Sábado 20 DE Abril DE 2019
El Acordeón

¿Cuánto sabe la letra…?

Alguien con suficientes pergaminos ha dicho que Nathaniel Hawthorne era alto, moreno, gallardo, flaco y que verlo caminar durante los atardeceres hacía recordar la cadencia con que caminan los marineros y la gente de mar.

Fecha de publicación: 13-08-17
Por: Rogelio Salazar de León

FIAT es un verbo, acaso el mejor para hablar o para explicar el poder de la letra o, por extensión, de la palabra; es este un vocablo cercano al verbo hacer, de algún modo, nombra esa misma acción, pero no mediada por el acto de un alguien encargado de llevar a cabo el hecho de producir algo, de hacer algo, como si la acción de hacer pudiese ser del todo y enteramente impersonal, como si se dijese hágase y la sola pronunciación de este hágase fuese suficiente para que algo sea hecho.

Ese ha sido el verbo divino y privilegiado del cual ha echado mano el Dios del Antiguo Testamento para crearlo todo, para dar forma al cosmos: hágase, y la sola pronunciación de eso bastó para que se produjese la luz, el mar, el cielo, el hombre, etcétera.

Una palabra como parte del lenguaje, el logos tiene el poder, por sí mismo, de fabricar, de producir la cosa, el mundo, el ser ¿qué más podría querer la literatura…?

Nathaniel Hawthorne, uno de los fundadores de la literatura norteamericana, nació en Salem, un lugar emblemático, y ya con el germen de lo que más tarde serán los síntomas más típicos y graves de la inmensa y asimétrica comunidad que llegará a ser los Estados Unidos de Norteamérica.

Salem, la intolerante ciudad, la ética ciudad del honrado y confiable fanático bíblico de la naciente Norteamérica, fue la cuna para Nathaniel Hawthorne, una cuna de la que casi decidió irse y respecto a la cual quiso poner tierra de por medio, pese a lo cual lo más probable es nunca logro alejarse del todo de ella.

Quizá a Hawthorne, con Salem, le pasó lo que a muchos latinoamericanos con el terruño, con la madre tierra, como si la fuerza con la que se desea el alejamiento fuese la misma, pero en sentido inverso, que lo trae de vuelta una y otra vez de forma incesante, a pesar de sí mismo.

Se ha dicho, tal vez de forma malévola, que uno de los antepasados de Hawthorne fue el juez que, a finales del siglo XVII, mandó a un puñado de mujeres a la horca después de ser condenadas por hechiceras y por brujas; ya se ve que no solo son imputables las atrocidades a la inquisición católica.

Quién sabe si esas mujeres fueron en realidad eso que acostumbramos llamar “pecadoras”, lo que sí se sabe es que su sangre fue derramada, que el martirio fue ejecutado y que esa sangre, después de coagularse, dejó una mancha oscura como la de la sombra que se mueve, que camina y que abarca muchas zonas de un espacio que no solo es un territorio, esta es una sombra que también cubre el tiempo; y que desde el lejano y conflictivo siglo XVII llega hasta el mecanizado y optimista siglo XIX y, por ahí, llega a Hawthorne, a un hombre tocado por la ensoñación, llega a la fina y sensible alma de un hombre que solo quiere escribir.

¿Por qué a un hombre tocado o marcado por la ensoñación…? Porque Hawthorne ejercía y quizá era dueño de una rareza, en virtud de la cual se sentía atraído por lo desconcertante, por lo inconmensurable, por lo anónimo.

Alguien con suficientes pergaminos ha dicho que Hawthorne era alto, moreno, gallardo, flaco y que verlo caminar durante los atardeceres hacía recordar la cadencia con que caminan los marineros y la gente de mar; se sabe que pasaba todo el día encerrado entre cuatro paredes escribiendo, tachando y borroneando sobre un cuaderno, pero que al llegar el momento crepuscular del día, tal vez sin siquiera cambiarse de ropa, salía a dar un paseo, salía a respirar el aire con olor de mar.

Puede suponerse, casi con certeza, que había leído la biblia, esa misma que había servido de inspiración o justificación para ahorcar a las brujas; puede suponerse también que, siendo él y siendo Salem, esta había sido su primordial lectura y que por ahí la sombra de la sangre coagulada lo había alcanzado siglos después, pero no para ser lo mismo que fueron sus antepasados, pero ya no para ser un inquisidor, sino para devenir en un taciturno, dubitativo y perplejo contador de historias, para cumplir con el destino de contar la historia de Salem, su cuna.

Pero él no quiere la historia de los historiadores, sino la verdadera historia o historia verdadera (como lo diría Bernal…), la que asume la lengua y el espíritu de un lugar, en vez de los archivos, haciéndolo de la mejor manera y como debe hacerse: contando la historia de una mujer que ya no es bruja, pero que es Adúltera (Flaubert y Tolstoi también han sabido de la verdadera historia o historia verdadera es la de las mujeres).

A Hawthorne le encantaban y, hasta lo fascinaban los cruces entre lo conjetural y lo concreto, entre lo inmaterial y lo material, porque le parecían el mejor ejemplo de lo que el arte es capaz de lograr; él debió pensar que el arte es tan atento como para advertir lo que casi nadie advierte, como para darse cuenta de lo más escondido y lo más secreto; en fin, que por esa fascinación él llegó a conjeturar, a imaginar una historia en la cual la protagonista principal, la prima donna fuese la letra, la palabra, el átomo más pequeño de lenguaje: una simple letra, y a ese texto lo llamó: La letra escarlata, una sola letra que brilla con el fulgor del rojo y que, por sí misma, da cuenta de una historia que, siendo la de una mujer, es también capaz de dar cuenta de la historia plena de Salem.

Hester está casada con un hombre mucho mayor que ella, durante una ausencia de su marido, ella cae presa de la tentación y queda embarazada de Dimmesdale, el reverendo de la comunidad, un hombre joven, listo y elocuente; al irse evidenciando su estado todo se descubre, y ella es sometida a los feroces mecanismos de la moral que la presiona y la tortura hasta llegar al castigo final, a la pena definitiva: Hester tendrá que llevar estampada sobre el pecho, por siempre, una letra A color escarlata, como un rótulo que la señale, la designe, la acuse como Adúltera; para que sea la letra quien vaya por delante diciendo quién es Hester, para que conocer a la persona sea prescindible y su verdad sea la de la letra que la marca y la precede, para que la letra sea, como ha sido en el Antiguo Testamento, capaz de producir, fabricar, hacer la realidad.

Nathaniel Hawthorne conjeturó e imagino la historia de una letra que al ser pronunciada y teñida de rojo tiene el poder de crear un destino; de una letra que al ser revelada y contada da sentido a la historia de una mujer sufrida y, a la vez, da sentido a la historia de una ciudad ferviente, que es su cuna: la decaída y apesadumbrada Salem.

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