Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Mi caja de Pandora

La telenovela

Fecha de publicación: 08-10-17
Por: Ana Maria Rodas
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Los años de los gobiernos militares no fueron precisamente años de vino y rosas para los guatemaltecos. Me refiero a la mayoría de la población, que sufrió en carne propia el enfrentamiento que se peleó en estas tierras —y en otras— porque la Unión Soviética y los EEUU decidieron armar una guerra fría e irla a luchar fuera de sus propios territorios.

Ya todos estarán hartos de escucharme hablar de los 250,000 muertos y desaparecidos que Guatemala aportó a esa guerra infame. Pero nunca será suficiente sacar a colación esa cifra que corresponde a los que verdaderamente cargaron con la peor parte de la locura soviética y gringa.

El resto, divididos por doctrinas ajenas vivía días horrendos, contabilizando cadáveres y seres que parecían haberse desvanecido en el aire.

Suerte tenían los que hallaban tirados en cualquier lugar a sus deudos. Los enterraban y en medio de tanto dolor, al menos sabían dónde estaban sus huesos, a dónde podían llegar, hincarse y llorar hasta que los ojos casi se les desaparecían de tan hinchados.

Los otros, los que perdían a familiares que jamás encontraron, murieron o permanecen vivos en medio de un sufrimiento que no comprende aquel que siempre ha acompañado sus muertos a un cementerio.

En ese ambiente me tocó trabajar la mayor parte de mi vida de reportera.

Lo normal, para un periodista ético es sostenerse sobre una línea recta y reportar de acuerdo con esa integridad. No todos lo lograban. Eran los revólveres a la orden. Los que recibían dinero para afirmar algo o negar algo. Los de aquellos tiempos han fallecido ya, dejando el aire más respirable.

(Cierto, han surgido otros —corrupción que le llaman— a quienes no les cuesta aceptar las dichosas treinta monedas porque en vez de espíritu tienen una caja fuerte. Pero ahora no es ideología sino comercio puro y duro.)

Había manifestaciones en la ciudad. Porque siempre ha habido gente valiente, que antepone sus ideales a la posibilidad de muerte, de secuestro.

Y a los periodistas nos correspondía, por razones de trabajo, acompañar a aquellos que se atrevían a llevar una manta, levantar un cartel, y denunciar acciones feroces del sátrapa del momento.

Ya no recuerdo cuántas veces salí de casa con pañuelos mojados y un frasquito de vinagre para llorar menos con los gases lacrimógenos; las ocasiones en que sentí los golpes de los batones sobre la espalda. He perdido la cuenta de las oportunidades en que me tiré a los arriates del parque central o aunque fuera a una acera providencial, mientras al lado pasaban silbando las balas.

Claro que no era la única. Con suerte agarraba la mano de otro periodista y la apretaba para sentirme viva.

Pasaron los años. Era el 24 de abril de 1998. Se suponía que se había firmado la paz año y meses antes. El Obispo Juan Gerardi Conedera iba a leer aquella tarde, en Catedral, fragmentos del REHMI, la primera investigación impresa sobre la profanación de los derechos humanos durante la guerra.

Llena de esperanza, me uní al gentío que invadió la iglesia. Violeta Alfaro de Carpio me quedó cerca y por primera vez en años, nos vimos con miradas llenas de esperanza.

El corazón me iba saliendo poco a poco de la caverna donde se refugió durante tanto tiempo. La alegría invadía mi cuerpo y el rostro, transformado, se reflejaba en los rostros de todos aquellos a mi alrededor.

El terror había llegado a su fin.

Salí de Catedral luego de escuchar al Obispo, y el sol dorado de las cinco y media de la tarde era hermoso. Lloré, pero esta vez, de alegría.

Desnudar las atrocidades cometidas durante la guerra era la verdadera paz.

Subí a mi viejo carro, y llorando feliz llegué a casa.

La madrugada del día 26 me sumergió en una tristeza inenarrable.

Por estos días, pienso en Pandora, en su caja maravillosa. Ya no pueden salir más infamias de su interior. Las hemos visto alzarse una a una con aquel abatimiento del que sabe que no puede hacer nada contra el mal que se mofa, que sonríe con risa diabólica antes de desvanecerse entre el azufre.

Pero algo queda en la caja de Pandora. La esperanza. Y con ella, deseo desde lo más profundo de mi alma, salga escrito en fuego el nombre satánico de quien ordenó el asesinato de Juan Gerardi Conedera, Arzobispo mártir.

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