Viernes 19 DE Julio DE 2019
El Acordeón

Poesía narrativa o narrativa poética

Un narrador puro va directo a su objetivo; nos cuenta una historia de la mejor manera posible. Nos coge de la punta de la nariz y nos lleva adonde quiere llevarnos. Hay cierto pragmatismo en su prosa, a veces sobria, a veces desnuda de toda retórica. Las palabras están al servicio de sus propósitos. El poeta narrador es un enamorado de las palabras; las contempla, las escucha, las persigue. Su imaginación está al servicio de ellas, y no al revés.

Fecha de publicación: 09-07-17
Por: Luis Eduardo Rivera

Algo que me atrae de este tema es su mestizaje, su hibridez, el hecho de mezclar dos géneros que pueden ser opuestos y complementarios a la vez. Narrativa y poesía. Digo que me atrae porque, en lo personal, lo que podría llamar algo pomposamente mis intereses literarios van por ese camino, el de la mezcla de géneros. En nuestros días el asunto de los géneros literarios es algo que solo puede interesar a la academia pues el papel que esta desempeña en la literatura ha sido y sigue siendo normativo. Y el papel del creador ha sido siempre el de transgredir esas reglas y esas normas tan celosamente establecidas por los estudiosos. Sobre todo, en lo que se refiere a la literatura contemporánea.

No se puede hablar de la poesía y narrativa sin hacer mención de los orígenes de ambos géneros, cuando todavía estaban mezclados, cuando el poeta era el contador de historias, cuando todo ese aparato que hoy llamamos  retórica no representaba más que un arsenal de recursos mnemotécnicos del que echaban mano aquellos entretenedores públicos para contar las grandes hazañas de los héroes legendarios. Tampoco hay que pasar por alto el hecho de que el padre de la literatura occidental fuera un ciego, si aceptamos la existencia de Homero, que contaba cantando, y que además era ciego; es decir que iba entremezclando las tramas de sus historias ante el espectador hipnotizado a través de la pura imaginación, punteándolas, ritmándolas, iluminándolas con ayuda de la imaginería poética.

Pero sin irnos muy lejos, me gustaría dejar claro aquí cuál es mi concepción de la narrativa poética, y poner algunos ejemplos que me son queridos.

No todos los narradores poseen ese don, el de ser narradores poetas, aunque eso tampoco demerita la calidad de la prosa de quien no posee esta característica. Sin embargo, el narrador poeta es dueño de una particularidad que distingue su prosa de aquél que es puramente narrador. Y esta particularidad la encontramos por supuesto en el lenguaje, en la elección de las palabras, en la cadencia de su prosa. Pero también la encontramos en el universo que va desplegando su imaginación.

Artefactos poéticos

Entre los autores que marcaron mi juventud como lector, un narrador poeta que se me viene inmediatamente a la memoria es Henry Miller, sobre todo en sus dos primeras novelas, Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio; la  primera, escrita en el París de principios de los años treinta del siglo pasado, en pleno furor surrealista. El estilo de Miller está ya definido en esta primera narración. Sus largas tiradas, construidas a base de frases breves y musicales, podrían a menudo ordenarse como versos y constituir poemas. Incluso su amigo, el fotógrafo Brassai, en uno de los libros que dedica a su obra, Henry Miller tamaño natural, ha hecho el experimento.

La diferencia, para mí, entre el narrador poeta y el narrador puro está tanto en la elección de su lenguaje, en el ritmo de su prosa como en los propósitos que los mueven. Un narrador puro va directo a su objetivo; nos cuenta una historia de la mejor manera posible. Nos coge de la punta de la nariz y nos lleva adonde quiere llevarnos. Hay cierto pragmatismo en su prosa, a veces sobria, a veces desnuda de toda retórica. Las palabras están al servicio de sus propósitos. Pienso en la prosa de Hemingway, casi periodística.

El poeta narrador es un enamorado de las palabras; las contempla, las escucha, va detrás de ellas. Su imaginación está al servicio de ellas, y no al revés. Nuestros mejores narradores latinoamericanos son ejemplos de posesos verbales. Hay capítulos de Rayuela que son perfectos artefactos poéticos, llenos de humor e ingenio, donde las palabras retozan a su antojo, y se reconstruyen sin cesar.  Asturias, en prácticamente todos sus libros es otro de los grandes poseídos. Solo basta recordar el principio de El señor Presidente: “Alumbre, lumbre de alumbre Luzbel de piedralumbre sobre la podredumbre.” ¿A quién se le ocurre empezar una novela con un sortilegio? Pero el efecto surte, porque esa larga aliteración nos cautiva y nos introduce en una pesadilla tropical.

