Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Venderle el alma al diablo

Al ser tan diferente a quien ha sido o, quizá deba decirse, al ser tan diferente a quien es pese a todo, al ser su nueva verdad las palabras de un pacto, bien puede pasar, luego, frente a un espejo que lo más seguro es que el primer sorprendido sea él, mientras se dice a sí mismo, entre la satisfacción y el miedo, que no hay vuelta atrás.

Fecha de publicación: 10-09-17
Por: Rogelio Salazar de León
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Con sus pliegues y repliegues, las aventuras de quien entrega el alma vienen desde el Christopher Marlowe isabelino y llegan hasta el Lord Darth Vader hollywoodense.

Esta es una aventura reiterada que usualmente se inicia con la decisión de alguien que pone precio a su alma, tasar el alma a cambio de algo, puede ser cualquier cosa: puede ser por obtener al alma de una mujer, o el cuerpo, puede ser por obtener la inmortalidad, puede ser también, a lo mejor si se es demasiado terrestre por dinero y, cómo no, puede ser también por poder.

Las caligrafías han sido de hecho diversas y plurales, pero por extravagantes que sean siempre las andanzas del peregrino y su alma van a parar al mismo lugar o, más bien, el camino siempre termina con similitud en las marcas; llámese Mefisto, o bien simplemente el lado oscuro, el héroe fáustico al final siempre llega al mismo punto.

Lo más probable es que quien decide tasar su alma y convertirla en una mercancía sea eso que suele llamarse, quizá sin poner mucho reparo en ello, un chico listo y que se parezca a ese que ha sido capturado por el aburrimiento y el bostezo, a alguien que ha sentido la mordida de la insatisfacción y de la ambición subsiguiente, que se parezca a alguien que ve su casa, su provincia y a su pueblo como a una planicie angosta y reseca de la cual no logra ni logrará alejarse, a todo su entorno él lo ve como a un ambiente o una atmósfera difícil de recorrer y de respirar, porque no hace sino reproducir una y otra vez incesantemente nada más que lo mismo y lo mismo.

Recorrer con aburrimiento lo mismo, indefinidamente, a sabiendas de que por muchos que sean los afanes y los esfuerzos nunca se logrará traspasar la frontera que lo lleve hacia lo otro, hacia lo diferente, hacia eso que no ha hecho sino insinuarse y presumirse, como aquello que se oye de lejos.

Todo eso es el antecedente, algo así como la prehistoria del pacto, en seguida llega la decisión de entregar la libertad y someter la voluntad; el acuerdo a través del cual lo diferente, lo otro, lo ajeno es posible, y así cruzar la frontera es un plan real para dejar atrás la árida provincia, la realidad deplorada y hasta detestada.

A partir de que se ha suscrito el pacto siniestro cada episodio es como una hazaña que lo va alejando de su pasado, que lo va convirtiendo en lo que no era, nada en su mundo de antes se parece a lo que le ofrece su actual devenir en otro, su mundo de antes puede terminar en ceniza que a él le tiene sin cuidado, puede arder todo cuanto lo ha nutrido que a él le da igual.

Al ser tan diferente a quien ha sido o, quizá deba decirse, al ser tan diferente a quien es pese a todo, al ser su nueva verdad las palabras de un pacto, bien puede pasar, luego, frente a un espejo que lo más seguro es que el primer sorprendido sea él, mientras se dice a sí mismo, entre la satisfacción y el miedo, que no hay vuelta atrás.

La suya ahora es otra vida, porque la promesa para su vida ya no es más la que propone la memoria, del pacto en adelante la promesa para su vida es la que propone un deseo desmedido, desenfrenado e inconfesable, por eso todo su camino se convierte en la búsqueda de los contrastes que lo difieren de sí mismo, dicho en otras palabras más sencillas, toda su vida se convierte en un empeño y una insistencia por diseñar y montar la traición de quien ha roto con su pasado, de quien ha hecho añicos su viejo compromiso.

Quien convierte su alma en mercancía detenta, a partir de su pacto, nuevos poderes que nunca fueron suyos, pero hacerlos propios vale lo que su alma, como si su vida fuese una historia de dos partes, y en la segunda de ellas apareciesen personajes que lo conocieron en la primera, y no pudiesen resistir la tentación de decirle: quién te ve y quién te vio.

La sabiduría popular dice: no puede tenerse todo.

Para llegar a donde deseas tienes que pagar un precio, pero si el pacto ya está hecho y firmado, sólo te queda pagar, lo que en este caso implica entregar lo más propio, lo que convierte en quien eres o, quizá deba decirse, en quien has sido, en todo caso, quedarte vacío, ser nadie, ser la máscara y nada más.

De entre quienes han decidido hacer el pacto siniestro hay hombres que han pedido hacer suya a la mujer inalcanzable, hay sabios que han pedido lograr la verdad inefable, hay literatos que han pedido poder escribir la obra inédita, hay músicos que han pedido crear la sonata, la sinfonía o la ópera inalcanzable; es decir que la lista no es corta y hay de todo o, mejor dicho, casi de todo.

¿Qué podría pedir un payaso dispuesto a vender su alma…?

Seguramente, en primer lugar que el dueño del circo sea el señor oscuro, luego que este negro propietario le escriba sus líneas, le escoja sus ropas, distribuya sus funciones y sus actos, disponga de su tiempo, le truene los dedos, marque su agenda, etcétera y en seguida que logre lo que ningún otro payaso ha logrado, algo tan difícil como que, haciéndose el serio, sea más payaso que nunca y, finalmente, conseguir ser tan ridículo, patético y divertido como nunca nadie ha llegado a serlo.

Desde luego, cualquier similitud de lo dicho con la realidad no es más que eso mismo: pura similitud, porque ya se sabe: la realidad siempre supera a la ficción.

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