Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Erich, Viena, los escritores

La telenovela

Fecha de publicación: 10-09-17
Por: Ana Maria Rodas
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La noche pasada, mientras ocurría un terremoto devastador en el mar frente a Chiapas y Oaxaca, soñaba yo con Viena. Mi perro y mi gata dormían apaciblemente y fueron los primeros en sobresaltarse cuando algunos amigos queridos y mi hermano Jorge se fueron comunicando conmigo por teléfono para saber cómo habíamos enfrentado el sismo.

Adormilada respondí entre las once y pico y la una y media de la mañana esas llamadas cariñosas de quienes querían asegurarse de que no me había sucedido nada malo.

A todo el mundo le sorprendió que no hubiéramos sentido la sacudida. Mientras hablaba con los amigos, que en su mayoría se habían espantado con los estertores de la tierra, me admiraba yo de no haber percibido movimiento alguno. La gata se desperezó y continuó durmiendo. El perro alzó la cabeza, cambió de posición y se refugió entre su frazada.

Conversé durante casi dos horas con sucesivos interlocutores y agradecí los telefonazos. Sin saber la magnitud del sismo borré el asunto y Viena se me atravesó de nuevo en el recuerdo; me dejé caer en la memoria de esa ciudad, mejor dicho, de Austria. Del brillante escritor Erich Hackl y su esposa Cristina. De sus hijas Libertad y Aurora, del estrellado cielo del dormitorio de una de ellas, que me lo cedió en cierta ocasión durante un par de semanas.

La verdad, había estado leyendo desde que la tarde finalizaba. Con ese amoroso desorden con que suelo abrir un libro tras otro, leer un poco, cerrar el texto. Meditar sobre lo leído y luego, abrir otra obra. Generalmente ninguna tiene que ver con otra. Al menos en lo que al tema se refiere. Suelen relacionarse porque están bien escritas. Nada más que por eso. Costumbre de toda la vida.

Cuando finalizó la llamada de mi hermano y me di cuenta de que no tenía el menor deseo de dormir apagué la lámpara de la mesa de noche y dejé que Viena y algunas de las personas que conocí en esa ciudad hace ya años suavizaran mi memoria.

Lo primero que se coló en mi cerebro fue el Museo del Tabaco, en una de cuyas grandes salas asistí al desarrollo de una semana de literatura latinoamericana, organizada por la Municipalidad vienesa, empujada vigorosamente aquella actividad por Erich.

Mi segunda visión fue estar en la calle y observar cómo Erich con esa paciencia que posee, ayudaba a Nicanor Parra a subir una escalinata para alcanzar el Museo del Tabaco.

En realidad yo habría necesitado ayuda para subir también. Había pasado un buen rato atiborrándome de pasteles en el Café Sperl después de haber recorrido la Mariahilferstrasse para saber qué era lo que no iba a comprar allí.

Tras unos minutos entré al lugar donde se llevaban a cabo las lecturas. Anoche en mi cama recordé el color caramelo de las luces del salón que cada tarde se atestaba de gente que quería saber qué escribíamos los latinoamericanos.

Fui a sentarme al lado de Jesús Díaz, el cubano que escribió novelas fantásticas y realizó más de una veintena de películas. Luego se nos acercó Liliana Heker, quien puso en mis manos su novela Zona de clivaje. Liliana fue responsable de la publicación de las revistas El Escarabajo de Oro y El  Ornitorrinco, extraordinarias revistas literarias argentinas.

En otra fila, recordé, estaban Galeano y su segunda esposa, Helena; el brasileño Rubem Fonseca.

Algunos años más tarde regresé a Viena. Erich había traducido La izquierda erótica y otros poemas. El segundo libro de una colección exquisista que había inaugurado la poesía de Idea Vilariño. Fui leyendo del libro en varias ciudades de Austria.

En años siguientes, Erich tradujo también parte de la obra de Rodolfo Walsh, Rodrigo Rey Rosa, Eduardo Galeano y de Humberto Ak’abal. Sin duda de otros más que no recuerdo.

De pronto, los autores se desvanecieron y le dejaron paso a la arquitectura de la ciudad. Justamente a la vuelta de donde se hallaba el alojamiento de los asistentes a aquella semana de literatura, se encuentran dos de los edificios más maravillosos del Jugendstil, ese arte de finales del siglo XIX y principios del XX con el que sus autores protestaron contra la industrialización inglesa.

Me fui quedando dormida entre los edificios y calles de Viena. Una forma maravillosa de cerrar la noche.

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