Domingo 17 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

Espía europea o bailarina oriental…

Una mujer que ha poseído la belleza, que a los cuarenta años ya ha vivido lo propio y lo ajeno, pero sobre todo que ha conseguido ser libre en un mundo cuadriculado y cerrado es alguien que cultiva, suscita y provoca la maledicencia

Fecha de publicación: 22-10-17
Por: Rogelio Salazar de León
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Negarse a los estragos del tiempo, bien puede ser la mayor de las vanidades; morir antes de que llegue la devastación, bien puede ser el acto estético más claro, más rotundo y más valiente.

De ello hay ejemplos de todo tipo, desde músicos de rock ‘n roll hasta el mismísimo Wolfang Amadeus Mozart.

Esta mujer, de quien hoy se trata, es un ejemplo más de eso mismo, entre muchos otros, lo cual no le quita ni un ápice de su fuerza magnética; que con ella suceda lo mismo que ha sucedido a más de alguno en otros casos, no reduce para nada la dimensión de su imagen.

Seguramente, ella es alguien de quien todos hemos oído hablar alguna vez, pero también lo más seguro es que pese a esto, ella siga siendo incierta, que de ella sólo sepamos algunas cosas a medias; que nos pase con ella lo que pasa cuando se nos habla, por ejemplo, de los mayas y su decadencia, o bien de la Atlántida o de algún continente perdido, no es tan raro.

¿De dónde salió…? ¿cómo era…? ¿qué fue lo que finalmente pasó…? Son preguntas que siguen abiertas y que provocan nuestra curiosidad.

Mata Hari ha sido una referencia fabulosa que se ha reiterado una y otra vez, desde que fuera fusilada en el parisino bosque de Vincennes, justo hace cien años; ella había nacido en 1876, de manera que vivió veinticuatro años en el siglo XIX y diecisiete en el siglo XX, para completar una vida de cuarenta y un años.

Su posición referencial se ha debido, a lo mejor a que nació en una época de confianza casi plena en las nociones que servían de sostén a un orden burgués, sin mayores dudas o incertidumbres; y murió en un mundo diferente, en el cual esa confianza y ese orden burgués habían sido desdibujados y socavados por la pólvora y los gases envenenados de la Primera guerra mundial.

Su vida, acaso pueda ser entendida como una parte del territorio en donde ese cambio sucede, como el período en el que el orden de un tiempo se ha triturado; tal vez, sin desearlo ella ni su generación, ellos han sido los encargados de dar sepultura a algo como la sociedad victoriana y de bombardear su rígida moral.

Nacida como Margaretha Gertrude Zell, parece haber corrido la suerte de algunas mujeres bonitas y atractivas: casarse pronto; también parece haber sentido siempre una fuerte atracción por los hombres con uniforme, por los oficiales con carrera militar, de modo que su esposo es un militar holandés, quien pronto es enviado a un punto lejano del mapa de Asia, hasta la remota Java o la actual Indonesia.

Las altas temperaturas y los vientos arremolinados del trópico debieron alborotar algo más que la cabellera de la joven esposa europea, y el primer síntoma de este desorden pudo ser su deseo expreso y manifiesto de aprenderlo todo acerca de las danzas exóticas del oriente, las que comenzó a practicar cada vez con más frecuencia y también con más desparpajo; de manera que viniendo como venía de un mundo de orden, jerarquía y poder, descubrir, en el vaivén del baile y en la desnudez de la piel, los poderes del cuerpo, debió ser toda una revelación capaz de conmover su vida.

El autor de ‘El amante de Lady Chaterley’ es el conocido y reconocido David Herbert Lawrence, es alguien de quien puede afirmarse, con algún fundamento, que poseía algún conocimiento sobre la naturaleza femenina; además de ser un contemporáneo de Mata Hari, dijo algo que, sin que sea así, bien pudo estar dedicado a ella: “conmover de la forma más profunda la imaginación de los hombres es lo máximo que una mujer puede hacer”; lo cierto es que la afirmación de D.H. Lawrence puede ser injusta y exagerada y que, justo por ello, adquiera su valor en el contexto de una obra literaria; pero también es cierto que, en alguna medida y para algunas mujeres, puede llegar a ser cierto.

Así como para un hombre no es tan importante pensar en una mujer, sino que ella piense en él; así también para una mujer puede y debe ser más importante estar en el pensamiento de los hombres, que pensar en ellos: sutiles vueltas de tuerca, en las cuales, sin duda alguna, Mata Hari debió ser una especialista.

Después de que sus ojos fueran iluminados por la luz del trópico y que su vida fuera excitada por las danzas exóticas, ella se convirtió en algo parecido a un barco con más velas y con el mástil más alto, ella, seguramente, se convirtió en algo comparable a un pájaro con las alas más grandes; y por esa vía deben haber comenzado los amoríos, tal vez, primero, guardados bajo el cerrojo del secreto pero, poco a poco, más aireados y ventilados, hasta llegar a sentirse tan libre como para hablar de ellos: hablar del hombre que, sin ser su marido, es con quien se ha amanecido y se ha pasado la noche anterior, bien puede ser un acto más subversivo que dinamitar el altar de una iglesia.

Agregar a su lista a un caballero alemán fue la condición para que él le propusiera convertirse en espía; quizá haya que pensar que ella no se conformó con que su libertad se quedase en la de una pobre alocada o una desorbitada excéntrica, su libertad debía, a lo mejor llegar más lejos de la de una europea desordenada o exagerada, por lo que decide aceptar la proposición de su amante alemán; pero como la libertad es una cosa que pertenece a un mundo que no para nunca de girar y que está en constante dinámica y devenir, ella decide no quedarse quieta ni de un solo lado de la cancha y jugar el peligroso juego de la doble agente.

Lo más seguro es que ella nunca haya llegado a ser una gran espía, porque lo que buscaba era dar sentido a su libertad; ella fue antes una mujer libre que una espía, ella fue espía porque fue libre y no al revés: no fue libre por ser espía; su causa era la propia y no la de algún pueblo, ni menos, la de algún político, ni siquiera, la de algún hombre; el suyo era una suerte de juego consigo misma y con nadie más.

En todo caso, una mujer que ha poseído la belleza, que a los cuarenta años ya ha vivido lo propio y lo ajeno, pero sobre todo que ha conseguido ser libre, según ella se lo ha planteado, en un mundo cuadriculado y cerrado es alguien que cultiva, suscita y provoca la maledicencia; es bien sabido que los grupos siempre señalan, censuran y castigan al diferente, y más aún si la víctima del rechazo no muestra ninguna pena ni dolor y continua su camino, pese al ladrido de los perros, como lo ha hecho ella, impávida, imperturbable, templada.

Y es que, una mujer con todas esas señas de identidad era una mujer destinada a agitar la imaginación de los hombres, aun después de muerta.

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