Miércoles 19 DE Junio DE 2019
El Acordeón

Hacer espuma

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 12-11-17
Por: Arturo Monterroso

Uno observa la vida y piensa que todo encaja, que todo tiene sentido, como en una estructura perfecta cuyos líquidos fluyen con armonía en sus vasos comunicantes y, a la vez, de forma absolutamente absurda. Puede ser que a simple vista no haya nada irracional, nada contradictorio en la manera en que funciona la sociedad, en los mecanismos que usa la gente para sobrevivir y adelantarse a los otros con la energía de un caballo de carreras; la gente, lúcida, torpe, generosa, insípida las más de las veces y con frecuencia vil, pasa por la existencia sin agitar las aguas. Como le dice un personaje a otro en una película de Liv Ullmann: “Hacemos espuma al flotar y luego nos hundimos”. Es como esos ciudadanos que transitan por existencias sin rubores, que parecen capaces de darle un pellizco a la felicidad, satisfechos frente al espejo; sin doblez, sin necesidad de inclinar la testa ni abanicar el ego siempre demasiado hinchado de los poderosos. O de hacerlo disimuladamente. Nada de qué sorprenderse. Así funciona el mundo, no hay misterio. Si uno se agacha lo suficiente evita problemas, golpes, persecuciones, penas, falta de pisto, incomodidades… por eso todo encaja, todo cabe en la tibieza de esas existencias difuminadas por la mediocridad. Por la servidumbre. O muchas veces por la voracidad rampante. Vidas en la espuma de la vida. Gente de fe que no se desnuda ni para bañarse. El pudor, ante todo. Como ese personaje de Svevo que “pasaba por la vida con cautela y dejando aparte todos los peligros, pero también el gozo, la felicidad”. Miedo de una existencia real. Rendición sin condiciones a cambio de no perder los privilegios. Muerta la rebeldía, todo se reduce a la gracia de los señores intocables, a la obediencia del lacayo. Uno concluye que la vida ha empezado a parecerse a esos poemas posinternet, como los del poeta conceptual Kenneth Goldsmith, acusado de racista de la ultraderecha, que promueve la escritura no creativa y la apropiación de textos ajenos para recrearlos con la alquimia de acontecimientos ordinarios, pero a veces con el regusto retorcido de la tragedia ajena; un plagiario confeso que se siente heredero de Marcel Duchamp. Caminamos a trompicones en los tiempos de la resaca del capitalismo triunfante, del triunfo de la sensualidad tecnológica que, como dice Samuel Johnson, “sacrifica la virtud a la conveniencia y pone más cuidado en agradar que en instruir…”, aunque este intelectual del siglo XVIII se refiera a los defectos de la obra de Shakespeare y no a la tecnología apabullante de nuestros tiempos. Es que las redes sociales son las tragedias y las comedias que alimentan nuestros solitarios corazones. Nos gusta lo que nos acerca a la sordidez de la gente y a su intimidad expuesta. Todo eso que nos distrae mientras caminamos a trompicones entre la ansiedad, la prisa, el cansancio, la cólera, el temor, la ignorancia, la precariedad y la pantalla del teléfono celular, signo incontestable de los tiempos que vivimos e ícono de lo que el profesor John Naughton llama Church of Technopoly en un reciente artículo publicado en The Guardian y en cuyo epígrafe dice que es tiempo de que una revolución, parecida a la de Martín Lutero, se atreva a desafiar a la hipocresía de la religión de la tecnología. Quizá parezca absurdo, pero todos parecemos tan felices, tan comunicados y tan embobados que hemos empezado a vivir en una novela de ficción especulativa, en la que el dedito en la pantalla lo soluciona todo. Somos tan contemporáneos que nos provee alegría instantánea atisbar en la intimidad de otros, esas La La Lands bobaliconas. “Para enseñarle el vicio —dice Svevo en Senilidad, esa novela astringente que mencioné líneas arriba—, adoptó el aspecto austero de un maestro de la virtud”.

>arturo.monterroso@gmail.com



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