Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

El bono catorce

La Telenovela

Fecha de publicación: 16-07-17
Por: Ana María Rodas
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Por supuesto, no el de los diputados, que a esta hora de la noche en que escribo no sabemos si se los han entregado completo o si les están tomando el pelo como si se tratara de tomárselo a esos chavos malvestidos que se pasean por la sexta avenida y van a recalar al Parque Central.

Pensar que el Presidente Municipal ideó el área peatonal para que aquellos que no viven en las zonas 14 o 15, ni en la Carretera a Barberena —más conocida como Carretera a El Salvador— disfrutaran caminando de un lado a otro, apreciando sus esculturas y otras zarandajas que le pusieron a La Sexta.

Lástima que la gente que no vive en las zonas mencionadas tampoco tiene muchos chelines para invertir en lo que ostentan las vitrinas de aquello que inicialmente se llamó la Calle Real, que en algún tiempo debe haber sido empedrada y recorrida por carruajes tirados por caballos.

Y como no tienen mucho dinero pero son guatemaltecos —y los chapines tenemos ingenio a falta de igualdad y el respeto que nos deben las autoridades— algunas de esas personas se armaron de canastos, cajas y bolsas grandes para ver si caminando de un lado a otro con sus improvisadas alforjas cargadas de ropa y zapatos podían hacerse de algunos centavos, que la vida, según el Instituto Nacional de Estadística, se encarece a velocidades supersónicas.

Lástima también que las autoridades tomaron aquellas ventas nómadas como una falta de obediencia al poder centenario que ostentan, y para evitar problemas de cualquier clase, en vez de enviar a sus empleados a disolver el comercio ambulantes, fueron con negociantes ya asentados por Las Cinco Calles y los conminaron con palabras jacarandosas, a que hostigaran a palos y echaran de La Sexta a los emprendedores.

Las cosas terminaron mal, por cierto. Las esculturas que había en el paseo sufrieron averías y descalabros irreparables. La ocurrencia terminó entre vapuleos y citas a los tribunales que, según creo, no se han llevado a cabo aún.

Peores cosas hemos visto, me parece.

En todo caso, me he extraviado, y el bono catorce me mira desde una esquina de esta columna con ojos de disgusto. No me molesta; no tengo relación alguna con él. Cobro mi trabajo con facturas de pequeña contribuyente, con lo que la cobertura del IGSS, las vacaciones, el bono catorce y cualquier otra prebenda que pudiera tener una persona contratada con todas las de la ley, me son ajenas.

Y aunque cada vez hayamos más personas que trabajan con el sistema al que estoy afiliada —divertido hablar de afiliación cuando no existe— aún hay un número respetable de seres que entre junio y julio reciben un sueldo extra sin saber que esa ventaja se la deben a un ex presidente que, como es habitual aquí, dejó la silla presidencial en medio de manifestaciones, pancartas y protestas, y se fue al exilio. El Mariscal Zavala era otra cosa entonces.

Lo que no sabía aquel presidente es que en realidad estaba creando un medio para que los comerciantes tuvieran una Navidad a medio  año.

Entiendo que el bono catorce no se guarda en cuenta de banco alguno ni se invierte en arreglos a la vivienda. Lo que mejoraría la vida familiar.

A principios de junio, revistas, periódicos, programas de radio y de televisión comienzan a contarnos las innumerables maravillas en las que puede invertirse el bono catorce: vajillas o cubiertos de Villeroy y Boch, auténticos mobiliarios suecos, juegos de enseres de jardín (a media temporada de las lluvias), manufacturados en rattan o mimbre. Faros supercalifragilísticos para la lancha que tal vez se compre el año entrante; trilicuadoras; preciosos artefactos de cocina en negro divino para que hagan juego con los personajes de las series de moda.

Por supuesto, camas resistentes a la humedad y a los parásitos para los gatos o perros de la casa; fascinantes taladros realizados a prueba de desastre. Además, ropa; mucha ropa para ceremonias fastuosas o para la playa. ¡Soñar con ser un potentado!

Allí, en la esquina de esta columna, el rostro del bono catorce se ha suavizado y me sonríe de manera bonachona.

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