulación de su Don Quijote, a través de cuántos riesgos llega Cervantes a conseguir la expresión y la comunicación de su Don Quijote, es como si ni siquiera él mismo, como si el propio Cervantes no supiese si va a alguna parte, es como si el mismo caminase solo entre la niebla, es como si su paso fuese a tientas.

En lo que atañe a la política, las experiencia de estos últimos treinta y pico de años de democracia en Guatemala, nos obliga también a recordar ese oscuro fondo de sin sentido sobre el cual se perfila toda empresa humana, nos obliga a recordar que el fracaso es siempre una amenaza, tal vez la más probable.

Desde antes de estas últimas tres décadas de democracia, una esperanza comenzó a asaltar la conciencia de muchos, y por esta esperanza hombres de muchos países, en cuenta Guatemala, confiaron en reconocerse y unirse para que una inmensa masa humana silenciosa dejase el silencio y, a partir de ahí poder asistir a una gran novedad capaz de crear un mundo en donde todos los hombres cuenten: estos fueron los anhelos y afanes de la política marxista.

Pero, pocas cosas y pocos proyectos han sido capaces de mantener y cumplir sus sueños, y la política marxista debió pasar por la decepción, llegando al momento en que los militantes de ella perdieron el impulso de su propio atrevimiento y de su propia audacia, lo cual no es algo que haya sucedido recientemente, sino desde hace mucho tiempo, sucedió desde la propia época de Stalin, desde entonces es visible el abandono de los medios de la solidaridad por aquellos otros de siempre: el clasismo, la obediencia, la adulación, la desigualdad, la maniobra, la policía.

Hace veinte años en Guatemala, una vez terminada la guerra y, consecuentemente, impuesta la agenda del vencedor se esperaban los múltiples beneficios de una sociedad renovada: aquellos propios de una comunidad de hombres libres e iguales, pero la verdad es que ni tan libres ni tan iguales.

Conocida es nuestra decepción ante los manejos económicos, políticos y de todo tipo: cada uno, desde su trinchera, solo piensa en la cacería de quienes ocupan la trinchera de enfrente, solo para convertir a la patria en dos o más campos separados, para partirla y hacer de ella un solo campo de batalla; sin que seamos capaces de ver y advertir o, aun advirtiéndolo, sin que nos importe que así solo logramos ser cada vez menos libres y menos iguales, y por ahí clausurar la pobre aventura de nuestro país.

De la misma manera en que Cervantes se pudo preguntar, a irse acercando a la muerte, si lo que había salido de su pluma tenía algún sentido, si sería entendido; del mismo modo un guatemalteco de buena voluntad, al considerar los conflictos de su vida y los de la vida de sus paisanos hoy, no puede estar seguro de que una Guatemala humana sea algo posible.

Ante lo cual tal vez piense: si el fracaso siempre acecha es porque no debe ser tan fatal y porque todo es como un juego.

Cervantes ha ganado ante los vaivenes del azar; a lo mejor los demás hombres, y dentro de ellos también nosotros, los guatemaltecos, podamos ganar también si somos capaces, así sea en una medida mínima, de medir la tarea y los riesgos implícitos.