Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Repugnancia

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 17-09-17
Por: Arturo Monterroso
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Escribo este artículo el jueves 14 de septiembre por la mañana, todavía con el sabor nauseabundo que nos dejaron los más de ciento cinco diputados y sus reformas al Código Penal en favor de la corrupción y la impunidad; pero también con la esperanza de que la Corte de Constitucionalidad atienda las acciones de amparo presentadas por Helen Mack, Alfonso Carrillo y Jordán Rodas. Y mientras se multiplican en la calle las banderitas plásticas azul y blanco para celebrar que han pasado 196 años de la independencia de España (producto de circunstancias geopolíticas e intereses particulares, más que de la rebelión de los ciudadanos deseosos de libertad, no se nos olvide) pienso en lo poco que han cambiado los políticos y los ciudadanos a lo largo de nuestra historia. El patrioterismo de consumo para las masas no es más que un distraimiento barato, dedicado a escolares con ganas de correr bajo la lluvia; un ardid grandilocuente para adormecer a esas personas candorosas que todo se lo tragan y de veras creen que vivimos en un país soberano, y un discurso vacuo utilizado para asaltar al erario nacional; como la mayoría de diputados, que no representan a nadie, sino a sus propios intereses y los de sus financistas y cuyo costo anual asciende a varios millones de quetzales. Un montón de dinero por hacer una actividad inútil o por fraguar imbecilidades, como las reformas aprobadas de urgencia nacional, que permitirán ocultar el financiamiento electoral ilícito y aliviarán las penas por lavado de dinero y otros delitos.

 

Parece evidente que la gente va a votar cada cuatro años resignada a un desastre anunciado, con una actitud borreguil que no le permite pensar en la posibilidad de cambiar las cosas. Cambiarlas de forma radical. Es irrefutable que el sistema que utilizamos para elegir a nuestras autoridades no funciona. La segunda acepción de “borrego” que aparece en el ‘Diccionario de la lengua española’ es: “Persona que se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena”. La tercera dice: “Persona sencilla o ignorante”. Y la cuarta: “Nubecilla blanca, redondeada”. Quedémonos con la segunda. Si desarrolláramos la capacidad de pensar por nosotros mismos y una actitud crítica ante el sistema, no nos someteríamos tan fácilmente; nos opondríamos a votar hasta que cambiáramos la forma como elegimos a quienes van a gobernar, no importa cómo haya sido desde hace mucho tiempo. La percepción del fracaso de la “democracia” en la que creemos vivir nos ha acompañado siempre. “Verdad es que hemos dicho que nuestras elecciones populares son una farsa…”, decía un editorial de la ‘Gaceta’ en 1850. No hay duda de que los partidos políticos no representan los intereses de la ciudadanía. Ni que tienen la capacidad para gobernar.

 

Jimmy Morales, quien camina solitario en el desierto de su desamparo, es un ejemplo de incapacidad y pocas luces; tan pocas, que solo nos sorprende por el tamaño de sus errores o por su audaz tontería. Una muestra de ello es el bono de 50,000 quetzales mensuales que recibe en la penumbra del ministro de la Defensa, Williams Mansilla, y sus compinches de la cúpula militar, también beneficiada con alegrísimos bonos tomados del dinero del pueblo. Como si no tuviéramos necesidades urgentes, que sería oficioso repetir, los militares se regalan un sobresueldo, quizá para compensar sus fatigas en las guerras que libran en contra de poderosos enemigos de la patria; algo así como si acabaran de regresar del frente en Deir al Zur, después de combatir a los yihadistas, y se merecieran alguna compensación. O como si Morales fuera Aníbal, dispuesto a morir atravesando los Pirineos para derrotar a los romanos. En fin, el ciudadano ajeno a la rapacidad no puede sentir más que repugnancia.

 

Guatemala, 14 de septiembre de 2017

arturo.monterroso@gmail.com

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