Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Saturno

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 23-07-17
Por: Arturo Monterroso
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¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Cuando tiene reconocimiento y una obra consistente publicada o cuando decide que escribir es su manera de expresarse acerca de sí mismo, de los otros y del tiempo y el espacio en que habita? Pero ¿qué es una obra consistente? ¿Unos cuantos libros publicados que despiertan el interés de algunos lectores? ¿Una obra sólida, reconocida por doctos críticos universales, digamos como la de Tolstoi, por ejemplo? ¿O cuando uno adopta el oficio, como aquellos muchachos que hace unos cien años acudían a los talleres de carpintería para aprender los rudimentos del trabajo de carpinteros y ebanistas? ¿Cuenta el número de libros publicados o la cantidad de páginas escritas, aunque no hayan conocido la tinta de la imprenta? Hace algunos años me encontré a un escritor en un café. Lo conocía poco, no había leído sus novelas y sus columnas de periódico me parecían insípidas. Luego de un saludo de circunstancias, me espetó, con la voz inusitadamente alterada: “¡Vos no sos escritor! ¡Apenas has publicado un libro! ¡Escritor soy yo! ¡Tengo publicadas ocho novelas! Además, seguramente alguien te escribe los artículos. Hay algo allí que no es tuyo”. Y siguió la perorata. Me tomó por sorpresa y, cuando reaccioné, le dije pues me alegro. Felicitaciones. Y me alejé para sentarme a una mesa y ordenar un café. Hasta ahora no he podido dilucidar que le produjo el exabrupto. Tampoco me desvela.

Hay escritores de obra apabullante, como cuando, en octubre de 2009, conocí a César Aira y me contó que había publicado más de 70 libros. Ahora más de 80. Por esos días terminaba su época de autor de culto y disfrutaba de reconocimiento internacional. Pero cuando pensamos en Juan Rulfo (cuyo nombre es más largo que su obra: Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno), quien apenas publicó una novela (Pedro Páramo) y un libro de cuentos (El llano en llamas), podemos concluir que el número de libros apenas cuenta a la hora de determinar si uno puede llamarse escritor. Hay que decir, sin embargo, que lo que apunté sobre su obra no es del todo cierto. Rulfo, quien también era fotógrafo y guionista, publicó una segunda novela, El gallo de oro, y una tercera de la que solo queda un fragmento, además de algunos cuentos menos conocidos. Pues bien, toda esta larga introducción es para hablar de Saturno, el primer libro publicado por Eduardo Halfon, un autor prolífico que, sin duda, seguirá los pasos de Aira, con quien comparte la gracia de la brevedad, como Tito Monterroso, y a quien, durante algún tiempo, algunas personas no consideraron un escritor.

Halfon publicó por primera vez en 2003. Construyó una especie de díptico, llamado Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara); una referencia a La traición de las imágenes, de Magritte y, sin duda, también a los Saturno devorando a su hijo, de Goya y de Rubens. Vuelven ahora en una nueva edición de Sophos y Jekyll & Jill (España), cuidada y minimalista, separadas como obras aparte. La primera abandona el título original por el de Pan y cerveza, el nombre que siempre quiso darle el autor, e incluye reproducciones de las pinturas de Carlos Valenti; la segunda, conserva el suyo. Saturno no es una novela ni un libro de cuentos; es más bien un alegato en contra del padre; no de la figura del padre, sino de la persona concreta, padre de un personaje que es el autor mismo que viaja, airado y obsesivo, entre la ficción y la realidad. Es también un elogio del suicidio, un recuento anecdótico de suicidas en conflicto con sus padres: Mishima, Sylvia Plath, Mayakovsky, Stefan Zweig, varios más y, sobre todo, Cesare Pavese. “Nos matamos —escribe este— porque un amor, cualquier amor, nos revela en nuestra desnudez, miseria, inermidad, nada”.

>arturo.monterroso@gmail.com

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