Las falsas apariencias

En la literatura de mi país, Guatemala, hay dos autores de los que quisiera hablar, muy diferentes entre sí en lo que se refiere a sus respectivos universos fabulatorios, aunque ambos son poetas narradores. El primero, un criollo, proveniente de una de las viejas familias, nacido a principios de la primera mitad del siglo XIX, es nuestro poeta nacional. Se llama José Batres Montúfar. Pero es conocido sobre todo por tres narraciones reunidas bajo el título de Tradiciones de Guatemala. Estas son El reloj, Don Pablos y Las falsas apariencias. Le llamamos Pepe Batres, y todos los escolarizados lo hemos leído desde los primeros años de la secundaria. No obstante, para comprenderlo a fondo y saborearlo en toda su amplitud, hay que releerlo años más tarde. La particularidad de las narraciones de Pepe Batres es que estas fueron labradas en octavas reales perfectas. Es decir, son narraciones en verso, dotadas de un humor socarrón que hila muy fino. Cuando suponemos que él está haciendo un elogio, en realidad se está haciendo una broma de algo o de alguien. No por nada Augusto Monterroso, otro de mis paisanos célebres, humorista, declaraba que su primera gran influencia literaria había sido Pepe Batres.

El otro narrador del que quisiera hacer mención es Luis de Lión, (pseudónimo de José Luis de León Díaz), narrador, poeta y maestro de escuela, asesinado por los militares en 1981, a los 42 años. Había nacido en las faldas del Volcán de Agua, cerca de La Antigua Guatemala. Étnicamente, era indígena, pero su formación cultural era la de un ladino o mestizo culto, y una de las personas más inteligentes y talentosas que he tenido la suerte de conocer. Durante los años setenta publicó varios libros de cuentos, y a su desaparición dejó obra inédita, cuentos, poesía, y sobre todo una novela que se publicó a título póstumo: El tiempo principia en Xibalbá. Esta novela es reconocida hoy como una de las cumbres de la literatura nacional. La musicalidad que encontramos en esta prosa narrativa no tiene parangón con cuanto se ha escrito en el país, ni siquiera con la prosa de Miguel Ángel Asturias. Habría que ir a las crónicas indígenas o al mismo Popol Vuh para poder apreciar el aporte narrativo de Luis de Lión. Si la potente imaginación de Asturias reinventa al indígena, la prosa de Luis de Lión hace sonar el castellano de una manera inédita en las letras hispanoamericanas.

Poemas de un joven

En lo que concierne al ejercicio de la poesía, los centroamericanos tenemos especial predilección por el tono narrativo, que nosotros llamamos conversativo, o conversacional. Los poetas nicaragüenses sobresalen en esta modalidad. Ernesto Cardenal es, sin duda, quien más ha explotado esta vena en libros como Homenaje a los indios americanos, y en particular en su gran poema épico El estrecho dudoso, escrito a principios de los años sesenta del siglo pasado. Otro texto memorable es el extraordinario poema de Joaquín Pasos, Canto de guerra de las cosas, que está al final de la recopilación de su poesía completa que no pasa de 150 páginas, y que comienza:

“Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra./ Si es que llegáis a viejos/ Y si es que entonces quedó alguna piedra.”

Pasos fue un poeta precoz, empezó a escribir buena poesía a los 14 años, cuando todavía estaba en la secundaria. Murió a los 33 años, sin salir de Nicaragua y sin haber publicado jamás un libro. Fue el propio Cardenal quien se encargó de recopilar su poesía inédita y la publicada, dispersa en revistas nacionales y extranjeras y editó esta recopilación bajo el título de Poemas de un joven. El libro es un tesoro, no tiene desperdicio. Tampoco hay que dejar de hacer mención de esa obra maestra del poema narrativo que es Pequeña biografía de mi mujer, de José Coronel Urtecho, que fue el guía y líder de toda esa generación de grandes poetas.

Volviendo a los narradores, hay autores mayores que nunca han atravesado la frontera entre narrativa y poesía, como Vargas Llosa, por ejemplo. Es un maestro de la técnica novelística, pero su tono permanece en el registro narrativo. Su propósito es contar una historia, y lo hace como nadie. Es un peruano cartesiano, es decir reflexivo. La narrativa de Onetti, por el contrario, está cargada desde sus inicios por un halo y un ritmo poéticos. En ello se encuentra el misterio de su prosa inimitable. Roberto Bolaño, fue poeta en su juventud mexicana, un poeta aprosado, aunque no un poeta-narrador. Nunca dejó de escribir poesía, como lo demuestra su libro póstumo La Universidad desconocida. Más tarde, cuando empezó a escribir prosa, en la nueva etapa de su vida, en España, su preocupación poética pasó a un segundo plano. El discurso se impuso sobre la melopea, por fortuna, diría yo. Personalmente, estimo que su poesía no se encuentra a la misma altura que su prosa narrativa, incluso es muy inferior a esta. Extrañamente, Bolaño siempre se consideró más poeta que narrador.

(Texto leído en la Maison de l’Amérique Latine, el 17 de octubre de 2013)