Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

César Barrios, el imaginario discreto

Miembro del grupo Imaginaria, con quien compartió búsquedas, rupturas y una actitud que contestaba las tradiciones más rancias del arte guatemalteco, Cesar Barrios (1949-2017) es uno de los artistas visuales más significativos de las últimas décadas. Su trayectoria fue discreta, casi tímida, pero intensa en su propuesta y en sus indagaciones en el alma nacional. Pintó, grabó, fotografió muchos rostros que siempre fueron el suyo y los nuestros. Rosina Cazali y Silvia Herrera Ubico lo recuerdan a pocos de días de su fallecimiento.

Fecha de publicación: 17-09-17
Por: Rosina Cazali
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César Barrios murió en días pasados y hemos quedado atónitos. Para alguien tan querido no hubo tiempo para despedirse o digerir debidamente la noticia. Pero están las memorias para celebrar su vida y en estos momentos una me resulta imprescindible. César tenía apenas 17 años cuando fue despedido del almacén Jacobo Engel, donde trabajaba cortando y despachando telas. Ese día regresó temprano a la casa de huéspedes donde vivía y al verlo llorar, su hermano mayor, Moisés, le dijo de manera tajante: “Vos alegrate. Te vas conmigo a Costa Rica”.

Para alguien que había nacido (1949) en San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, San José era lo más cercano a una metrópoli. A los pocos días de llegar se inscribió en la escuela secundaria para terminar su bachillerato y más adelante se inscribió en la Facultad de Bellas Artes para comenzar a construir su propio destino de artista. Por su corta edad, su paso por Costa Rica dejó pocos rastros. Pero hay algunas fotografías que confirman que a veces le pedían ser modelo de anuncios. En una aparece con una gabardina como las que usaban los Beatles, con un ligero parecido a Sandro. En 1975, siguiendo nuevamente los pasos de su hermano, se largó a Madrid. Digamos, el lugar y el momento perfectos, la cuna de Goya y el momento cuando todo dibujante o grabador latinoamericano iba precedido por la fama de José Luis Cuevas y el boom del realismo mágico. Estuvo ahí alrededor de cinco años y mucho de su tiempo lo dedicó a recorrer museos y galerías de arte. El resultado fue una autoformación de primera y su maduración como grabador. Experimentó con técnicas como la placa perdida y la xilografía con un rigor envidiable. En el año 1979 participó con una serie de xilografías a color en una exposición de artistas latinoamericanos organizada por la galería de arte Costa 3 en Zaragoza. En 1980 regresó a Guatemala.

A pesar del trasfondo político de la época y la amenaza mundial de la crisis económica, el Mercado Común Centroamericano (MCCA), creado desde 1960, había impulsado el comercio intrarregional. Como resultado, las agencias de publicidad habían cobrado relevancia y varias importantes firmas extranjeras se encontraban radicadas en Guatemala. Como gran alternativa, muchos artistas fueron absorbidos por la publicidad. Por su gran habilidad como dibujante creativo, César comenzó a trabajar como diseñador gráfico (dibujante comercial, le decían antes) en agencias como la legendaria Idegráfica de Luis Peña. Años más adelante, en la agencia Publicentro, fue compañero de una joven Regina Galindo quien hace poco recordó: “César fue el primer artista que conocí en mi vida. Fue el primer artista que respeté. Aún lo recuerdo rebelde pintando acuarelas en horas de trabajo y yo presionando porque había que entregar un boceto.” Si algo le aportó el oficio de la gráfica fue la lógica para consolidar su faceta como fotógrafo. Para el poeta Rafa Gutiérrez, César incursionó en la fotografía de un modo radicalmente distinto al mundo lánguido y sereno de sus acuarelas. Montaba pequeñas escenografías con una gran diversidad de objetos que se transformaban en recursos simbólicos. Sus “bodegones” podían ser extremadamente críticos de la sociedad guatemalteca. “Como pequeñas bombas de tiempo”, recalca Gutiérrez.

César Barrios fue un incesante explorador de la pintura al óleo, el dibujo y la acuarela. Pocos conocen su etapa como grabador, tal vez la más enigmática de su carrera. Lo que sucede es que, en sus últimos años, desarrolló una estética que resultó siendo tan apreciada que resulta difícil integrar a su trayectoria esa etapa de grabador obscuro y melancólico. En mi opinión no es bueno admirar solo una de las etapas de un artista. Al hacerlo se corre el peligro de excluir esa etapa donde se evidencia la admiración que tenía a la obra de Francis Bacon y al dibujante alemán Horst Janssen. Sin ese lapso es imposible descifrar sus “clowns” y ese fino sentido del humor tan suyo, sin desperdicio.

Cuando conocí a César era un buen lector. Uno de sus grandes referentes fue el cine italiano (Fellini ante todo). Fue un devorador compulsivo de imágenes. Siempre he creído que su paso por el colectivo Imaginaria, a mediados de los 80, fue todo un reto para César. O un callejón en el que necesitó encontrar su propia salida de emergencia. A veces su naturaleza tímida le impedía seguirle el paso a sus colegas. Pero siempre he pensado que, de un colectivo como aquel, se salía ileso, sin mucho qué decir, o el caudal de experiencias desembocaba, para cada quien, en algo mucho más substancial. Para César, ese caudal fluyó a través de los rostros de mujeres indígenas que pintó obsesivamente, en el dilema del mestizaje, en los ángeles, las flores y las mariposas que se agolpaban en sus obras, intentando registrar la confusión de nuestro tiempo. Pero si debo recordarlo fuera del arte, tendrá que ser a través del gusto que daba verlo en la cocina. Sin recetas, sin orden, echando a la olla todos los sabores y colores, con un eterno cigarro colgando de la boca. Claro, tanto dolor merecería muchas más palabras, pero su partida fue tan discreta como su propia vida. “Nos queda su obra y su elegante amistad”, como dijo su amigo Carlos Barboza, además del jazz y en especial el blues, que le gustaban tanto.

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