Martes 20 DE Febrero DE 2018
El Acordeón

El flaco

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 29-10-17
Por: Arturo Monterroso
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Un boxeador improbable, salido de la displicencia de la vida ordinaria y con algunos rasgos de héroe oscuro es el personaje central de El flaco, la novela ganadora del Certamen BAM Letras 2017, escrita por Renato Buezo. La historia está contada sobre todo desde la perspectiva de los otros personajes, aunque también escuchamos la voz del protagonista, una circunstancia que obliga al autor a construir el relato a partir de diferentes voces narrativas, un desafío con un alto grado de dificultad, pero que agrega riqueza a la novela. Todo gira alrededor de ese boxeador amateur, apasionado desde su niñez por el violento deporte de los púgiles; un muchacho que parece sacado del anime japonés, de las sombras de las historietas de Frank Miller y de los cómics, pero inmerso en la áspera realidad de los pueblos de la costa sur de Guatemala. Y por eso el Flaco Rodríguez es también un patojo salido del estrato menos favorecido de la clase media (o quizá de unos peldaños abajo) con quien podemos identificarnos. Fuerte, guapo e inteligente, pero introspectivo, cauteloso y desconfiado, el personaje concibe la vida como una guerra en la que todos los demás, incluso quienes le muestran simpatía y cariño, son sus enemigos solapados.

Esta novela discursiva, cargada de reflexiones, comienza con dos escenas violentas, dignas del peleador que estamos a punto de conocer, un guerrero cuyas aspiraciones deportivas acabarán transformándose en la necesidad de sobrevivir en el incierto y violento mundo del crimen organizado. En la primera, que anticipa la escena final, encontramos al peleador implacable y mortal en que sus circunstancias lo han convertido; en la segunda, al muchachito flaco, un saco de huesecillos, hijo de una señora del mercado, dispuesto a construirse una vida diferente a fuerza de golpes. Este es el principio de la historia. Lo que pasa después es una especie de fado, una de esas hermosas canciones portuguesas de posible origen árabe, cargadas de fatalismo. No en balde el término “fado” viene del latín fatum, que significa “hado”, esa fuerza desconocida que nos empuja a un destino fatal. Y el Flaco termina por aceptar el sino que le ha tocado. “Basta cerrar los ojos unos segundos —dice uno de los personajes— para despertarte en otra persona, una que nunca supusiste ser, una que tus padres no soñaron. Así es la vida y así sigue, todo se asimila, se acepta”.

No puedo negar que el boxeo ocupa en la novela un buen número de páginas, pero me queda la impresión de que la pelea y la venganza, la amistad, la necesidad del padre y el amor como un paisaje lejano no son más que una excusa para reflexionar sobre el absurdo, sobre el vacío que abruma al protagonista, solo atemperado por la oblicua sospecha de la existencia de Dios. Pero esta posibilidad no significa mayor cosa en las decisiones del Flaco, que arrastra el peso de su propia leyenda, de su propia verdad, de su propia obcecación. “La derrota empobrece y mata”. Y termina por aceptar la única vida posible, esa en la que todo lo que importa es el dinero: “Se compra a la mujer más guapa, al campesino, al político, todo se compra, nadie se resiste al molote de billetes…”. El peleador es la gran metáfora de quien ha comprendido que no hay escape. Aun así, esta historia contada entre la realidad y la pesadilla, donde todo pasa en la duermevela o en una conversación nocturna, difusa y a la vez lúcida, fue escrita con un sentido de la poesía de la cotidianidad. “Anduve buscando respuestas en el aire, en el vaho de las tardes…”. Como dice Buezo: “Los frutos del arte son el arte mismo, no más. El resto, lo que hace tanto ruido, es ajeno”.

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